“No se trata siempre de hallar culpables. En los países con las mejores políticas públicas también hay socavones, inundaciones, desgracias”. Foto: Tercero Díaz, Cuartoscuro

De pronto, por culpa de las lluvias, nuestra ciudad parece colapsar. El socavón casi en el centro de la ciudad se suma a una trama casi apocalíptica. No faltan las voces que señalan a culpables por doquier. Pero repartir culpas ahora no es tan sencillo como asegurar que la culpa es del delegado, el jefe de gobierno o todos los políticos en turno.

No se entienda mal, lo último que yo querría es hacer una apología de las gestiones de la clase gobernante. Sin embargo, a diferencia del socavón del Paso Express de Cuernavaca, éste obedece a otras razones. Razones que se pueden rastrear por décadas o por siglos: la CDMX fue asentada sobre un lago, se entubaron ríos, las coladeras están anegadas de basura. El sistema hidráulico de la ciudad está comprometido hace décadas por un montón de causas.

Algo parecido pasa con las estaciones de metro inundadas, con los traslados por avenidas que parecen más aptas para la navegación que para los automóviles. Nuestra ciudad se inunda en un sentido literal y metafórico.

Llevo muchos años leyendo que un altísimo porcentaje del agua potable se pierde por fugas: eso no sólo es grave por el desperdicio sino porque el líquido afecta al subsuelo de la ciudad. Otros tantos leyendo que el Metro requiere de un presupuesto multimillonario para arreglarlo en casi todos sus sentidos. Muchos más escuchando argumentos en contra de las políticas que privilegian la circulación de automóviles dado que el transporte público es ineficiente, insuficiente y peligroso. Llevo muchos años leyendo, escuchando y padeciendo en carne propia el colapso de esta ciudad. Los suficientes, para intuir que no hay una solución posible. Ya no sólo es asunto de dinero o de corrupción y eso me aterra, como, supongo, a cualquiera que viva aquí: cualquier día de éstos los daños serán irreversibles.

Cuando se habla de presupuestos estratosféricos es difícil poder contextualizar. ¿Alcanza el presupuesto que se les otorgará a los partidos políticos para resolver estos problemas? No tengo idea. Supongo que no. Además, estos problemas son unos por los que optar cuando hay muchos más que también nos afectan. Eso no implica, por supuesto, que no sea saludable que se reduzca esa grosera asignación de recursos.

Es claro que el presupuesto para invocar a nuestra democracia es altísimo y que, lo más probable, es que nos deje en un estado similar al que estamos. No reniego de los avances democráticos de las últimas décadas pero son, sin duda, insuficientes. De ahí que aplauda el fallo de la Suprema Corte a favor de la iniciativa de Kumamoto: sin votos no hay dinero.

¡Enhorabuena! Es apenas un paso para alejar esas cantidades ingentes de dinero para procesos electorales poco fiables.

Tal vez, sólo tal vez, si ese dinero se ocupare en resolver algunos problemas del país, tendríamos una mejor perspectiva de futuro. No alcanza, es cierto, pero poco a poco se podría llegar a algún sitio. Poco a poco, sin considerar los robos de la corrupción. Tan sólo trasladando presupuestos para algo que beneficie a quienes pagamos impuestos.

No se trata siempre de hallar culpables. En los países con las mejores políticas públicas también hay socavones, inundaciones, desgracias. Tal vez la diferencia sea que los ciudadanos pueden confiar en que, ante los imprevistos, sus gobiernos actuarán de la mejor forma posible.

Estoy convencido de que ése es uno de los únicos caminos válidos: dejar de señalar culpables y comenzar a buscar soluciones. De lo contrario, así como la ciudad, el país entero pronto colapsará.