La estima se ha de fundar en alguna preferencia, y estimar a todos es no estimar a nadie.
—Molière, El Misántropo

Pintura El Misántropo (1568) de Pieter Brueghel

A menos que aspiremos a la santidad, todos tenemos derecho a sentir rechazo. A conocer el límite de nuestro no.

Lo que no me gusta, lo que no quiero, con lo que no me identifico.

Salvo, insisto, que alguno de ustedes sufra la calamitosa condición de querer ser canonizado. En tal caso, que los dioses le amparen y le resguarden siempre de la lucidez, ese terrible mal que nos hace ver incluso lo que no queremos ver.

En esa ventanilla del no, cabe —y es saludable— que no nos gusten todas las personas. O no igual. O no todo el tiempo.

La poeta Pita Amor decía que no le gustaba la gente tonta ni la gente fea (hoy sería bautizada Lady Discriminación y clamarían por su cabeza). El caso es que cuando yo era un moco de diecisiete años, siempre de buscona, fui a parar a su departamento en el bellísimo edificio Vizcaya de la Avenida Bucareli.

Y no le gusté. No hubo tiempo de preguntarle si por fea o tonta o por ser una digna representante de las dos condiciones. Todavía me acuerdo de la cara de pena que puso mi profe de Literatura (era su vecino de departamento en el Vizcaya) que nos había llevado a otra alumna entusiasta de la poesía de Pita y a mí a conocerla. Nos echó en dos minutos, sacudiendo apenas la mano como quien espanta un mosquito, no quería hablar con nosotras.

Hoy la entiendo perfectamente. ¿Por qué diablos estaría obligada a recibir en su casa a quienes no le gustaron y que además llegaron sin avisar? ¿Por qué tendría que dar explicaciones alguien que prefiere su soledad a la compañía de otros?

Dice Pessoa —misántropo ejemplar— en su “Libro del desasosiego”: ¿qué tienen que ver los otros con el universo que hay en mí?

Dice también Pessoa que la libertad es la posibilidad de mantenerse aislado, que eres realmente libre si logras apartarte de los otros sin que nada te obligue a recurrir a ellos.

Sus reflexiones son, por lo menos, interesantes, para algunos resultarán reprobables pero a mí se me antojan atinadas y deliciosas: cómo negar que la idea de no necesitar para nada otros humanos, seduce.

Es difícil identificarnos si pensamos en el misántropo de fábula: aislado, barbón, solitario y siempre con un jeta que ahuyenta hasta el saludo; o la señora agria que rodea su casa de hierbas para que no entre ni la luz. Pero lo cierto es que hoy, con todo lo que hacemos para no entrar en contacto con el otro si no es mediante las pantallas, casi nos podríamos llamar misántropos en el reino del WiFi. Esquivamos cualquier roce real en las calles, en el transporte, incluso en las reuniones con amigos o en la cama con la pareja (lo que sea que cada quien entienda por pareja). Ese meme del chico que invita a una mujer a pasar con él la noche para tuitear juntos en la cama, nos representa de algún modo. Sí, amamos al prójimo pero cada vez queremos menos su presencia.

Las declaraciones de Emil Cioran —misántropo magistral— son memorables: Amar al prójimo es algo inconcebible. ¿Acaso se le pide a un virus que ame a otro virus?

Mi preferida es esta: Todo el mundo me exaspera. Pero me gusta reír. Y no puedo reír solo. 

Mi abuela —misántropa favorita— decía que no toleraba a los quejumbrosos y que no lloraba en los velorios porque no veía el caso si nomás se había muerto uno de tantos pelaos que respiraban en el mundo (sin importar qué tan cercana fuera al pelao). Pessoa declaraba odiar “con verdadero odio” a los que escribían ignorando la sintaxis y la ortografía, le parecía un asesinato de dimensiones brutales porque consideraba a la ortografía un ser humano.  Y he escuchado a muchos decir que mientras más conocen a las personas, más aman a su perro o a su gato.

¿Cómo culparlos con las aberraciones que promovemos como especie y de las que todos somos testigos inmutables? Nunca he esperado gran cosa de la humanidad pero el nivel de desinterés y apatía por la vida de los otros que seguimos manifestando es desolador, ahí están todas las guerras: las políticas, las del narco, la del hambre que permitimos que mate veintisiete mil personas a diario en pleno 2017.

A mí me gustaría ser una misántropa de verdad, lo confieso, y estar en el grupo de los avanzados, pero mis inseguridades y necesidad de aceptación son tales que vivo procurando que me quieran. Chale.

Lo que sí puedo hacer es una lista selecta para mi ventanilla del no: no me gusta la gente sin sentido del humor, no me gustan quienes prefieren contemplar su pinche teléfono a mirarte durante una charla, no me gusta la gente que en una fiesta mira bailar a los demás con cara de aburrimiento y desaprobación en lugar de largarse, siento un instintivo rechazo hacia los metiches en la vidas ajenas, hacia quienes en los espacios públicos gritan o ponen videos a un volumen infame sin enterarse de que están siendo invasivos. No me gustan, ni de lejos, los humanos como Javier Duarte, detesto profundamente a todos los de su estirpe y calaña. No simpatizo con quienes practican el buenondismo como religión y se empeñan en aleccionar a los demás para que seamos como ellos. Con eso sí que no puedo.

Ah, qué bien se siente asumir los límites, enunciarlos, decir no enseñando los dientes.

Creo que la civilización ganaría al aceptar que el no de cada quien es digno de respeto.

Remato con esta línea de Alcestes en “El Misántropo” de Molière: Nada aborrezco tanto como las contorsiones de esos grandes pronunciadores de protestas de amistad, esos afables donadores de frívolos abrazos, esos mentirosos decidores de palabras inútiles, amigos de entablar con todos cortesías, tratando con talante igual al hombre honrado y al necio.

 

@AlmaDeliaMC