Las tortugas de Mapimí fueron por décadas el manjar de campesinos de La Laguna, en el Bolsón de Mapimí, una cuenca desértica que une los estados de Durango, Coahuila y Chihuahua. Sin embargo hoy, al conocer que su extinción podría provocar la muerte cientos de especies, reaccionaron y se convirtieron en sus defensores. La tortuga Gopherus Flavomarginatus es una especie endémica en peligro de extinción, por lo que los expertos piden ampliar la zona protegida.

En la imagen, la tortuga Gopherus Flavomarginatus o tortuga de Mapimí, una especie endémica en peligro de extinción. Cada año, investigadores en conjunto con ejidatarios, monitorean las condiciones de la tortuga. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia.

En la imagen, la tortuga Gopherus Flavomarginatus o tortuga de Mapimí, una especie endémica en peligro de extinción. Cada año, investigadores en conjunto con ejidatarios, monitorean las condiciones de la tortuga. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia.

Por Francisco Rodríguez

Ciudad de México, 3 de mayo (SinEmbargo/Vanguardia).- Fue hace poco. Todavía en los noventas. El campesino Ernesto Herrera serruchaba el caparazón de una tortuga como si fuera leña. Cuando terminaba, le pasaba la tortuga a su abuela. Ella la cocinaba de mil formas: con chile verde, chile rojo, chile colorado, lampreaba las patitas en huevo o cocía la tortuga con tomate y cebolla.

“A mí me gustaba la tripa huevera, una tripa gruesa. Haga de cuenta pescao. Mucho parecido”, recuerda Ernesto, sesenta y tantos años.

Probablemente para quienes viven –o vivían- en el Bolsón de Mapimí, una cuenca desértica que une los estados de Durango, Coahuila y Chihuahua, es una imagen que recuerdan. Ir al campo para cazar una tortuga, era como ir al supermercado a comprar una chuleta de puerco.

No se trataba de cualquier tortuga. Era una Gopherus Flavomarginatus o tortuga de Mapimí, una especie endémica en peligro de extinción según la Norma Oficial Mexicana 059 de la Secretaría de Medio Ambiente. No era cualquiera. Gracias a ella, la reserva donde vivían había sido inscrita en el Programa Hombre y Biósfera (MAB) de la Unesco en 1977, la primera de su tipo en toda Latinoamérica. Y no lo sabían. Ellos, los campesinos, ejidatarios y propietarios de tierras, la cenaban sin saber que se estaban devorando el mundo.

LA CACERÍA

Fue hace poco. La historia dice que fue a finales de los cincuentas. Que unos gringos científicos llegaron al desierto chihuahuense y miraron a un campesino utilizando un caparazón de tortuga como comedero de pollos. Que los gringos científicos miraron el caparazón, lo tocaron, “what the hell”, quizá exclamó alguno, mientras el campesino, quitado de la pena, veía cómo unos perros comían de otro caparazón de tortuga. No era cualquier caparazón.

Fue hace poco. Hace 57 años. No está en los libros de ciencias naturales de secundaria, pero un tal Legler describió al dueño de ese caparazón por primera vez: una de cuatro especies de tortugas norteamericanas que existen actualmente. Es la más grande de su tipo, alcanza a medir entre 40 y 50 centímetros y un peso de 12 a 18 kilogramos.

Era la fuente de carne más barata y fácil de conseguir. Había que ir 20 kilómetros por un kilo de carne, pues mejor una tortuga”.

Desde 1973, un tal David Morafka de la Universidad Estatal de California diagnosticó que la especie estaba en serios problemas. Su hábitat se estaba reduciendo y los campesinos la capturaban para comer su carne.

Eso fue lo que conoció Cleotilde Robledo, Coty, cuando llegó al ejido la Flor, municipio de Mapimí, Durango, el día que se casó con Ernesto Herrera, don Neto. Miraba a su esposo y familia comer la tortuga y le daba asco. “No sabes lo que es bueno”, le decía su esposo y mordía un taco de tortuga, carne blanda. “A ver, dame un taquito”, le pidió un día Coty más por curiosidad. Le fascinó. Era hígado de tortuga, su parte favorita de la Gopherus Flavomarginatus.

“El hígado es un manjar. Aparte es endémica, muy rica. Es una tortuga que era de mar hace miles de años y se adaptó a la tierra”, explica Coty, 58 años.

La abuela de su esposo la empezó a instruir en el arte de cocinar tortuga endémica de hace miles de años. “Era la fuente de carne más barata y fácil de conseguir. Había (hay) que ir 20 kilómetros por un kilo de carne, mejor una tortuga”, dice Ernesto, el esposo de Coty.

Coty, una lugareña de Mapimí, recuerda que antes era muy común toparse con tortugas, hoy tienen que pasar horas para ver si se corre con suerte. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia.

Coty, una lugareña de Mapimí, recuerda que antes era muy común toparse con tortugas, hoy tienen que pasar horas para ver si se corre con suerte. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia.

El ejido La Flor está a dos horas de Torreón. Para llegar es necesario pasar por seis kilómetros de terracería. Al inicio del camino hay una señalética que anuncia la Reserva de la Biósfera de Mapimí, decretada desde 1979. La Flor es el primer ejido con el que se topa dentro de la Reserva. Más adelante hay otros como Carrillo o San Ignacio. En La Flor viven 16 personas. Hace años era una hacienda y la familia de Ernesto trabajó para los hacendados que también se comían la tortuga. Hoy son dueños de la finca y las tierras. Hoy son también guías turísticos.

“Qué se fijaba uno que se fuera a extinguir. Ni pensaba uno en eso”, recuerda don Neto sobre la tortuga.

Para estudiar hay que conducir media hora hasta Ceballos, Durango. Pero hasta acá llegaba gente en búsqueda de tortugas o cualquier otra especie de la zona.

“‘Pásenos una tortuguita’, venían en sus carritos de mula y se las llevaban”, recuerda Coty.

También la vendían como si fueran dueños de los animales. Eran dueños. Vendían una tortuga en 10, 20 pesos. “Era otra entradita. Había viejos que se las llevaban en el tren, a Juárez. Uno qué hacía: nada”, dice don Neto.

En Ceballos había un viejo que compraba para revenderlas en otras ciudades. “Consígame tres”, les pedía a los campesinos. Cuando los vaqueros se quedaban por días en los ranchos, juntaban las tortugas que encontraban y el viejo los esperaba en Ceballos. Era parte de la cultura: comer tortuga o venderla, tan normal como tomar té en Inglaterra.

Los abuelos decían –cuenta Coty- que la sangre de la tortuga había que echarla en el cuello o espalda lastimada. Porque es sangre fría, decían. Untaban la sangre en la piel y la cubrían con papel canela o periódico. Era la tradición.

En otros ejidos como Carrillo, Soledad, Arenales, San Ignacio, también eran tragones de tortugas. En San Ignacio comían tantas, que la gente bromeaba que las lomas se formaban de puras conchas de tortugas. Los caparazones los usaban para darle de comer a los perros, a los marranos o los pollos, como aquel campesino con el que se toparon los gringos científicos. El caparazón de una tortuga puede durar decenas de años.

LA TREGUA

Si las vacas comen pastos, la tortuga ayuda a que los ejidatarios tengan más pastos. Fue así que comenzaron a ver a la tortuga de otra manera, no como alimento, sino como socia. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia.

Si las vacas comen pastos, la tortuga ayuda a que los ejidatarios tengan más pastos. Fue así que comenzaron a ver a la tortuga de otra manera, no como alimento, sino como socia. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia.

Fue hace poco. 10, 15 años. Empezaron a llegar trabajadores de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP). Oiga que aquí la tortuga… que la reserva… que área protegida… que van a extinguirse. Ernesto y demás campesinos entendían lo que un chino de sueco. Biología, que un biólogo, pues sepa la madre qué es eso, ecología, ecoturismo, con qué chingaos se come eso. ‘Los corrían a la chingada. Quién eres tú pa’ decirme qué tengo que hacer’. Era de pelear, de agarrarse a trompadas entre campesinos y funcionarios. “Se ponía feo”, dice un ejidatario. Que los beneficios… que los programas… que recursos… que dinero… dinero. Dinero.

Los campesinos de la zona viven de la actividad ganadera. Querían más vacas porque entendían que tener más era más dinero. Para Cristino Villarreal, director de la Reserva, la principal amenaza de la tortuga sigue siendo la competencia de hábitat con el ganado.

Antes había vacas por todos lados. Comiendo pastos por aquí y por allá. De unos años a la fecha, la Reserva ha acordado hacer exclusiones. Se evalúa el terreno y entre ejidatarios y la Reserva definen cuántas vacas puede tener un terreno. Y cercan el área. Es un programa de manejo y conservación del sitio.

Se les instruyó que la especie de tortuga tiene un papel bien importante dentro del ecosistema de pastizal, particularmente para la diseminación y escarificación de semillas (técnica para acortar el tiempo de germinación).

“La semilla de pastos es más difícil que germine sin la tortuga. El 70 por ciento de la alimentación de la tortuga se basa en pastos y semillas; entonces cuando hace el proceso de digestión y desecha, la poca lluvia que pueda caer es suficiente para que emerjan los pastos más fácilmente”, ahonda Cristino Villarreal.

La Reserva ha generado un programa de educación para trabajar de manera directa con los pobladores, dueños de los terrenos de la Reserva, escuelas y zona de influencia.

– ¿La tortuga ha educado a la gente? –le pregunto a Don Neto, que sigue teniendo sus cabezas de ganado pero de una forma controlada.

– Sí, por la convivencia que nos ha hecho entender. Sí nos ha ayudado. Es la que nos ha dado más negocio, más dinero. Quién iba a pensar.

Si las vacas comen pastos, la tortuga ayuda a que tengan más pastos. Empezaron (los ejidatarios) a ver a la tortuga de otra manera y no como alimento, sino como socia.

Ahora los campesinos le apuestan a bajar recursos de programas federales para el área protegida. Recursos de reforestación de suelos, recursos para micro cuencas, recursos para vigilancia, recursos para pasto nativo… recursos para remodelar el museo o los dormitorios de los turistas o acondicionar la zona de acampado.

– Hay gente que paaaaga por venir a ver las estrellas… Hay que gente que paaaaga por venir a revolcarse al campo o caminar… Y todo lo tenemos aquí. La gente mejor espera los proyectitos -dice don Neto, que ya tiene años que dejó de comer tortuga.

Sin embargo hay gente con la que aún se batalla. El área protegida comprende 340 mil hectáreas en 11 ejidos y 4 propiedades privadas. De las 340 mil, en 220 mil hay acuerdos y comprenden 7 ejidos y dos propiedades privadas. “Con el resto trabajamos pero no hay acuerdos”, aclara Cristino Villarreal.

Cada año, investigadores en conjunto con ejidatarios, monitorean las condiciones. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia.

Cada año, investigadores en conjunto con ejidatarios, monitorean las condiciones de las tortugas. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia.

Se estima que el 50 por ciento del nicho de la tortuga está dentro de la Reserva de la Biósfera de Mapimí. El resto, que comprende las partes de Escalón, Chihuahua, la parte sur de Jiménez y la parte que colinda con Sierra Mojada y Ocampo, Coahuila está fuera de una zona de control. “Representa una vulnerabilidad”, admite el director de la Reserva.

La Reserva hizo un proyecto de investigación del escenario de nicho ecológico de la especie para los años 2000, 2020 y 2080, a través de un modelo utilizando proyecciones del clima. Una de las conclusiones es que para el 2080, la tortuga tiende a emigrar hacia el norte, es decir, hacia estos poblados que hoy están fuera de la zona de protección y que se desconocen sus condiciones.

Expone que los ejidatarios y propietarios han entendido que la conservación va más allá de no tocar, sino aprovechar lo que te da la naturaleza. Conservar no prohibiendo, sino ordenando las actividades.

También se empezó a educar al turista que llegaba con el objetivo de llevarse de suvenir una tortuga, un ocotillo, algún camaleón que se encontrara o una planta nativa. “Antes dabanos chance de que pasaran libres pero de allá pa’ acá los basculeábamos. Ahora los acompañamos”, platica Coty.

La gente empezó a ser capacitada, instruida sobre lo que representa la Reserva. Lo que estaba frente a ellos y no conocían. Ahora Coty habla con la seguridad de un guía de museos. Tiene explicación de todo. Diciembre, Semana Santa y julio, suelen ser las épocas del año en que llegan más turistas. Hasta grupos de 80 personas. La gente se queda en los dormitorios o acampa en zonas establecidas. Se les enseña a hacer pan ranchero (característico de la zona), hacer atrapa sueños, se les lleva a recorrer el campo, conocer las madrigueras, se les explica cómo funciona el monitoreo de la tortuga, cómo se mide, cómo se pesan, y si tienen suerte, ven a las tortugas.

EN SU CAPARAZÓN

El caparazón de una tortuga puede durar decenas de años. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia.

El caparazón de una tortuga puede durar decenas de años. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia.

Coty se recoge el cabello y se pone su sombrero. Arranca una vieja camioneta roja y conduce por un camino torcido de tantas grietas y hendiduras. Por momentos la troca está ladeada de un lado y más adelante del otro lado. Las ramas de los arbustos y mezquites rallan la vieja camioneta pero Coty sigue. “A ver si tenemos suerte de ver alguna tortuga”, dice.

Quiero ver a ese reptil pasmoso con piel gruesa y cabeza escamosa. La tortuga que tiene un cuerno gular, es decir, una extensión pronunciada que utilizan para combatir. Quiero ver las garras largas que les sirven para excavar madrigueras en suelo rocoso.

Quiero observar el caparazón con sus anillos que reflejan la edad; su caparazón marrón oscuro o claro con sus manchones amarillentos. Quiero observarla arrastrarse y comprender cómo es que pueden recorrer 600 metros. Quiero ver a la tortuga que llega a vivir 100 años y ha transformado la forma de pensar de la gente.

Nos apeamos en medio del desierto. Coty asegura que hace años, cuando no había control, excursionistas llegaban en búsqueda de aventura y terminaban perdidos. “Hubo varios muertos, uno que otro que terminó encoyotado (devorado por los coyotes)”. Hasta ahora sólo liebres se ven.

Son casi las 4 de la tarde y el sol azota la tierra como si estuviera enfadado. Coty camina con la entereza de quien conoce el lugar. Estamos en el desierto y usa chanclas como si se paseara en la arena de una playa. Las cuatro de la tarde es una mala hora para encontrar tortugas. Éstas suelen esconderse del sol en sus madrigueras entre 11 de la mañana y cinco de la tarde, según investigaciones de la Sociedad de Herpetología Mexicana.

Cristina García de la Peña, investigadora de la Universidad Juárez del Estado de Durango (UJED), y especialista en salud de fauna, asegura que el calentamiento de la tierra y las altas temperaturas, se han convertido en una amenaza para la especie. La tortuga, refiere, lleva miles de años adaptándose a ciertas condiciones del clima, y de unos años a la fecha se presentan cambios muy rápidos, drásticos. “Vuelve loco el sistema inmunitario”, comenta.

García de la Peña cuenta que han encontrado en general tortugas sanas pero con signos de deshidratación, ojos hundidos, algunas muy delgadas y con altos niveles de cloro y sodio en los análisis de sangre.

Coty también asegura que antes las tortugas se veían a todas horas. “Ahora hasta cuando llueve se siente el calor y no salen”, menciona. Damos con una madriguera. Por varias partes de la zona que recorremos se hallan micro cuencas para que cuando llueva, esa agua se mantenga y la tortuga tome el líquido. La especie llena sus vejigas y el agua puede quedar meses. “Así se va a hibernar, con agua dentro de su cuerpo”, explica Cristina García.

La tortuga de Mapimí es la única especie capaz de construir un hueco en el desierto que sirve de cobijo para muchos otros animales y donde pasa la mayor parte de su vida. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia.

La tortuga de Mapimí es la única especie capaz de construir un hueco en el desierto que sirve de cobijo para muchos otros animales y donde pasa la mayor parte de su vida. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia.

Seguimos caminando y no se ven tortugas. En el último monitoreo hecho por la Reserva, hallaron mil 714 madrigueras activas. Y nos topamos con otra. Es grande. La tortuga de Mapimí es la única especie capaz de construir un hueco en el desierto que sirva de cobijo para muchos otros animales.

El riesgo ecológico es simple: Si desapareciera la tortuga no habría madrigueras, y más de 300 especies de vertebrados e invertebrados no tendrían un refugio temporal o permanente para esconderse en el momento que lo necesiten. Lo único que quedaría para guarecerse serían los mezquites y arbustos. “Traería una mortalidad bárbara en las demás especies”, asegura García de la Peña. La tortuga Gopherus Flavomarginatus es la ingeniera del desierto.

La Reserva cuenta con cámaras trampa en las madrigueras y han captados desde coyotes, zorras, víboras, ratas, búhos pequeños, liebres, conejos, tejones, toda una lista de especies que buscan guarecerse cuando lo requieren. La tortuga pasa la mayor parte de su vida en madrigueras. Según investigaciones, el 64 por ciento de las tortugas de una colonia en la Reserva de la Biosfera de Mapimí, usan de una a dos madrigueras, y el 36 por ciento ocupan de cuatro a ocho madrigueras.

Coty se echa al suelo boca abajo, frente a la madriguera.

– ¡Buf! ¡Buf! ¡Buf!

Coty trata de llamar a alguna tortuga a través de bufidos. Hace 20 años así las llamaban para cazarlas. La tortuga macho salía para pelearse con el otro macho pero se encontraba con el hombre que se saboreaba su carne.

– ¡Buf! Buf!
No sale ninguna. “Han de estar muy adentro. Son muy largas”, dice Coty. Las madrigueras que hacen las tortugas alcanzan hasta siete metros de longitud y tres de profundidad. Adentro, la temperatura es idónea. Afuera nos estamos achicharrando.

En la imagen, Coty trata de llamar a alguna tortuga a través de bufidos. Hace 20 años así las llamaban para cazarlas. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia.

En la imagen, Coty trata de llamar a alguna tortuga a través de bufidos. Hace 20 años así las llamaban para cazarlas. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia.

– ¿Ustedes han notado la reducción de tortugas? –pregunto a Coty.

– Muchísimo. Había muchas tortugas grandotas, ahora son chiquitas. Yo me acuerdo de tortugas enormes, viejas. Bien lleno. Pero de 3 años para acá vemos que sí está en mejor posición.

Cristino Villarreal, el director de la Reserva, asegura que de acuerdo a los monitoreos que realizan desde 2008, la población de tortugas está estable. Afirma que las acciones de restauración y mejoramiento del hábitat, han permitido que en los últimos tres años se encuentren neonatos.

Otro aspecto es que en los registros hasta 2001, la tortuga más grande era de 39 centímetros. Ahora la más grande registrada es de 43 centímetros. “Eso nos dice que quizá esa amenaza ha disminuido”, piensa Villarreal.

La Reserva ha logrado identificar 21 colonias de tortuga dentro de la zona protegida y la zona de monitoreo, la cual abarca 100 hectáreas del desierto chihuahuense. Sin embargo en este tramo que recorremos junto a Coty, no sale ninguna tortuga.

–¿Se imaginaba hace 15 años echarse en la tierra y caminar por aquí–

–No había quién nos abriera los ojos hasta que llegó la Conanp. Nos comíamos la tortuga pero no por maldad, era una tradición. Fue por ignorancia total.

–¿Y ahora qué piensa?

–Nos nace cuidar lo poquito que queda. Es bonito saber que le ponen los ojos. Se estaba acabando.

NECESIDAD DE MÁS ESTUDIOS

La Reserva ha logrado identificar 21 colonias de tortuga dentro de la zona protegida y la zona de monitoreo, la cual abarca 100 hectáreas del desierto chihuahuense. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia.

La Reserva ha logrado identificar 21 colonias de tortuga dentro de la zona protegida y la zona de monitoreo, la cual abarca 100 hectáreas del desierto chihuahuense. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia.

Se calcula que hay entre 6 mil y 10 mil individuos en la zona. La Reserva tiene registradas (marcadas), más de 500 tortugas. Cada año se lleva a cabo un protocolo de monitoreo durante 15 días consecutivos. En ese lapso, un grupo de 7 a 10 personas –muchas veces también ejidatarios- recorren parcelas de un kilómetro cuadrado para encontrar tortugas, madrigueras de tortuga, excrementos de tortuga, caparazones de tortugas muertas, nidos depredados o en buen estado y rastros en general de la especie.

“No hemos hecho un estudio de proyección de población. Queremos estudiar la estructura poblacional para ver si empiezan a tener en todos sus extractos población: neonatos, etapa juvenil, adultos, para empezar a tener toda la estructura poblacional”, comenta el director de la Reserva.

En caso que tuviera todos sus extractos, indicaría que esa colonia es una población completa, de lo contrario reflejaría que no hay reposición y sería un reflejo de que la población desaparece. “Hay necesidad de más estudios. Hay que empezar a generar acciones de control en estas colonias para ayudarle a que su proceso sea más fácil”, dice Villarreal.

Ejemplifica que en Nuevo México, Estados Unidos, tienen un trabajo donde identifican la huevo posición, los extraen y los ponen en incubadora para asegurar que todos eclosionen. Después los introducen a sitios para que la tortuga empiece a desarrollarse y generar las condiciones hasta que se vea el tamaño suficiente. Entonces la liberan a su hábitat y tiene más posibilidades de recuperación.

“Estamos buscando esa posibilidad, buscando recursos para empezar a generar ese proyecto y ver qué pasa. Lo que vimos en Estados Unidos es excelente. Donde lo están haciendo es la parte más norteña históricamente, donde empieza el desierto chihuahuense y en los setentas la especie de aquí fue llevada a esa zona”, ahonda.

La cuestión es que en los primeros 15 años de la tortuga, el proceso de reproducción es complicado por cuestiones climáticas y porque está a merced de todos los depredadores.

Cristina García de la Peña, investigadora de la UJED, realiza un estudio para analizar el estado de salud de la tortuga e investigar si hay presencia de una bacteria reportada como la que propicia enfermedades respiratorias.

“En Estados Unidos hace años acabó con poblaciones enteras. Cuando baja la inmunidad de la tortuga, si trae el mico plasma, encuentra la oportunidad y empieza a atacar a la tortuga. Si está deshidratada, estresada, sin alimento, no va a combatir la bacteria y se muere”, profundiza.

Hasta el momento, en un año de investigación (la misma durará tres años), no han localizado la bacteria. Si no se ha encontrado, dice la investigadora, es que no ha tenido contacto con la fuente de infección.

La investigadora amplía en la necesidad de observar cómo está reaccionando la tortuga a todos los cambios; analizar si habrá algún riesgo de enfermarse o si va a poder aguantar.

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