Antonio Ortuño presentará su nueva novela en la próxima edición de la FIL Guadalajara. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Antonio Ortuño presentará su nueva novela en la próxima edición de la FIL Guadalajara. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Ciudad de México, 3 de julio (SinEmbargo).- Su biografía cuenta que es hijo de inmigrantes, nacido en Guadalajara en 1976. También que Antonio Ortuño constituye hoy uno de los grandes valores jóvenes de la literatura mexicana, con novelas como El buscador de cabezas (2006)  -seleccionada por Reforma como libro del año-, Recursos humanos (2008), Ánima (2011) y Fila India (2014).

Es autor también de los libros de cuentos La señora Rojo y El jardín japonés, frecuentando una voz literaria que cada vez se ata más a la raíces de una tradición nacional, con temas como la migración y las fronteras, que relata con humor, ironía, precisión estilística y mucha, mucha imaginación.

No tiene claro por qué y cuándo, sus libros forman parte de ese cauce donde se expresa un México profundo y casi rulfiano, o “sadiano”, diría él, discípulo como fuera de Daniel Sada (1953-2011), el recordado autor entre otras de Porque es mentira la verdad nunca se sabe.

“Soy hijo de inmigrantes y siempre me sentí un poco fuera de lugar”, se defiende Antonio con su vozarrón, a pesar de lo cual está a punto de poner punto final a Méjico, una novela donde su país se escribe con “jota” y de la que podremos esperar más colores o tricolores vernáculos, lo quiera o no lo quiera Ortuño.

En entrevista con SinEmbargo, el joven autor habla de literatura, su tema apasionado, y de México, su sino tortuoso y, como siempre, la charla no tiene desperdicio.

–Fila india fue un libro que te dio muchas satisfacciones y también uno que te conmovió en lo personal, que dejó huella, ¿verdad?

–Sí, el proceso, la escritura, la promoción, me llevaron a entrar en contacto con una realidad abrumadora, una de las tantas puertas al horror mexicano, que es la migración. No es un proceso concluido, la semana pasada, por ejemplo, hubo una ola de agresión a migrantes que ya no se concentran sólo en el sureste nacional, sino también en lugares como Sonora, como Tamaulipas.

–También hubo una aproximación a un tema que va más allá de la conocida como literatura del narco

–Pronto sale mi nueva novela, que no tiene nada que ver con Fila india. Me parece que la literatura puede dar esa posibilidad de entrometerse en muchos temas, de explorar muchos lenguajes, pero parte de lo interesante de escribir arrancar de cero otra vez, con otro punto de vista. Claro que no podría escribir de espaldas a México, de espaldas a lo que está pasando.

–El aplastamiento de los 43 en Ayotzinapa, entre otras cosas dejó en un cuartísimo plano el tema de los migrantes, que desaparecieron totalmente de la faz del interés público

–Sí, absolutamente, aunque ahí prácticamente siempre ha estado el tema de los migrantes centroamericanos. Siempre ha estado en la banca de la banca de la banca. No forma parte de las campañas electorales y para la prensa ha sido un hecho de interés cuando ocurrieron los crímenes masivos, las masacres más aparatosas. Es un tema que tiene una invisibilidad absoluta y que vuelve recurrentemente a sumergirse en esa invisibilidad.

–¿Cómo ves México?

–Como lo ve una persona que está en el medio de un episodio de convulsión. Creo que en este momento está descentrada la vida pública y me atrevería a pensar que la vida personal en México. Vives con miedo y los que no tienen miedo son inconscientes. No es lo mismo la preocupación que puede tener alguien hoy en Tamaulipas, donde el caos está en la tierra, con la que se siente en Guadalajara, donde la violencia irrumpe de pronto como el día de los bloqueos o como ayer cuando mataron a un dirigente del PRI en una de las avenidas más grandes y concurridas de la ciudad. Jalisco es el segundo estado con mayor número de desaparecidos, lo que indica que ya nadie se puede sentir seguro en este país. Además, sigue siendo un estado baldado por el conservadurismo recalcitrante.

Creo que cada uno tiene que leer lo que quiera, pero mi impresión es que ya no hace falta leer al estadounidense de moda cuando se tiene a una literatura continental tan robusta y diversa. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Creo que cada uno tiene que leer lo que quiera, pero mi impresión es que ya no hace falta leer al estadounidense de moda cuando se tiene a una literatura continental tan robusta y diversa. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

–Por otro lado, es una sociedad educada, con alto nivel aspiracional

–Sí, donde suceden paradojas como en Zapopan, donde el chico independiente Pedro Kumamoto, sin apoyo de los partidos políticos, se lanza a una elección y gana en un lugar donde al otro día de su victoria aparecen mantas de los vecinos pidiéndole a la comunidad que no alimente a los migrantes, para que no afeen la colonia.

-¿Cómo te sientes inmerso en la tradición literaria jalisciense?

–Bueno, nunca me sentí integrado a la tradición literaria jalisciense, porque soy hijo de inmigrantes, mis padres no nacieron en Guadalajara. Mi madre era española, hijo de un republicano anarquista y la familia de mi padre es de raíz española, su abuelo era un minero vasco que murió pronto y mi padre se fue muchos años a los Estados Unidos. Lo que quiero decir es que no crecí leyendo a Juan Rulfo y Juan José Arreola, porque sus libros no estaban en la biblioteca de mis padres. En mi adolescencia escolar no me causaba ningún tipo de simpatía que me obligaran a leerlos. Durante muchos años cometí la excentricidad de ser el único jalisciense en no haber leído los dos libritos de Rulfo y cuando lo leí, obvio, que descubrí a un gran escritor, eso no está en discusión. A Arreola también lo leí tarde. Son escritores grandísimos pero no me siento parte de su corriente literaria. Para mí, quien ha sido un escritor fundamental es Jorge Ibargüengoitia, aun cuando Guanajuato sea muy distinta en matices a Guadalajara, se parece mucho más a mi tierra que la ciudad de México, por ejemplo. Y si eres escritor y escribes sobre México, no puedes dejar de leer a Martín Guzmán, a Rubén Salazar Mallén, José Revueltas…

–A veces se tiene la sensación de que hay una literatura en el interior mucho más rica y propositiva que la que se hace en la ciudad

–Narrar en la ciudad de México es difícil, es un organismo gigantesco y muchas veces los escritores se ven obligados a transitar –paradojalmente- un “regionalismo urbano”, con historias que transcurren en el Corredor Roma Condesa, Coyoacán y no mucho más. Eso no es el centro del mundo y no pasa por allí lo más interesante de México. Es un lugar común que un narrador hable mal de los poetas, pero leo mucha poesía mexicana, mi hermano es poeta (Ángel Ortuño) y pienso que en el mapa de la literatura contemporánea en nuestro país tienen que estar los poetas José Eugenio Sánchez, Julián Herbert, Xitlálitl Rodríguez Mendoza, Eduardo Padilla, de León, que me parece deslumbrante, y muchos más. Creo que ante la desaparición de los grandes machos alfa de la literatura, que vivían en un radio de cuatro cuadras y cenaban con los secretarios de estado, la literatura del interior está más cerca.

–¿Y la literatura latinoamericana cómo la ves?

–Creo que cada uno tiene que leer lo que quiera, pero mi impresión es que ya no hace falta leer al estadounidense de moda cuando se tiene a una literatura continental tan robusta y diversa. Están el colombiano Juan Cárdenas, el peruano Jeremías Gamboa, el argentino Hernán Ronsino…y tantos otros.

–¿En qué estás?

–Pronto sale mi nueva novela, que se llama Méjico, con jota y que trae dos historias. La de dos anarquistas que llegan a México huyendo de todo y la de un mexicano hijo de españoles que por el clima de violencia de Guadalajara se tiene que ir a vivir a España. La presentaremos en la FIL y creo que será una novela incómoda para muchos. Sé que el conflicto México-España no se resolverá nunca, pero en ese cortocircuito es donde me encuentro.