Dice que su novela Bareback Juke-Box es un poco autobiográfica y que tiene como gran objetivo poder hablar de lo que significa ser gay en estos tiempos convulsivos. No sabe si es buen escritor, que lo que más le gusta es provocar y que por tanto pone la foto en la novela, publicada por la editorial de Guillermo Fadanelli, Moho.

Ciudad de México, 4 de noviembre (SinEmbargo).- Es divertido hacerle entrevistas a Wenceslao Bruciaga. Por lo pronto, es el escritor y periodista gay más masculino que muchos que se dicen varones hechos y derechos y por el otro tiene una inteligencia superior, como para verse en estos temas homosexuales, tan difundidos, un poco lejos, un poco crítico.

Bareback Juke-Box es una historia terrible, orgiástica y absurda.  Esta novela narra la historia de Hipólito (o Hip como le dicen sus amigos), un chico homosexual y melómano hijo de hippies neuróticos. Después de que Fernando le rompe el corazón, decide contraer VIH por voluntad propia, en un suicidio orgiástico que implica practicar bareback (sexo sin protección), pero antes de autodestruirse se propone volver al gimnasio de box para, cuando sea tiempo, darle una madriza al causante de su dolor.

Hay un soundtrack especial construido por un hombre que cree que “los homosexuales escuchan mala música” y muchas escenas de ese deporte tan varonil como antiguo: el boxeo, un bareback de la cara al designio del mundo, de la violencia.

–¿Es una novela autobiográfica?

–Tiene muchos elementos autobiográficos, como las orgías y todo eso, pero creo en cuestión que es una autobiografía colectiva. Muchos gay lo viven pero no lo dicen. Es como una provocación deliberada, para desenmascarar un poco la supuesta apertura en la que vivimos. Por supuesto lo es, pero es una apertura muy condicionada por la moral de los bugas. A pesar de que nos podamos casar y todo este acierto, seguimos sujetos a un escarnio. La mitad es que muchos gay hacen lo mismo, pero no se atreven a decirlo.

–Aparece el SIDA, en un sistema donde se ha dejado hablar del SIDA

–Según mis cálculos y mis paranoias se dejó de hablar del SIDA cuando se aprobó el matrimonio igualitario. No me meto mucho en el activismo de las lesbianas o de los trans, porque no lo vivo, no es mi realidad. El tema del SIDA tiene que ver también con los tratamientos antiretrovirales, que te mantienen muy bien, mejor que con la diabetes, por ejemplo, y se prescribe como un profiláctico, donde puedes tener sexo sin protección. Esto ha relajado la idea de que lo que podemos entender como sexo seguro.

–Claro, además el SIDA está vuelto a ver como una enfermedad del demonio. Si eres gay, puedes tener una pareja normal y no tener esa enfermedad. Como si fuera propia de un loco…

–Exacto. Todos estamos expuestos. Eso queda bien al final del libro, cuando digo que no es lo mismo que un heterosexual esté condenado por el diagnóstico que un homosexual. En el gay siempre está el estigma. El gay se lo merecía.

Es como una provocación deliberada, para desenmascarar un poco la supuesta apertura en la que vivimos. Foto: Facebook

–El estigma es en el gay mismo, lo tomas así en tu novela

–Sí, es una especie de provocación, este juego perverso de erotizar el SIDA. La neta es que cansa porque el mensaje del sexo seguro no es lo mismo para los gay que para los heterosexuales. Los gay somos promiscuos, digan lo que digan. Gracias a series como Will & Grace, en esta idea de insertarnos en la comunidad heterosexual, dimos la idea de que nunca tenemos sexo con alguien y mucho menos que tenemos mucho sexo con varios alguien. Se cuidan mucho las formas, lo valioso era lo promiscuo de ser homosexual. ¿En qué momento los gay se volvieron tan aburridos: se quieren casar, quieren adoptar, quieren pagar la hipoteca de la casa? En algún momento se tergiversó la idea de los derechos con la idea de adoptar los estilos de vida heterosexuales.

–Aparece este personaje como el “mataputos”, ¿crees que se ha pasado ahora a los trans, más que a los gay?

–Creo que sigue estando igual, pero notamos más los asesinatos de los transexuales porque es ahora la comunidad más organizada. Todas salen a protestar y a exigir justicia. Los gay ya no salen y por otro lado –aunque suene muy hetero con esta apreciación- tenemos más fuerza y podemos defendernos más. Si sigue habiendo muchos crímenes a causa de la homofobia. No está medido por la ley.

Un libro contra el convencionalismo. Foto: Moho

–Estás todo el tiempo pensando en cómo ser homosexual. ¿Hay un placer por la literatura o hay un placer por demostrar si es mejor ser gay que adaptado?

–Yo encuentro más placer en la provocación y mi talento da para escribir. Me hubiera gustado tener una banda en forma, soy un rockstar frustrado.

–¿Cómo crees que está la literatura gay?

–A nivel hispanoamericano sigue muy sometida por la autocensura, para no escandalizar a los heterosexuales o es muy de nicho y sólo los gay quieren leerla. Nunca he entendido el beneficio del autoconsumo. De este libro me han dicho que escandalizo hasta a los homosexuales. Es escandaloso porque se pregunta todo el tiempo qué es lo que soy y cómo me proyecto hacia los demás. El libro rompe el muro del gueto rosa. Se me hace absurdo defender las leyes de la homofobia sacando la cabeza del gueto rosa y luego te vuelves a esconder.

–¿Por qué tus fotos en el libro?

–Estoy muy contento. Eso fue una estrategia de Editorial Moho, jugar con la imagen del escritor y solo tenía cabida en esa editorial, apuestan mucho por lo iconoclasta.

–Claro, antes estaba Anagrama

–Sí, es cierto. Me formé mucho con Dennis Cooper, un escritor que me influenció mucho y que venían en Anagrama. Ya vivimos en la distopía, no alcanzo a entender esa rebelión de los gay por mi libro, nos han domesticado. El progresismo medieval se ensancha con las redes sociales. La velocidad de la información es vertiginosa y la gente se está desdibujando a través de todas las causas que apoya por Facebook o por Internet. Me propuse hacer este libro para romper con las normas y para marcar el asunto de los gay, cuando salen del clóset para meterse en el clóset de la normalidad.

–Dices que los gay son promiscuos, pero el conservadurismo nos atacó a todos. Si en los 70 los heterosexuales habían experimentado con la promiscuidad, vino una oleada sumamente conservadora y nos metió a todos en el clóset

–Es cierto. Todo el tiempo estoy diciendo que soy gay. Los heterosexuales de todos modos los veo un poco más relajados, los gay no podemos vivir sin presión.

–Leí la novela siguiendo el soundtrak. Me encantó

–Por supuesto. Yo tenía muchas ganas y creo que lo conseguí, por supuesto, de hacer mi propia versión de High Fidelity, de Nick Hornby. Yo soy melómano. Es que Ballard, al que cito en el libro todo el tiempo, dice que en estos tiempos de pos-modernidad, la única forma de mantener la cordura es tener obsesiones, la única forma de que tu cerebro no se mimetice con el de los demás. Los gay han dejado de ser menos obsesivos, siguen igual de apasionados, de azotados, pero escuchan mala música.

–¿Qué posibilidades hay de que escribas una novela que no es gay?

–Estoy trabajando en una con personajes bisexuales, que para mí ya es mucho. Lo he pensado, tengo otros proyectos de libros más musicales, lo hago un poco para desmarcarme un poco del tema con el que estoy marcado. Soy un escritor un poco malo. Necesitaría demasiado talento para escribir algo traspasando lo que no soy.

–¿La provocación alcanza para seguir haciendo libros?

–Siempre va a alcanzar, porque creo que la sociedad es muy proclive a los convencionalismos.