La festividad de Día de Muertos es la celebración más extendida en el país; la más popular y difundida, y quizá la menos entendida. Sin duda se ha hecho de este evento ritual de raigambre indígena algo mediático y masivo.

Por Iván Pérez Téllez

Ciudad de México, 4 de noviembre (SinEmbargo).- No hay escuela que no coloque un altar, o pueblo o ciudad que no convoque a un concurso de calaveritas, de ofrendas, de disfraces o un gran desfile de catrinas. Incluso, esta celebración mexicana ha sido declarada patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la UNESCO desde 2008. Pero, ¿qué tanto comprendemos la celebración de Día de Muertos? Es frecuente recurrir a las interpretaciones de corte histórico –según lo que dicen las fuentes prehispánicas– para explicar la permanencia de esta festividad. Se dice, por ejemplo, que los niveles de los altares guardan relación con los pisos del inframundo, que los tamales representan cadáveres amortajados o que los cuerpos de pan son los difuntos. No obstante, muchas explicaciones dejan de lado algo evidente: esta celebración es, sobre todo, una gran comilona.

En las comunidades indígenas, la fiesta de los difuntos permite convivir a vivos y muertos, departir y sentarse a la mesa para compartir los alimentos con los familiares que ya no habitan el mundo humano. No es el único momento, es cierto, también durante el Carnaval se consigue interpelar a los difuntos; o de manera desdichada a través de la brujería. Sin embargo, durante esta festividad es posible compartir de manera sancionada lo que es fruto de su trabajo, así como recordar y hablar con sus muertos. Todo esto es posible gracias a la concepción que los pueblos indígenas tienen sobre la vida y la muerte.

Tetelcingo, Puebla. 1999.
D.R. © Paul Czitrom, en Artes de México número 62, Día de Muertos. Serenidad Ritual.

Entre los nahuas, por ejemplo, se considera que las personas, al morir, inician otra forma de existencia donde el alma –tonali– adquiere un nuevo modo de vida en el inframundo, en el Miktlan. A diferencia del mundo judeocristiano, la muerte no es un momento para el descanso eterno y ocioso; por el contrario, se trata de un cambio de existencia en el que los difuntos trabajarán del mismo modo en que los vivos lo hacen para reproducir el cosmos indígena. Por ejemplo, los chamanes se transforman en fenómenos pluviales –personas rayo, personas neblina, personas relámpago– al morir y a partir de entonces trabajarán trayendo la lluvia y colaborando con sus pares humanos en favor de la fertilidad agraria y la prosperidad. Las personas nahuas que no se casaron, es decir que no contribuyeron a reproducir, del modo más evidente y pragmático, la vida, tendrán que cargar temporalmente el mundo –Tlalpikpak–; cuando uno de estos adultos solteros muere, se produce un movimiento telúrico pues cambia de hombro con alguien más. Así, los temblores son la evidencia de este hecho.

La mayoría de los nahuas tendrá como destino post mortem el Miktlan, un pueblo similar al que habitan los vivos, donde la gente es agricultora, vive en familia, acude a la iglesia, es decir: vive en sociedad. Son esta clase de muertos los que acuden año con año a visitar a sus familiares, al regresar a sus casas para recibir lo que más les gustaba en vida: mole de guajolote, tamales, aguardiente, café, pero también sus instrumentos de labranza y vestimenta con las que trabajarán en su propio mundo.

San Jerónimo Xacatlán, Puebla. 1999.
D.R. © Paul Czitrom, en Artes de México número 62, Día de Muertos. Serenidad Ritual.

Para los nahuas los difuntos son seres muy próximos. Los que vienen en Carnaval, previo a la Semana Santa, son aquellos que murieron por un hecho de sangre, de modo violento; justamente estos seres virulentos son los convocados por los chamanes en su faceta de brujos para causar estragos en la salud de sus congéneres. También los ancestros pueden causar daño a sus familiares cuando no son tratados de manera adecuada, cuando no se cumplen con los rituales fúnebres o no se les celebra el Día de Muertos. Existe, igualmente, un hecho importante desde la perspectiva de los difuntos, ellos interactúan día a día con sus parientes vivos pues, en su espacio-tiempo, un día equivale a un año de nosotros. Es como si diariamente salieran los difuntos a una suerte de parcela –cargados con herramientas y almuerzo– y ese lugar fuera el Miktlan, para retornar a casa el día siguiente.

El Día de Muertos es únicamente un eslabón en un complejo de concepciones indígenas. No se trata de un evento aislado, de un suceso que no tiene conexión con el ciclo agrícola anual o con el ciclo de vida nahua, o, más aún, con el trato cotidiano entre humanos y no-humanos, entre vivos y difuntos. Por el contrario, esta celebración sólo es comprensible a la luz de las nociones indígenas de regeneración y agricultura, de vida y muerte y de una concepción singular de persona, según la cual la existencia es posible más allá de la vida humana. Así, finalmente, más que un culto a la muerte, estamos frente a una celebración a la vida y ante el reconocimiento de otro tipo de sociabilidad y existencia que incluye a los muertos.

Iván Pérez Téllez. Licenciado en Etnología por la ENAH. Cursó la maestría en estudios Mesoamericanos en la UNAM. Actualmente es subdirector de Asuntos Indígenas de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México. Consulta los números de Artes de México sobre el tema: Día de Muertos. Serenidad ritual y Día de Muertos II. Risa y calavera. Disponibles aquí. Una sección curada por Artes de México para SinEmbargo.