“Estreno una cama que bien podría ser nupcial o mortuoria, vaya el tiempo a saber”. Foto: Pixabay

Hoy recibí mi cama nueva.
Irritada porque hay gente que cobra hasta por presionar un botón en el elevador. Cómo nos hemos acostumbrado a deslizar billetes con denominación propina en este país sin pies ni cabeza pero con muchos estómagos que alimentar.
Suspiro. Se va el enojo.
Un colchón nuevo, pensé, era el mejor regalo que podía hacerme a mí misma.
Barrí bien el piso de la recámara, aspiré la alfombra. Y me regalé una cama.

– Es de que vamos a tener que volarla, señorita.

Que no sube, que no baja, que se atora en las escaleras, que no cabe en el elevador. Que qué hacemos. Y yo los miro. Habrá que resolverlo, si salió la cama anterior que era del mismo tamaño, entrará esta. Si todo cabe en un huequito sabiéndolo acomodar, incluso el pasado.
Por fin entra. Una cama Queen size. Tremendo fondo el que entraña que las medidas de las camas hablen de monarquías y estados civiles: tamaño matrimonial, tamaño reina, tamaño rey. Coño, son camas.
No dudo que pronto conozcamos la Poliamor size y la Forever alone size. Cosas veredes, Sancho. Sobre todo si te paseas por las cosmopolitas ciudades de la autocomplacencia.

Estreno una cama que bien podría ser nupcial o mortuoria, vaya el tiempo a saber. Las abuelas morían en la cama donde daban a luz, las colchas pasaban de una generación a otra. Eternas cobijas veían a legítimos e ilegítimos de una misma sangre reproducirse y reproducirse. Argumento ad nauseam de la humanidad.
Me parece que esa vida de procreación incesante fue de otra época. Pero ahí está el mundo con sus más de siete mil millones de habitantes para derrumbar mi obtusa idea.

Mi cama anterior estuvo conmigo diez años. Si las camas hablaran. Si los resortes cantaran, si esas patas de madera describieran prendas, si la cabecera repitiera rezos y salmodias, nombres y soledades.
Tengo una cama nueva. Y no sé por qué, me parece necesario un gesto adulto y me empeño en hablarle con respeto.
Es que anticipo nuevos símbolos y nuevos comienzos en ella y recuerdo —aunque mal— los versos del poema 63 de Emily Dickinson, ahora los busco, aquí están:

Haz amplia esta cama
haz esta cama con respeto
para esperar en ella el juicio último,
sereno y perfecto.

Que sea recto su colchón
y redonda su almohada,
que ningún ruido del sol
llegue jamás, a perturbarla.

@AlmaDeliaMC