El problema con las redes es que se han vuelto una parte imprescindible de la cadena de valor de comunicación digital. Foto: Cuartoscuro

El periodista Jeff Jarvis afirma con razón que el mundo todavía no alcanza a comprender los alcances del fenómeno digitalización.

Jarvis lo compara con la invención de la imprenta de Gutenberg y nos alerta: a la economía le tomo más de cien años encontrar una manera imperfecta pero funcional de administrar la democratización de la información vía el copyright. No tenemos ni la menor idea de cuanto tomara digerir la disrupción digital actual.

Esta semana The Economist puso el dedo en la llaga al dedicarle buena parte de su edición a las redes sociales y sus afectaciones al sistema democrático mundial. La pregunta que se plantea el periódico inglés es más que pertinente: ¿son las redes sociales una amenaza para la democracia?

La respuesta es, como en todo fenómeno complejo, depende. La injerencia rusa en las elecciones presidenciales de Estados Unidos vía la propagación de fake news en Youtube, Google y, sobre todo en Facebook, provocó que el gobierno estadunidense pusiera a los gigantes digitales en el banquillo de los acusados.

Por primera vez, las maravillosas redes sociales que sirvieron para impulsar la Primavera Árabe, mutaron en el villano de la película al permitir que contenido manipulado/manipulador se propagara influyendo en las preferencias políticas de millones de personas.

Ese intervencionismo remoto operado por hackers preocupa, y mucho, a la mayor parte de los gobiernos del mundo; pues no tienen ni la menor idea de cómo combatirlo. Otros, como el ruso, han decidido usarlo a su conveniencia.

Al respecto, una primera precisión: las redes sociales no son medios de comunicación. Son plataformas que agregan y distribuyen contenido generado por los usuarios. Usuarios que pueden ser personas, medios y, por qué no, gobiernos.

El problema con las redes es que se han vuelto una parte imprescindible de la cadena de valor de comunicación digital. No hay manera de garantizar que el contenido que alguien produce tenga el suficiente impacto y alcance de distribución si no existe en el timeline de Facebook o el buscador de Google.

¿Y cómo funcionan esas plataformas? Seguro ya ha escuchado usted del “algoritmo”. Esa entelequia matemática que decide qué contenido ofrecer a cada usuario en función de sus preferencias. Es decir, el algoritmo no tiene rigor ni ética periodística en sentido estricto, sino que persigue engagement. Pero puede tenerlas si Google o Facebook así lo deciden.

Por eso vale celebrar la discusión actual sobre la relación entre social media y democracia. La crisis y los cuestionamientos a las redes sociales deben servir para avanzar en materia de transparencia con usuarios y anunciantes. Así como sobre los mecanismos y reglas de comercialización, aceptación y jerarquización de contenido al interior de las redes.

Pero el tema fundamental es que, nos guste o no, las redes sociales llegaron para quedarse y los medios masivos tradicionales tendrán que acostumbrarse a lidiar con su poder y presencia.

Por eso soy un convencido de que el periodismo riguroso e independiente es la única alternativa de largo plazo para permanecer vivo en el ecosistema digital sin perderse entre la viralidad, el sensacionalismo y los fake news.

Por supuesto ese estándar de contenido es más caro y difícil de producir, por lo que a la larga la única manera de sostenerlo será cobrarlo a sus consumidores a través de diferentes modelos de monetización.

La creación y desarrollo exitoso de esos nuevos modelos son un asunto de innovación. Y nada empuja más la innovación que las crisis provocadas por adelantos disruptivos.

Por eso vale preguntar ¿qué están haciendo los medios en México para adaptarse y sobrevivir a la digitalización? Salvo contadas excepciones, parece que no mucho.

La razón es que no necesitan innovar. Los convenios oficiales de publicidad oficial son el cash cow de los medios mexicanos y por eso les importa muy poco generar valor para sus usuarios y anunciantes.

¿Cuál es el problema con esto? El contexto. En México tendremos las elecciones más grandes de la historia en 2018. Llegaremos a ellas con instituciones formales desmanteladas y débiles: la FEPADE, la PGR, la Fiscalía Anticorrupción. Y con medios controlados por nuestros gobernantes vía el presupuesto de comunicación social.

En ese contexto, aventuro que las redes serán la cancha perfecta de dos batallas simultáneas. La primera, las redes como un espacio para la libre expresión, el debate, la horizontalidad y la acción directa. La segunda, las redes como circo romano: el grito, el insulto, la descalificación, la manipulación y las fake news.

¿Cuál ganará?