El hombre solitario es una bestia o un dios
Aristóteles

El Lobo Solitario no necesita motivos políticos, credos religiosos o imposturas ideológicas. Foto: Especial

A Stephan Paddock se le describe como un jubilado tranquilo que vivía con su novia Marilou Danley, y como muchos otros baby boomer, era en un coto con campo de golf desde donde seguramente veía las noches siempre estrelladas del desierto de Mojave.

Su rostro barbado es el de un hombre relajado que ha dejado detrás el saco y la corbata, y ha empezado a desprenderse de cosas, para empezar de la apariencia de Contador Público, y así vivir sin preocupaciones el resto de su existencia.

Tenía como muchos de su generación sus hobbies, una pasión recreativa, coleccionaba armas de distintos calibres con las que iba de cacería de vez en vez y el gusto por los juegos de azar.

En las primaveras este hombre de apariencia despreocupada, tomaba un avión en Las Vegas que lo ponía en unas horas en Anchorage, desde donde se trasladaba a los montes de Alaska y durante varios días se dedicaba a cazar alces y caribúes.

Luego de esos días en medio de la nada regresaba a su hábitat desértico y los fines de semana abandonaba su refugio para trasladarse a Las Vegas, donde probablemente asistía a escuchar conciertos de música, jugaba póker o como cualquier otro visitante, simplemente se perdía entre la multitud ludópata. Esa que aparece eufórica al final de la película Casino de Martín Scorsese.

Nada, que no hiciera cualquier miembro de esta generación norteamericana, que ocupa su tiempo y dinero de la mejor forma posible entre viajes, juego, cacería, armas, televisión, soledad.

El ocio es la madre de todos los vicios, escribió para la posteridad Francisco de Quevedo en los albores del siglo XVI, y su contemporáneo el obispo inglés Richard Kingston agregaría con precisión protestante: Una persona ociosa tienta al diablo para que la tiente.

El Lobo Solitario no necesita motivos políticos, credos religiosos, o imposturas ideológicas, para asesinar le bastaba su nudo existencial plagado de contradicciones, la búsqueda de un sentido a su vida que se agota lenta pero inexorablemente o mejor, por ese sentimiento de ruptura que Hebert Marcuse sintetizó en esa figura reductiva: El hombre unidimensional, esa suerte de vidas diseñadas en serie al igual que los autos, casas o el vestuario.

Sin embargo, en esa búsqueda de la diferencia combinada con una dosis de flaqueza humana, pudo llevar a credos religiosos extremos, tener una justificación para atacar a sus semejantes, desconocidos, y eso no se ha descartado del todo.

El Estado Islámico (ISIS) ha dicho a través de la agencia de noticias Amaq que el señor Paddock era uno de los sus soldados, una célula dormida que se activó en la lucha contra el imperio del mal y ahora es otro de sus mártires.

Aquellos que sin titubeos van al sacrificio en aras de una venganza hoy por Irak y Siria, mañana por cualquier otro país árabe, por la yihad, la guerra santa.

¿Pero cómo este hombre blanco que cazaba alces y jugaba ruleta había dado un vuelco radical a su vida? ISIS dice que Stephan se había convertido al Islam, al yihadismo radical, y la matanza representaba su consagración y el mayor acto de fe, realización y posteridad personal.

El Buró Federal de Investigaciones (FBI), ha salido al paso de esta especie de noticias diciendo que no hay evidencia de que así sea, que se investigara con mucho interés para dilucidar las causas. Quizá, como no lo hicieron hace sesenta años, cuando sus agentes buscaban al padre del Señor Paddock, quien era uno de los criminales más perseguidos en el sur de la Unión Americana.

Patrick Benjamín Paddock nada que ver con el perfil de su hijo. Sthepan tenía hasta el domingo pasado un expediente limpio, ni siquiera una multa de tránsito, fue un ciudadano ejemplar de esos que pagan puntualmente sus impuestos y de los que cualquier gobierno desearía tener como contribuyente.

Su hermano Eric ha dicho que no se explica esta conducta psicópata y que su familia lo ha recibido como un asteroide que cae sobre de ella, y están por ello en shock de duelo y aceptación, sufriendo menos por él y quizá más por las 59 víctimas mortales y los más de 500 heridos de bala. Vamos, agrega con extraña justificación: “es solo un tipo que jugaba póker, tomaba cruceros y comía burritos en Taco Bell”.

Mientras el FBI encuentra más evidencia empírica para conocer los móviles de este despropósito y su familia obtiene una explicación razonable, sus compatriotas no salen del asombro y el miedo que provoca este nuevo crimen masivo en suelo norteamericano.

Seguramente no hay un solo norteamericano que después de la suma de atentados ocurridos en los últimos años contra la población civil, no sienta zozobra de caer asesinado repentinamente, como cada uno de los 59 que sucumbieron ante las balas de este psicópata disfrazado de persona normal.

Las Vegas ícono del sueño americano y el placer del espectáculo, que atrae por decenas de millones vive quizá el momento más aciago desde la época de la mafia que el cine americano ha exhibido con su larga lista de matones y fraudeadores.

La Ciudad del Pecado es la manifestación quizá más acabada de la representación del llamado capitalismo ficción (Vicente Verdú, dixit). Esa forma de acumulación de capital sostenida en la ficción urbana que significa la reproducción de algunas de las maravillas del mundo en el desierto y que convoca diariamente a cientos de miles de turistas de todo el mundo.

Y es que el señor Paddock, con sus escopetazos lanzados a diestra y siniestra, sobre esa masa de más de 22 mil personas ha convertido el mito en una realidad grosera que no dará reposo a la gente que vive en esa ciudad y a los que como el propio francotirador, iban a ella cuantas veces resultaba necesario para encontrarse con el bullicio de la Strip, sus luces de neón y el sonido subyugante de las máquinas tragamonedas; los cócteles y la cocina buffet ad hoc; los shows y conciertos multitudinarios, la gente alocada de cualquier esquina, como la de esa noche trágica.

No será el fin de Las Vegas, como no ha sido, el final de Nueva York, Filadelfia, Madrid, Londres, Bruselas, Nairobi o Tokio, la capacidad de recuperación de sus habitantes ha sido impresionante, la gente volverá a sus casinos, donde ganara o seguirá perdiendo dinero, se divertirá y volverá a casa con sus recuerdos, pero al final se terminara imponiendo el sentido básico de libertad con todo y sus ficciones desconcertantes en medio del desierto de Mojave.

Muy a pesar del Señor Paddock y sus motivaciones o motivadores.