“La oportunidad de verse a uno mismo no por fuera como con un espejo, sino internamente y durante un largo periodo es un extrañísimo privilegio que lo primero que despierta en mí es gratitud”. Imagen: Especial

A Alma Delia Murillo

A quienes siguen esta columna les consta que cada lunes -desde hace casi tres años- analizo un asunto filosófico desde mi singular punto de vista y, como podrán imaginarse fácilmente, este esfuerzo sostenido ha generado unos cientos de páginas que hoy, más que en ninguna otra actividad que haya hecho en estos tiempos, me permiten verme tendido ante mí, pues lo que dicen esos escritos son lo que pienso, y si en algún lugar estoy es en ellos.

La oportunidad de verse a uno mismo no por fuera como con un espejo, sino internamente y durante un largo periodo es un extrañísimo privilegio que lo primero que despierta en mí es gratitud. Gratitud hacia quienes han propiciado y permitido que esta posibilidad se dé. Comprendo, y no es falsa modestia, lo absolutamente irrelevante que es, en un mundo con infinidad de puntos de vista, el punto de vista de un individuo más, es decir, yo, y por ello manifiesto mi agradecimiento a los directivos de este periódico: Jorge Zepeda Patterson y Alejandro Páez Varela, y a los cientos y a veces miles de lectores que como usted, en este momento, me prestan su atención y en ocasiones hasta me “laikean”. Esta afortunada situación me ha permitido verme, saberme, conocerme a mí mismo. O para decirlo claramente, estoy agradecido porque estos pedazos del mosaico que me forman no los habría escrito sin la complicidad propiciatoria de SinEmbargo.mx.

Varias docenas de los ensayos de esta columna, los que consideré los mejores, han cobrado vida orgánica en un libro que hoy los integra y organiza: El arte de dudar. En consecuencia, siento también gratitud hacia mi editor, Andrés Ramírez, y hacia el equipo de Penguin Random House que dieron cauce a la publicación de esta obra bajo el sello Grijalbo.

Pensar y dudar han sido el oficio de toda mi vida: no puedo estar sin darle de vueltas a un tema y luego a otro; escudriñando, indagando, sometiendo a examen cuanto cae en mi curiosidad; me llena de alegría entender, aclararme el mundo que me ha tocado: sus recovecos y las teorías con las que otros han intentado hacerlo menos opaco. De eso trata El arte de dudar; es una búsqueda, un combate para salir de aquello que me parecía indescifrable o incuestionable, pues la incomprensión total y la certeza total frenan el gusto por aventurarse: en un caso porque ni siquiera se atisba un camino y, en el otro, porque uno se apoltrona en la creencia de haber llegado a la estación final.

Agradezco a todos -y de veras es cierto- permitirme vivir la vida que he elegido.

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