Liberar el consumo de estupefacientes, que en los 70 fue una causa hippie, ahora es un argumento que gana más adeptos entre un grupo más sobrio que critica la “guerra contra las drogas”, plantea The Economist en su ejemplar de esta semana.

El 2 de junio pasado, la Comisión Mundial sobre Políticas de Drogas, un grupo que incluye a ex presidentes de Brasil, México, Colombia y Suiza, el primer ministro de Grecia, un ex secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, y, desde Estados Unidos, un ex secretario de Estado y ex presidente de la Reserva Federal, pidió la despenalización de todas las drogas para iniciar la regulación legal de la venta de drogas, comenzando con la cannabis.

Dicho grupo pide un replanteamiento de la política en los últimos 50 años, donde la prohibición han sido cada vez mayor. Como se expone en el informe, el consumo de drogas ha seguido aumentando, así como los miles de millones de dólares y decenas de miles de vidas se han gastado tratando de acabar con ella. De 1998 y hasta 2008, los datos disponibles más recientes plantean que el número de consumidores de marihuana en el mundo aumentó 8.5%, de cocaína 27% y de opiáceos 34.5 por ciento. El gobierno federal de Estados Unidos gastó 15 mil millones de dólares en 2010 para la fiscalización de drogas, esto contra los 25 mil millones dólares del gasto público.

La prohibición ha llevado a muchos triunfos a corto plazo, pero son duraderos, plantea la revista. Las autoridades controlaron a los traficantes de cocaína del Caribe en la década de 1980. Pero entonces aparecieron en México, país que actualmente vive una campaña contra los “narcos” que le ha costado al menos 35 mil vidas en los últimos cinco años y que, además, está provocando caos también en los países de América Central. Oficiales guatemaltecos encontraron 27 cuerpos sin cabeza cerca de la frontera con México el mes pasado, y culparon de esto al cártel mexicano de Los Zetas.

Un asunto similar está sucediendo en los Andes, donde han llegado los productores expulsados ​ Colombia en la década de 1990, se han dirigido a Perú y Bolivia. Como el consumo de cocaína ha disminuido en los Estados Unidos ha aumentado en Europa: los cárteles latinoamericanos han diversificado su estrategia de exportación (parte de ella se ha canalizado vía África Occidental, un puesto de conveniente en el camino al Viejo Mundo).

La Comisión Mundial apoya las medidas básicas para proteger a los consumidores de drogas y ahorrar dinero: proporcionar agujas limpias, por ejemplo, no impide que la gente tome drogas como medicamento, pero no evita que se infecte. En Gran Bretaña, Alemania, Suiza y Australia se tienen tasas inferiores a 4% por infecciones de VIH entre consumidores de drogas intravenosas. Pero esto aumenta en Francia, con 12%, y más de 15% en Estados Unidos y Portugal, donde la idea llegó tarde. Tailandia y Rusia, todavía no se interesan por estas medidas y tienen tasas de alrededor de 40 por ciento.

La prescripción de heroína, como Suiza y los Países Bajos, redujo el número de usuarios, pues se ha roto paulatinamente el vínculo entre mayoristas y clientes ocasionales. La despenalización de la posesión de marihuana en el oeste de Australia y Portugal (que despenalizó la tenencia de todas las drogas en 2001) no tuvo ningún impacto en el consumo, pero salvó un montón de dinero. Cuando Gran Bretaña reclasificó la marihuana como una droga meno grave, en 2004, el consumo cayó. (A pesar de ello, el gobierno dio marcha atrás cinco años después.)

Los usuarios pueden ahorrar dinero y vidas. Sin embargo, muchos en América Latina se preocupan de que la despenalización del consumo no hará sino aumentar la demanda, pero no hacen nada para sacar del comercio a los criminales. La Comisión Mundial no habla sobre la cuestión de la legalización de la oferta, sólo insiste la “experimentación” con modelos de regulación legal y penas más leves para los distribuidores a pequeña escala. Pero eso no haría nada para disuadir a grupos como Los Zetas.

Los debates sobre la legalización de drogas son vetadas por los países consumidores, que temen un aumento en la adicción en la medida en que están más disponibles. “Para los países de tránsito, como México, donde un ex presidente, Vicente Fox, se ha pronunciado por la legalización de estupefacientes, es una apuesta que vale la pena”, plantea la publicación en su edición internacional.

“La brecha en la opinión se puede estrechar. La distinción tradicional entre países productores y consumidores está desapareciendo, al tiempo en que el consumo de drogas crece entre los productores y la producción nacional crece entre los consumidores. El consumo de cocaína ha aumentado en América del Sur, donde las tasas promedio de uso en la vida son similares a las de Europa. En México la tasa se duplicó entre 2002 y 2008 (aunque todavía está muy por debajo de Estados Unidos). Al mismo tiempo, el cultivo de marihuana es un gran negocio en América y partes de Europa, y la metanfetamina se puede cocinar en cualquier lugar (aunque es más fácil cuando la ley es débil). A medida que el problema de las drogas del mundo convergen entre ricos y pobres, los gobiernos pueden ser más propensos a verse a los ojos”, concluye.