“El Gobierno de la cuarta transformación de la vida nacional propone como prioridad la atención a los pobres y pueblos indígenas, y sin embargo sus primeros mensajes y agendas son para los ricos”. Foto: Joaquín SanLuis, cuartoscuro

Con su desarrollado olfato político, Andrés Manuel López Obrador ya logró colocar una imagen de lo que aspira será su Gobierno luego de ganar las elecciones presidenciales el domingo 1 de julio: la cuarta transformación de este país. Con esta idea, López Obrador pretende situar su Gobierno al nivel de la Independencia, la Reforma y la Revolución mexicana. En suma, anuncia que su Gobierno implicará una transformación profunda y radical de la vida nacional, como lo fueron los tres periodos históricos precedentes que engloba al hablar de la cuarta transformación.

Esta idea la esbozó al final de su tercera campaña en busca de la Presidencia de la república y la reiteró en su primer discurso luego de ser reconocido como el ganador de la elección, la noche del domingo 1 de julio. En su mensaje en el hotel Hilton de la Ciudad de México, López Obrador inició su discurso con este párrafo: “Este es un día histórico y será una noche memorable. Una mayoría importante de ciudadanos ha decidido iniciar la cuarta transformación de la vida pública de México”.

Y algunos párrafos más adelante precisó quiénes estarían primero en este Gobierno de la cuarta transformación: “Escucharemos a todos, atenderemos a todos, respetaremos a todos, pero daremos preferencia a los más humildes y olvidados; en especial, a los pueblos indígenas de México. Por el bien de todos, primero los pobres”.

Pueblos originarios y la población más marginada y explotada estaría primero en este Gobierno, dijo López Obrador, quien recibió un mandato popular sin precedentes al recibir más de 30 millones de votos y prácticamente arrasar en todos los espacios electorales en competencia.

Pero todo indica que cumplir con ese mandato popular de la cuarta transformación y poner por delante a los pueblos indígenas y los más pobres no será tan sencillo. De hecho en ese primer discurso como ganador de las elecciones, antes de hablar de los indígenas y de los pobres, dedicó varios párrafos a calmar a los “mercados”, es decir a los sujetos concretos que son dueños y manejan el capital en México y el mundo.

No es una casualidad que al hablar de las libertades pusiera en primer lugar que “habrá libertad empresarial” y que el siguiente párrafo lo dedicara a los capitalistas: “En materia económica, se respetará la autonomía del Banco de México; el nuevo Gobierno mantendrá disciplina financiera y fiscal; se reconocerán los compromisos contraídos con empresas y bancos nacionales y extranjeros”.

Habló luego de revisar los contratos derivados de la reforma energética, pero no de echarla para atrás. Y en el siguiente párrafo atajó los miedos empresariales: “No actuaremos de manera arbitraria ni habrá confiscación o expropiación de bienes”. Sin lugar a dudas, el primer discurso de López Obrador como ganador Presidencial, su mensaje principal fue para el capital antes que para los pobres o pueblos indígenas.

Lo mismo ha ocurrido con su agenda en los primeros cinco días luego de ganar los comicios presidenciales. Antes que reunirse con las familias víctimas de la guerra como desaparecidos, asesinados o enterrados en fosas clandestinas, con pueblos que padecen despojos o con obreros que padecen explotación, López Obrador decidió reunirse con la cúpula empresarial que lo atacó durante años y especialmente durante la campaña electoral.

El miércoles 4 de julio, tres días después de las votaciones, López Obrador tuvo un largo encuentro con las cúpulas empresariales de México. Por mas de dos horas convivió con ellos, primero exponiendo su propuesta económica y luego respondiendo sus preguntas e inquietudes, en una reunión que al final tanto el ganador presidencial como los dirigentes empresariales calificaron de positiva. Tan es así que de los insultos de las semanas previas, de la “minoría rapaz” soltado por el candidato y las críticas empresariales a las propuestas populistas de López Obrador, se convirtieron en una luna de miel. El candidato ganador de la Presidencia ya no era el “Peje” sino “Don Andrés Manuel”, como lo llamó el Presidente del Consejo Coordinador Empresarial (CCE), Juan Pablo Castañón.

Un personaje que se ha convertido en eslabón clave entre el Gobierno de la cuarta transformación y el sector empresarial es el capitalista regiomontano Alfonso Romo, responsable del proyecto de nación de López Obrador y futuro coordinador de la oficina de la Presidencia. Romo ha presumido que en los pasados ocho meses se ha reunido con más de 450 fondos de inversión, empresarios y calificadoras para convencerlos de que López Obrador no es un peligro para los inversionistas. Por el contrario, como ha dicho desde hace varios años y que ahora repite como mantra, el Gobierno del candidato que derrotó a los partidos del Pacto por México (PRI, PAN y PRD) quiere hacer de México un paraíso de la inversión privada de capitales. No solo eso. Romo es un entusiasta defensor de las Zonas Económicas Especiales en los estados del sureste. Luego de la elección, cuando un reportero de Forbes le preguntó por ese proyecto estratégico del Gobierno del priista Enrique Peña Nieto, el asesor lopezobradorista respondió entusiasmado que las ZEE deberían ser más grandes. “Quizá las hagamos más grandes. Todo. Chiapas, Oaxaca, Guerrero. ¿Qué dejas fuera? No puedes dejar nada fuera”.

Alfonso Romo, un empresario que antes apoyó a priistas como Ernesto Zedillo y que se alió con entusiasmo al proyecto de Vicente Fox, se sumó a López Obrador en 2011. Pero antes de hacerlo, lo mandó investigar “como si fuéramos a comprar un negocio”, según confesó en una entrevista con Forbes de febrero de 2017. Además de la activa agenda de Romo para convencer de que el Gobierno de López Obrador no pone en riesgo los negocios y las políticas económicas en curso, el designado Secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, atendió las dudas de representantes banqueros un día después de las elecciones y, en síntesis, les aseguró que habría continuidad en las políticas económicas. Además anticipó que podría haber una reforma al sistema de pensiones, una demanda insistente de los organismos financieros internacionales.

En síntesis, el Gobierno de la cuarta transformación de la vida nacional propone como prioridad la atención a los pobres y pueblos indígenas, y sin embargo sus primeros mensajes y agendas son para los ricos.

La contradicción esencial es que la atención a pobres e indígenas no puede lograrse si a la vez los principales asesores prometen hacer de México un paraíso de inversión privada y ofrecen ampliar las Zonas Económicas Especiales que por definición implican políticas neoliberales de despojo de territorios y bienes comunes, altas tasas de explotación, privatizaciones, y elevadas exenciones fiscales a los inversionistas.

Este parece ser el núcleo de las contradicciones del proyecto lopezobradorista: no puede ofrecer poner por delante a los pobres y pueblos indígenas si a la vez ofrece continuidad de las políticas radicales de libre mercado, despojo y explotación de los anteriores gobiernos de la mafia del poder.

Se entiende que el pragmatismo y la Realpolitik obliguen a moderar mensajes y hacer diplomacia con sectores enemigos o críticos. Pero esta Realpolitik es una muestra de cómo los “mercados”, es decir, los dueños del capital, terminan imponiendo su agenda al personaje elegido por el voto popular. No es posible pensar en una cuarta transformación nacional, como la que promete López Obrador, y por la que le votaron millones de mexicanos si a la vez quiere dejar intocados los intereses de los sectores que han explotado, despojado, saqueado y reprimido a este país.