Todo objeto de deseo se vuelve, en la fantasía, fetiche y uno de los más fascinantes fetiches de nuestra época es precisamente Lolita. ¿No es acaso la esencia de Lolita una encarnación o sucedáneo del objeto amoroso perdido, de ese inefable placer que nunca se ha de alcanzar?

Ciudad de México, 9 de septiembre (SinEmbargo).-Ana Clavel explora tales territorios en busca de los secretos y misterios de esas chiquillas dulces, pero también terribles, según la fuerza del deseo que desanudan.

Este ensayo sobre las nínfulas se estructura a partir de cuatro núcleos temáticos. En el primero, “Lolita: fundación de un mito”, se tratan algunas peculiaridades en torno al personaje creado en 1955 por Vladimir Nabokov.

En el segundo se indagan los antecedentes del arquetipo, con especial atención en Alice Liddell (no tanto la niña en quien se basó el personaje de Alicia en el País de las Maravillas, sino a quien Lewis Carroll fotografió con fascinación) y en Caperucita roja.

La tercera sección explora un territorio todavía virgen en la arqueología de las Lolitas: la interioridad de la nínfula.

La cuarta sección analiza algunas de las más destacadas creaciones de nínfulas en artes como la pintura, la fotografía y el cine, en busca del fulgor de la pequeña diosa más allá del estereotipo.

Un libro polémico. Foto: Especial

Fragmento del libro Territorio Lolita, de Ana Clavel, publicado con autorización de Alfaguara

Lolita: del arquetipo al estereotipo

Señala Mauricio Molina en “Las nínfulas extra- ñas”, un estupendo ensayo sobre el tema:

Lewis Carroll, Vladimir Nabokov y Balthus dieron forma a uno de los arquetipos femeninos más inquietantes de la cartografía imaginaria de la literatura y el arte modernos. Carroll, al destruir los desnudos en sepia de aquellas niñas dio origen al Mito; Vladimir Nabokov le dio nombre y lenguaje en su ya clásica novela, y Balthus, finalmente, lo puso en escena.

A decir de R. H. Moreno Durán, hay dos clases de muchachas que caen en los “límites temporales” de Nabokov para definir a una nínfula: “a) la bobby-soxer, es decir, la niña hasta los trece años; y b) la teen-ager, que va de los trece a los diecinueve años. Lolita (y la mayor parte de las nínfulas nabokovianas) es una bobby-soxer, apelativo que viene de bobby-sox, o sea media tobillera”.

Guardo, sin embargo, algunas diferencias. Yo nunca pensaría en Lolita como sólo una niña. Para mí es un ser que coletea entre dos aguas: la niñez y la adolescencia núbil. Un ente anfibio, ambiguo, que se resiste a las definiciones, escurridizo por naturaleza. En cambio, sin lugar a dudas, la Alicia de Carroll sí es una niña. Por ningún motivo diría que es una Lolita, sino su hermana menor. Máxime que Lolita, además de su edad fronteriza, es una suerte de enfant fatale según queda sugerido con su actuación seductora y deliberada frente al deseo de Humbert Humbert a lo largo de la novela, que, no hay que olvidar, está narrada desde el punto de vista del deseo masculino. Por otro lado, la fascinación de Carroll por la pequeña Alicia, a quien trata de complacer con la historia del País de las Maravillas y retrata como modelo sui géneris, nos habla más del reverendo Dodgson, alias Lewis Carroll, con su fascinación por la inocencia edénica, que de la niña Alice Liddell. Mucho se ha hablado de Carroll como pederasta pero, hasta donde sabemos, él sólo contempló, se fascinó y fotografió a muchas niñas, incluida la protagonista de su libro. Y habría que tener cuidado con semejante declaración: fantasías y deseos no convierten a alguien en un abusador. Habría que recordar cuántos de nosotros no hemos deseado alguna vez la muerte de alguien, pero eso no nos convierte en asesinos… Por su parte, el deseo del personaje Humbert Humbert, que es un ninfolepto declarado, nos sugiere los caprichos y apetencias de la propia Lolita, así sea desde la visión de un ego libidinal y erotizado, que es el punto de vista narrativo del propio Humbert. En un caso, estaríamos ante la contemplación unidireccional de un objeto del deseo (Alicia) más abiertamente del lado de lo  que provoca en el sujeto deseante (Carroll); en el otro caso, nos encontramos en la interacción en doble dirección de un objeto de deseo (Lolita) que se vuelve sujeto y, a su modo —inexperto, puro, cruel, siempre tamizado por la mirada anhelante que la describe—, convierte al anterior sujeto deseante (Humbert) en su juguete.

En un interesante ensayo “De Lolitas y otros males”, Meritxell Torrent Lozano busca rastrear esos antecedentes en estudios ya canónicos sobre arquetipos femeninos, sin encontrar muchos resultados:

Los arquetipos de la femme fatale han sido estudiados exhaustivamente desde el siglo pasado hasta nuestros días, de forma que las mujeres-fiera (esfinges, sirenas, arpías…), las mujeres diabólicas (vampiras, brujas, súcubos…) y las modernas mujeres mecánicas nos son a todos conocidas. Y sin embargo, al profundizar en las ya célebres tipologías de Bram Dijkstra (Idols of Perversity), Mario Praz (La carne, la muerte y el diablo), Erika Bornay (Las hijas de Lilith) y Pilar Pedraza (Las últimas ogresas: histéricas, vampiras y muñecas) se echa de menos la nínfula, ese “pequo demonio mortífero”, como diría Humbert Humbert.

La ensayista ve en el personaje de Salomé, ampliamente tratado por la literatura (Wilde, Flaubert, Laforgue) y el arte (Toudouze, Beardsley), un antecedente bíblico de Lolita, aduciendo que en realidad se trataba de una niña, como al parecer es considerada por Patrick Bade en su estudio Femme Fatale. Images of Evil and Fascinating Women (1979) y por otros autores. Sin embargo, habría que precisar que la creación de Lolita como un mito, si bien tiene antecedentes en la literatura de otras épocas, obedece a un contexto particular, con circunstancias que hasta entonces impedían entronizar a la “niña-hembra” como un nuevo arquetipo. Dentro de esas condiciones se encontraba específicamente una mirada suficientemente atenta como para establecer el concepto y los límites temporales de la niñez y la pubertad frente a la adolescencia y la adultez, en épocas en que ni siquiera era clara su presencia en términos sociológicos. ¿Era en realidad Salomé una niña, una púber o más bien una adolescente cercana a convertirse en una joven adulta de veinte años? Y es que el criterio de la edad es importante para definir a la nínfula, ese ser en tránsito que en la descripción de Nabokov-Humbert oscila entre los nueve y los catorce años, antes de que la magia letal se disipe y se convierta “en una ‘jovencita’ y después en una ‘muchacha’, ese colmo de horrores”.

No es que no se tenga noticia de la pasión amorosa de ciertos hombres por algunas pequeñas, pero al menos en los casos de Dante y Petrarca sólo se conserva registro de un amor platónico e idealizado, muy acorde con el dolce stil nuovo. De hecho, en el caso de Dante, que “se enamoró de Beatriz cuando ella tenía nueve años”, según refiere Humbert en la novela de Nabokov a manera de justificación, no se aclara que el poeta florentino, como lo refiere él mismo en el comienzo de la Vita Nuova, tenía también nueve años, época en que todavía no soñaba ni con convertirse en poeta:

Nueve veces ya, desde mi nacimiento, el cielo de la luz había vuelto a un mismo punto, en lo que concierne a su propio movimiento giratorio, cuando ante mi vista apareció por vez primera la gloriosa dueña de mi intelecto, que fue llamada Beatriz por muchos que no sabían cómo se llamaba. Ella había estado en esta vida tanto tiempo como emplea el estrellado cielo en moverse hacia oriente una de las doce partes de un grado, y así, casi al principio de su noveno año apareció ante mí, y yo la vi casi al final de mi noveno.

Conocido es el caso del poeta Edgar Allan Poe, quien, al parecer, casó con su prima Virginia Clemm cuando ella tenía trece años de edad —aunque el acta matrimonial decía que tenía veintiuno—. Fue una relación idealizada, aquejada por los fantasmas de la libido atormentada del escritor, quien dedicaría el poema Annabel Lee a la memoria de su prima-esposa, fallecida a los veinticuatro
años de edad.

No tan célebre como el caso Virginia Clemm y Edgar Allan Poe es el de Helena de Esparta, codiciada y raptada de niña por Teseo, según nos refiere Calasso en Las bodas de Cadmo y Harmonía:

Un día Pirítoo se sintió solo, hacía poco que había muerto su esposa Hipodamía. Pensó en visitar a su amigo Teseo, en Atenas. Y el viudo encontró a otro viudo: Fedra se había ahorcado. Como tantas otras veces, hablaron largo y tendido, y no tardaron en proyectar nuevas hazañas. Hay una niña en Esparta, decía Pirítoo, tiene diez años y es más hermosa que cualquier otra mujer. Se llama Helena. ¿Por qué no raptarla? Cuando se hubieron apoderado de Helena, se la jugaron a los dados. Venció Teseo.

Se trata de la famosa Helena, hija de Zeus y Leda, hermana de los dioscuros Cástor y Pólux, según la mitología, mucho antes de casarse con Menelao y provocar la guerra de Troya, tras su huida con Paris. Criada en Esparta, solía participar en juegos corporales muy a la usanza de las costumbres de su entorno, cuando fue vista por Teseo y despertó su pasión:

Al igual que las jóvenes espartanas, jugaba fuera de casa con los varones, “en carreras y ejercicios de palestra, con los muslos desnudos y los cabellos sueltos”. Un día, un extranjero de Atenas, acompañado de un amigo, se paró a mirarla. “Así que con razón se inflamó Teseo, que lo conocía todo, y pareciste una digna rapiña [digna rapiña] a un hombre tan grande, mientras jugabas reluciente de aceite en la palestra, según los usos de tu gente, hembra desnuda mezclada con varones desnudos.”  Helena encontró entonces a su primer hombre: tenía doce años y Teseo cincuenta. Teseo la sodomizó y la encerró en la roca de Afidna. Allí estaba la madre de Teseo, Etra, y a ella fue confiada Helena, porque Teseo estaba impaciente por otras hazañas con Pirítoo. Esta vez descenderían al Hades. Furiosos, los dos gemelos Cástor y Pólux siguieron la pista de la hermana. Llegaron a Afidna cuando Teseo ya se había ido. Asediaron la roca y reconquistaron a Helena.

También tenemos noticia del amor idealizado del maduro príncipe Genji por la pequeña Murasaki de nueve años de edad en la primera novela japonesa, Genji monogatari, del siglo XI. No obstante, como señala Mauricio Molina, fue Nabokov el primero en dar una dimensión mitológica a un deseo no por callado menos poderoso y presente: la fascinación por las niñas —y por extensión, niños— púberes.

Pero si se quiere hablar del “paraíso infernal” al que se enfrenta un ninfulómano consumado habría que esperar esa bomba de tiempo que fue la etapa victoriana para que de las cenizas de la represión surgiera la pequeña diosa, inconsciente de su “fantástico poder”, primero en esas manifestaciones precursoras de la Salomé vista precisamente por creadores decimonónicos (Wilde, Flaubert, Laforgue, Toudouze, Beardsley), o esas otras hermanas menores de Lolita: las “josefinas” austríacas del XIX y la propia Alice Liddell, retratada por el reverendo Dodgson, otro caballero victoriano. Antes de la bomba de tiempo que en terrenos de dispositivo de represión moral y sexual significó la etapa victoriana, la vida en las aldeas y villorrios era más permisiva y hasta celebratoria. Basta ver un par de cuadros como La boda campesina (c. 1566-1569) o Los proverbios flamencos (1559) del pintor Brueghel el Viejo para corroborarlo. Echemos un vistazo a la historia de la sexualidad según San Foucault, quien documentó una tolerancia respecto a las prácticas “ilícitas” a comienzos del siglo XVII:

Los códigos de lo grosero, de lo obsceno y de lo indecente, si se los compara con los del siglo XIX, eran muy laxos. Gestos directos, discursos sin vergüenza, trasgresiones visibles, anatomías exhibidas y fácilmente entremezcladas, niños desvergonzados vagabundeando sin molestia ni escándalo entre las risas de los adultos: los cuerpos se pavoneaban.

A ese deleite de puertas abiertas había seguido la monotonía y la oscuridad generada por la doble
moral de puertas cerradas correspondiente a la burguesía victoriana. Se impone un riguroso y represor silencio en torno al sexo. Y al reprimirlo y silenciarlo, se niega su existencia. Y si en caso extremo hay que hacerle lugar a las sexualidades ilegítimas, será en espacios proscritos por la ley o condenados a una oculta intimidad:

El burdel y el manicomio serán esos lugares de tolerancia: la prostituta, el cliente y el rufián, el psiquiatra y su histérico —esos “otros victorianos”, diría Stephen Marcus— parecen haber hecho pasar subrepticiamente el placer que no se menciona al orden de las cosas que se contabilizan; las palabras y los gestos, autorizados entonces en sordina, se intercambian al precio fuerte. Únicamente allí el sexo salvaje tendría derecho a formas de lo real, pero fuertemente insularizadas, y a tipos de discursos clandestinos, circunscritos, cifrados. En todos los demás lugares el puritanismo moderno habría impuesto su triple decreto de prohibición, inexistencia y mutismo.

Recordemos entonces: en el caso de Alice Liddell, la pequeña que inspirara el célebre personaje y que fuera fotografiada por Carroll en un grado de fascinación que la convierte en un antecedente de Lolita, con el parentesco absoluto de una hermana menor, nos hallamos en plena época victoriana, una era de susurros y secretos. Qué tanto esa etapa de doble moral sigue presente en nuestros días neopuritanos, políticamente correctos, de poluciones y pasiones asépticas, es evidente en una sociedad que tolera el abuso hipercapitalista, incluido el sexual en todos los ámbitos, y que al mismo tiempo cuestiona y censura una exposición fotográfica como la retrospectiva Controversias. Una historia ética y jurídica de la fotografía (2008) en el Museo Fotográfico del Elíseo de Lausana, Suiza, que incluía los polémicos desnudos de una pequeña Brooke Shields, captada por la lente de Garry Gross.

Pero también habría que tener presente que la llamada “era victoriana” horadó más profundamente las psiques por cuanto la represión ejercida en materia sexual, como vimos en la sección previa, provocó cuadros de ansiedad y culpa. En una primera modalidad, se situó la idealización de la infancia por caminos del deseo edénico y sublimado.

En una segunda opción, apareció la tendencia creciente de descargar en el objeto de deseo buena
parte de la responsabilidad de la pasión desatada. En este sentido, el concepto de “disposición perversa polimorfa” de la niñez, dado a conocer por Sigmund Freud en sus Tres ensayos de teoría sexual, vino muy pronto a abonar el terreno de una infancia precoz con tintes de “malignidad” tan común en la mirada convencional y estereotipada en el tema de las Lolitas. Pero si uno recuerda que Freud habla de “que bajo la influencia de la seducción el niño pueda convertirse en un perverso polimorfo, siendo descaminado a practicar todas las trasgresiones posibles”, esto se debe a que tales trasgresiones no encuentran demasiada resistencia, ya que el niño, precisamente por su edad, no ha incorporado todavía “los diques anímicos contra los excesos sexuales: la vergüenza, el asco y la moral”. De hecho, para el padre del psicoanálisis esa capacidad es “algo común a todos los seres humanos, algo que tiene sus orígenes en la uniforme disposición a todas las perversiones”. ¿Y qué es una perversión, en su sentido etimológico y literal, sino un desviarse de un cauce considerado como principal?

Más allá de la ansiedad y la culpa del deseo reprimido y luego desatado, más allá también de los
intereses comerciales y los poderes fácticos actuales que explotan el icono de una Lolita convertida en estereotipo de niña-fatal, qué difícil situar a la nínfula en ese campo minado, donde ni la inocencia absoluta ni la malignidad perversa sean los únicos caminos para explorar su interioridad más compleja, constelada de obsesiones, miedos, fantasías, cimas, abismos particulares, pero sobre todo su propio y legítimo deseo.

Atisbos a la interioridad de la nínfula

Si bien al publicar Lolita Vladimir Nabokov funda un mito, no es la primera vez que estos seres de “gracia letal”, como los definiría el escritor ruso en esa obra canónica, hacían su aparición en la tradición literaria. Aquí dos casos que vale la pena…

En 2013 ganó el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska. Foto: Especial

Ana Clavel (Ciudad de México, 1961). Es autora de los libros de cuentos: Fuera de escena, Amorosos de atar, Paraísos trémulos y el volumen de cuentos reunidos Amor y otros suicidios. Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 1991. Medalla de Plata 2004 de la Société Académique Arts-Sciences-Lettres de Francia. Los deseos y su sombra, novela traducida al inglés con el título Desire and Its Shadow (Aliform Publishing). Su novela Cuerpo náufrago (traducida al inglés con el título Shipwrecked Body bajo el sello Aliform Publishing en 2008). Las Violetas son flores del deseo(traducida al francés por Éditions Métailié en 2009 y al árabe por Dar-Al-Farabi en 2011) obtuvo el Premio de Novela Corta Juan Rulfo 2005 de Radio Francia Internacional. Su novela El dibujante de sombras ha sido traducida al francés con el título Le dessinateur d’ombres por Éditions Anne Carrière. En 2013 ganó el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska.