Si cantas, oh patria terrible, en el centro de los terremotos porque así necesitas de mí, resurrecta, porque canta tu boca en mi boca y sólo el amor resucita.

—Pablo Neruda

 

Sé que la vida se impondrá en Oaxaca y en Chiapas. Como siempre. No es un deseo, es una certeza. Foto: Tomada de Twitter

Había olas de cemento amontonadas en la zona centro, en la cresta de una de esas olas jugaban dos niños flacuchos, diminutos, vivos como cachorros incansables.

Yo no soltaba la mano de mi madre, era septiembre de 1985. Íbamos a visitar a una tía que no lograba reponerse del pánico al temblor. Para mí fue una experiencia fundacional porque los días posteriores a aquel sismo me darían la comprensión íntegra de lo que es una tragedia. La gente se veía pálida, con los ojos y el pelo más negros en contraste con la piel de las caras que parecían haberse quedado sin sangre.

Recuerdo que me pregunté dónde estaría la mamá de esos niños más pequeños que yo —tenía siete años— que jugaban sobre el derrumbe. Recuerdo el olor a polvo, a desastre industrial, ¿a muerte? ¿así olían los muertos?

Recuerdo, especialmente, la templanza de mi madre. Su calma, su mirada que le devolvía el orden a mi universo.

La cercanía con la muerte es alucinógena, nos hace imaginar cosas, atar señales, decodificar signos, afirmar premoniciones, declarar amores contenidos, abrazar desconocidos y creer en los dioses. Formas implacables en las que se manifiesta la vida.

Así que yo desde entonces pongo especial atención en el mes de septiembre porque me significa renacimientos, o a esa niña de siete años le da por creer que así es y a la adolescente de diecinueve que fui, le ocurrió un accidente brutal justamente un 19 de septiembre de 1998.

En el terremoto de hace treinta y dos años, México era lo que somos: esta vitalidad hilarante sobre el destrozo, estas carencias, este empuje, esos corruptos incompetentes. No había memes, pero también se contaban chistes en las reuniones familiares y nos poníamos irónicos en la cara de la muerte, que para eso somos mexicanos. Recuerdo que escuché incontables bromas en torno a la coincidencia de los temblores telúricos con los temblores carnales y el orgullo posterior de quienes habían concebido en medio del sacudidón sexual y terrenal.

También se hablaba de la danza macabra de los postes de luz y el cableado, también mirábamos al cielo como por inercia, temiendo que la danza empezara de nuevo.

Teníamos, como ahora, a un tibio por presidente que no dijo media palabra en días y la protección civil era más civil que protección.

Anoche, mientras miraba los árboles y el cableado en ese vals a contratiempo, viví el vértigo como aquella niña de siete, algo tiene de fascinante sentir que pierdes el piso, que se mueve el afuera y no tú. Me dormí pensando en eso y, con el alma todavía en estado oscilatorio, pensando también que el amor es un sismo con hipocentro en el hipotálamo y epicentro en la piel… qué estupideces se te ocurren, acusó mi 8% de prudencia, pero es que el otro 92% sabe que la cercanía con la muerte agudiza las pulsiones vitales.

Hoy todo el día he reflexionado sobre esa díada inseparable. Esa vitalidad que se alimenta de lo que se muere.

De cuantas admirables brigadas ciudadanas se organizaron en aquel septiembre del año 1985: voluntarios, rescatistas profesionales, madres coraje; les debemos, sobre todo, a los muertos de aquel sismo, que hoy en la Ciudad de México estemos vivos.

Y toca honrar al ejército muerto.

Ahora mismo me pregunto por qué escribo esto. Ha de ser porque me da por los símbolos, por los paralelismos. Porque ya tengo edad suficiente para contar dos temblores históricos.

Sé que la vida se impondrá en Oaxaca y en Chiapas. Como siempre. No es un deseo, es una certeza.

Igual que el hombre que colocó la bandera de México sobre el Palacio Municipal de Juchitán desplomado, aquellos dos niños ondeaban su alegría como estandarte sobre la montaña de escombros haciendo una promesa de vida.

Y aquí estamos.

 

@AlmaDeliaMC