El Alcalde de León no puede gobernar una ciudad compleja si primeramente no se decide a gobernar su propia administración. Foto: ZonaFranca

Alumno modelos de instituciones educativas de prestigio, alto directivo de consorcios empresariales e intachable colaborador de un Alcalde y  tres gobernadores, el actual presidente municipal llegó al cargo con todas las credenciales, el respaldo y la expectativa de reencauzar el gobierno de la mayor concentración urbana del estado, la de mayor potencial económico y la más compleja.

A la vuelta de los meses, que ya son años, Héctor Germán René López Santillana ha incumplido las expectativas y borrado los antecedentes. El Alcalde de León no sólo no ha logrado mover la administración de la inercia burocrática y de la ineficacia por sistema, sino que parece haberse sumado alegremente a esa dinámica.

Preocupado por la popularidad, ante el espejismo de la reelección, un servidor público acostumbrado a los escritorios, el traje de vestir permanente y las agendas precisas que dan seguimiento a todos los acuerdos, López Santillana empezó a incurrir en el populismo, en las giras sin ton ni son, en la mezclilla y los sombreros, no como un político consciente y maduro, sino como un aprendiz que quiere aprender rápido los usos y costumbres.

Eso, sin embargo, es secundario frente a la ausencia de gobierno en la administración, donde las diferentes dependencias parecen manejarse solas y tienen diferentes polos de adscripción, diferentes a su jefe formal: el de Seguridad acuerda con Álvar Cabeza de Vaca, secretario de Seguridad estatal; el de Desarrollo Social con Diego Sinhue Rodríguez, hasta hace una semana, responsable de Desarrollo Social del estado; el tesorero toca base con el síndico Luis Ernesto Ayala; el secretario del ayuntamiento habla con Alfredo Ling Altamirano, líder panista municipal, y cuida los ángulos partidistas de la administración.

En tanto que el equipo compacto de López Santillana, bautizado desde la campaña como “las princesas”, le son extremadamente fieles a su líder histórico, pero son tremendamente ineficientes. Allí se forman Ricardo de la Parra, de Medio Ambiente; Ramón Alfaro, de Economía; el ya retirado Ignacio Camacho, de Comunicación Social; y el Particular, Gonzalo León.

Con esas grietas de por medio, la transversalidad es una ilusión en el gobierno leonés, pero la simple coordinación es un drama. Otras crisis asuelan a los recién llegados o promovidos, como la directora de Desarrollo Urbano y el titular de Obra Pública, que entre sus temores, su falta de confianza y el tamaño del reto, serán el foco de nuevos problemas en el futuro inmediato.

Pero quizá lo más lamentable es la falta de compromiso del Alcalde con dos áreas que resultan sustanciales en toda administración moderna que se quiera eficiente y de resultados, además de democrática y comprometida con los gobernados: Transparencia y Rendición de Cuentas. Ni el encargado de los mecanismos de acceso a la información ni el contralor han mostrado estar a la altura de los tiempos, peor además lo hacen a ciencia y paciencia de su jefe.

López Santillana no quiere saber qué pasa en su administración, ni qué funcionario se sobrepasa, ni quién usa el cargo para generar ventajas indebidas, menos quién promueve familiares. Él quiere ir a sus giras con tranquilidad y evitar las preguntas incómodas, como le ocurrió a la periodista Socorro Bernal, censurada por  el Alcalde primero y luego despedida de su trabajo por protestar esa censura, es decir, doblemente victimizada por un gobernante que después de eso no puede hablar ya jamás de transparencia.

El Alcalde de León no puede gobernar una ciudad compleja si primeramente no se decide a gobernar su propia administración. No puede meter en cintura a los especuladores urbanos, a los comercios que actúan sin regulación, a los franeleros que se apropian de las calles, a los antros que incumplen los reglamentos y mucho menos a la delincuencia desatada, si no puede coordinar con eficacia a los colaboradores que él mismo escogió libremente (¿los escogió?).

En esas condiciones pensar que un programa de obra por lo demás caótico y apresurado lo va a sacar del socavón en el que voluntariamente se metió, es una ingenuidad.

Peor aún, pensar en que tiene posibilidades para ser reelecto, ya raya francamente en el delirio. Lo que Héctor Germán René López Santillana debería estar haciendo con urgencia, es empezar a hacer lo que sabe: revisar la actuación de su equipo, evaluarlos con crudeza, tomar decisiones y apretar el paso en los meses que quedan de forma organizada, inteligente y sin esperar recompensas, que ya sería suficiente con servir bien a quienes confiaron en él.

Si el Alcalde cree que aún tiene tiempo para perder, debe saber que sus conciudadanos no comparten eso; y, más aún, ya se les está acabando la paciencia.