Es uno de los mejores autores de canciones. Cantautor, como se dice. Es uno de los mejores intérpretes de rock. Rockero, blusero, con una voz aguardentosa que cada vez se hace más cavernosa, honda, vertiginosamente fatal. Nació en Matamoros, la ciudad más fea del mundo. Es independiente. Como tal lo que se dice: no hace contratos con las disqueras y anda solo por el mundo, desconfiado, como un lobo que siempre adelanta lo que está por detrás. Sí, es nuestro.

Ciudad de México, 10 de septiembre (SinEmbargo).- Hace poco decíamos que Jaime López era un genio y nadie nos contradijo. Como autor de más de 1000 canciones tiene la poesía anclada a su costado. Como intérprete, suele estar más de cinco horas sobre el escenario y a ver si aguantas como público esa voz aguardentosa y sutil, como un invierno que viniera de repente, así, con nieve, con estertor.

Fuimos a entrevistarlo a El Convite, ese lugar donde ahora hay buenos desayunos pero un lío con los vecinos quitó al auditorio para seguir con la música de jazz. Claro, en los rincones del restaurante un piano, un contrabajo, pueden hacer perder el dos por cuatro y ponerte a bailar, tan certeramente.

Pasó su cumpleaños en el estadio de River Plate, hace poco que estuvo en Buenos Aires, uno de los sueños de su vida. “La primera vez que fui a España fue tardíamente. Un editor había editado una rola en 1980, “El harén de don Juan”, pero no fui hasta mucho más tarde”, dice Jaime.

“Muchos libros, a la altura de la Prepa, los leía en Ediciones de la Flor. Comencé a hacer esa mitología que realmente existe, pero la propia. Esa primera antología que leí de Dylan Thomas, era una traducción argentina. Felisberto Hernández, ¿qué hay que decir de Borges?, aunque de reaccionario no lo bajen, para mí era una gran persona. Yo era muy rocker de garaje, pero me tocaron las peñas de los 70 y tuve muy buena relación con los uruguayos y los argentinos”, cuenta.

“Montevideo es el suburbio más grande de Argentina”, cuenta, aunque no lo dijo cuando estuvo en Uruguay, ese lugar donde nació “el mejor escritor del mundo, Felisberto Hernández, que además era pianista”.

­–¿Tocaste con alguien allá?

–No era el fin, fui con Federico Robledo, un ex fotógrafo, tocaba la batería y cuando Hotel Garaje se iba deshaciendo al rato estaba él tocando. Él tenía que regresar, al cabo de seis años, la patria te llama y yo le había hablado de mi Buenos Aires, que es como mi Comala. Fue más allá de mi idealización, lo que me gusta de los argentinos es que se crecen con las crisis. No le voy a dar de patadas al pesebre, pero aquí los mexicanos decrecen con la crisis. Es un pretexto de más para echarse a la hamaca. En el futbol, el argentino con más crítica hace penaltis. No fui a Disneylandia, pero me tocó ver ese ambiente para gente adulta.

­–¿Cómo para gente adulta?

–La única vez que estuve en una disquera fue en Ariola y cuando me preguntaron dónde quería grabar, si en Los Ángeles o en Nueva York, les dije que quería ir donde iba la gente adulta. ¡A Nueva York! A la mera hora voy a dar al corazón de Villa Urquiza, donde está la estatua de Luis Alberto Spinetta, siempre le roban los lentes, pasaba, hacía mi reverencia, iba a visitar a Mario Robledo, el papá de Federico, estaba alojada en lo que yo llamaba la mafia armenia, porque la mamá de Federico, Susana Merzifounián, es armenia. Ella fue la que me ofreció un departamento de su gran casa, una gran casa en todo el sentido. Ahí pasé un mes, en enero de 2016, cumplí años por primera vez en verano y por haber subido una fotografía típica, la mía al lado del obelisco, una periodista de allá me invitó a su peña, en Belgrano y armamos un trío, volví a mi papel de bajista, supo Alejandro Lerner, muy generoso conmigo, hice programas de radio, toqué en Vándalos…pasé unas semanas agradables. Sigo muy agradecido por Buenos Aires y por toda la familia de Felipe Robledo. Yo soy de Chivas y fíjate cómo son las cosas, que alguien de River (Matías Almeyda) iba a venir a dirigir mi equipo. Pasé mi cumpleaños en el Estadio de River. Fue maravilloso. En la calle México estaba la Biblioteca Nacional, donde trabajaba Jorge Luis Borges. Fue una gran emoción, llegué al comal de Borges, personas muy amables que me abrieron su despacho, para los incrédulos hay un consuelo, estar en estas sectas alternativas, como la Biblioteca de Borges.

Produce un disco junto a Alonso Arreola. Foto: Sandra Sánchez Galdoz, SinEmbargo

–¿Cuántas canciones tienes?

–A pesar de mí, compongo. Nunca he tenido esa preocupación, ni tampoco la compulsión de estar escribiendo. Alrededor de los 13 años me salió una canción, luego vinieron otras y es un placer hacerlo. La lucha por el placer que sigue siendo más importante que por el poder. Molestia aparte, siempre hay una canción por ahí, llevaba antes una especie de lista, cuando eres un adolescente mamón, valgan la rebuznancia; cuando creces, en cambio, te vuelves más darwiniano y empiezas a seleccionar la especie. Me preocupaban más quiénes se quedaban en el escenario, que son la prueba de rigor. Para mí es una ley teatral, a la hora de componer. Hago una especie como de guión teatral, pero el mismo ambiente te impulsa a delirar. En 1997 publiqué un libro que se llamó Líricas, por Cal y Arena y siempre sigo las enseñanzas de Federico Patán, uno de mis maestros, que decía aquello de “tiene que publicar”. Publicar es un acto político, más que el proselitismo de causas nobles o innobles, ese es mi activismo. Componer canciones. Creo en las relaciones individuo, individuo, no creo en las relaciones colectivas. No me interesa mucho hacer disco, pero sí me preocupa estar vivo en un escenario y lo que publique debe estar vivo con imaginación. He intentado una novela. Intentarlo y fracasar, me ubica. No soy novelista, pero lo intenté y me ubica más en mi quehacer de songwriter. Todo me aporta al sentido de la canción. Ahora tengo muchos logros y casi todos son en vivo.

–Tener toda la obra grabada no es así.

–No, es cierto. Mi obra ya me empieza a rebasar como intérprete. Lo más difícil es hacer convivir al insociable, que es el autor, con el sociable, que es el cantor. He ido haciendo más o menos todo. No me gusta eso sí hacer televisión, lo hice esporádicamente y por compromiso con productores independientes que apostaron por mí. Me he ganado ser artista y quiero estar haciendo canciones, ponerlas el fuego. El efecto nostalgia, que es un animal estéril. Del pasado sí me alimento, pero nunca de la nostalgia. Cualquier músico o cualquier actor se cuece en el escenario. Como Shakespeare, diría, si no fuera tremenda la comparación. Ya hay canciones para las que no tengo la voz de Farinelli que tenía a los 30 años, como 1940. Después de los 30 me bajaron los huevos y tuve que quedarme con esta voz. Me sigue emocionando vivir. Parezco del club de los optimistas. Me interesa más si voy a hacer un libro el que viene. Si otro fue frustrado, no me importa.

Mi obra ya me empieza a rebasar como intérprete, dice Jaime López. Foto: Sandra Sánchez Galdoz, SinEmbargo

­–¿Qué estás haciendo ahora?

–Ahora estoy produciendo un disco con Alonso Arreola. Había ya trabajado con él, pero nunca lo había invitado a desarrollar mis canciones. Lo respeto mucho y una noche le dije: –Sé mi productor. Dijo, dale y al poco tiempo empezamos a trabajar. Empezamos a dar un tambache de rolas, con una idea escénica, menos es más, tú y yo, como en un western, a ver de qué estamos hechos. Estamos ensamblando lo más acústico con lo más eléctrico, guitarra y bajo. La idea es sacarlo a principios de año. Ahora estamos en una etapa de laboratorio. Pronto vendrá la etapa de ensayo.

–El otro día fui al 61 y estaba lleno. Hay una gran lealtad por parte de los oyentes. ¿Tú lo sientes?

–Sí, de alguna manera he tratado de provocarlo, de que sea variopinto o heterogéneo. Porque una de las cosas que pasan en esta profesión es la homogeneidad, incluso a veces con discursos indeseables. Por ejemplo cierto tipo de feministas, cierto tipo de homosexuales, cierto tipo de lesbianas, en cuanto logran la igualdad, quieren la superioridad. Siempre pregunto: ¿Querían la igualdad o querían la superioridad? Pasa un poco como los negros en los Estados Unidos. Cuando lograron la igualdad de derechos, querían pasar a ser capitalistas. Ese es uno de los grandes problemas, pero particularmente en México creo que generar un ambiente diverso, ser iguales en la diversidad, es muy difícil. Cuando empecé a cantar en México, viniendo de Matamoros y era un ambiente totalmente reaccionario. Detrás de todo gran rockero, hay un gran fascista. No creo que el poder corrompa, sino que creo que hay gente corrupta que cuando llega al poder se valida. Es un acto político generar lugares de trabajo. Si quieres circo tienes que poner la carpa, obviamente no he sido yo solo, pero el público es el que generas en los ambientes. Sí percibo ciertas cosas, muy localistas, lugareñas, a lo que me refiero es que precisamente no es que sea una misión histórica, pero había que romper el cerco. Si yo era rocanrolero no tenía que tocarle solamente a los rocanroleros. Charly García y Mercedes Sosa se dieron la mano, aquí no.

–¿Por qué no dejar que la música te venere?

–Más bien yo no estoy negado al reconocimiento, a pesar de que sé que cuando empieza el reconocimiento viene pegado el aniquilamiento. Pero no he estado negado. A mí me vapulearon cuando salí en Televisa, en 1980, me hicieron un juicio sumario, sobre todo cierto sector de la prensa vinculada con la izquierda. Me acostumbré a ir a lo diferente, porque ahí podía haber cierto tipo de debate, pero con la gente cerrada de la izquierda, era peor que la derecha. Yo nunca tuve un reconocimiento porque nunca canté mis “marchigoles”. En México el problema es que no hay izquierda, no porque yo sea de izquierda, sino porque lo que avanza es el narco, con una izquierda tan voluble y una derecha inhallable. Supuestamente los que me deberían reconocer, la izquierda, son los que más me han pasado a cuchillo. Los que me han reconocido no es ni la derecha ni el centro, sino lo que no es la izquierda. Quien me ha reconocido ha sido Raúl Velazco, en determinado momento. Nunca me han dado un lugar en el Vive Latino y no lo quiero y no lo estoy reclamando, pero ya que me lo preguntas. Me han dado los foros más pequeños y más segregacionistas. El lugar más grande que me han llegado a dar fue cuando en un acto muy generoso de Joselo, de Café Tacuba, se volvieron mi grupo de acompañamiento durante dos años. Ellos no podían usar el nombre Café Tacuba (esta banda hizo de Jaime la “Chilanga banda”), era un acto único para un festival en Guadalajara y de ahí tuvimos muchas tocadas, hasta que terminamos en el Vive Latino, pero creo que fue más por la influencia de Joselo, que por mis canciones. A mí no me van a chantajear, no tengo por qué pagarles para que me reconozcan, además no me importa ser parte del ambiente de rock. Me importa ser parte de un ambiente humano. Cuando me dicen: eres el mejor compositor de rock, yo digo, no, sólo soy de música y de música popular mexicana. Eso es música popular mexicana, lo que hacemos aquí y lo que oímos aquí: desde Piporro a Caetano Veloso, desde Cri Cri a Bob Dylan. No quiero ser compositor de música segregacionista. Un halago a tiempo te cae muy bien, a destiempo, te cae muy mal. No necesito eso. Tengo 63 años, lo que quiero es seguir imaginando y que esa imaginación provoque dinero, genere una transformación en un entorno, para eso viene a una realidad, a cambiarla.