Nada más frágil que saber que el suelo que pisas o ruedas puede desaparecer en cualquier momento. Foto: Artemio Guerra Baz, Cuartoscuro

No sé si ustedes coincidan, pero a mí me parece que de un tiempo para acá la sensación de vulnerabilidad e indefensión que experimentan los ciudadanos se ha acentuado hasta convertirse en una segunda naturaleza. Y no me refiero sólo a la enorme incertidumbre que provoca la inseguridad que nos atosiga. Que no es poca cosa. Una inseguridad tal que terminó por diluir la noción de zonas de peligro y zonas de confianza en que habíamos divido al mapa y al reloj; antes se asumía que acudir a ciertos lugares y en determinadas horas nos sometía a un riesgo. Ahora no hay sitio ni hora del día en que nos sintamos cabalmente a salvo. Se suponía que te robaban en caminos solitarios, ahora te asaltan en las autopistas (y no me refiero a la caseta de peaje, aunque también). Te arriesgabas si ibas a la Lagunilla, Tepito o equivalente; ahora te despojan al salir de Antara o Perisur. Peligrabas en una cantina pero no en un restaurante familiar de cierto postín. Te inquietaba caminar por un barrio poco conocido pero te sentías a salvo alrededor de tu manzana; hoy, al encontrarse, los vecinos ya no hablan entre sí de la fiesta escandalosa que no los deja dormir sino de los asaltos acumulados en los últimos días.

Pero como decía al principio, la vulnerabilidad que experimentamos no sólo deriva de la inseguridad. En las principales ciudades del país comienza a experimentarse la sensación de que la calidad de vida de los ciudadanos, por escasa que sea, se encuentra en fragilidad perenne. Nuestras metrópolis parecen siempre estar en equilibrios tan frágiles y precarios que cualquier incidente deviene en tragedia.

Las tormentas de los últimos días convierten a grandes segmentos de nuestras ciudades en repentinos Xochimilcos, con carros convertidos en lastimosas trajineras. No importa que la temporada de lluvias tenga fecha precisa en el calendario, resulta aun más predecible la negligencia de las autoridades y la acumulación de infamias y abusos de constructores y proveedores en el desarrollo de una obra pública chata e insuficiente.

Nuestras vialidades están tan saturadas que la más tenue lluvia provoca atascos inexplicables y nos condena a vivir el resto de la tarde a ritmo ralentizado. Los trayectos se convierten en cruzadas inciertas en las que reina el azar, resultado de incidentes imposibles de anticipar: obras en construcción, operativos de seguridad, marchas de protesta, un plantón inesperado. Sabemos cuando salimos, no cuando vamos a llegar.

Pero ningún incidente provoca una sensación tal de precariedad como el hecho de que el pavimento se hunda y aparezca de la nada un hoyo inmenso en medio de la calle. Pocas cosas deben ser más inquietantes que habitar en torno a los socavones que han brotado en distintos puntos de la Ciudad de México. Nada más frágil que saber que el suelo que pisas o ruedas puede desaparecer en cualquier momento.

Nuestros servicios públicos nunca han sido un dechado de virtudes, pero me parece que en los últimos años hemos comenzado a vivir nuestras ciudades como si se tratasen de un terreno minado. El riesgo o el contratiempo acecha en todo momento. Los nuevos códigos urbanos no escritos establecen precauciones, cálculos y hábitos que todos ya hemos hecho nuestros.

La incertidumbre no es nueva, pero se ha acentuado a niveles estresantes. Supongo que tiene que ver con el crecimiento de nuestras urbes que llevan al límite la infraestructura urbana, pero estoy convencido que también deriva de la incapacidad creciente de las autoridades para responder a los retos que afronta la comunidad.

La corrupción ha aumentado, sin duda. Aunque no es lo único. La alternancia en el poder, al no estar acompañada de mecanismos de profesionalización del servicio público, provoca que alcaldes y gobernadores sólo piensen en el corto plazo. No hay incentivos políticos para hacer las inversiones de largo aliento que requiere la infraestructura de una ciudad. Sus gestiones se caracterizan por obras de relumbrón, de remodelación, de parche y reparación.

Y el resultado es que el destino poco a poco nos va alcanzando. El nuevo paso a desnivel inaugurado solo posterga trescientos metros el atasco; la repavimentación dura hasta la siguiente temporada de lluvia; se abastece de agua a una nueva colonia reduciendo las dosis de las colonias aledañas. En suma, se gestiona la crisis, nunca se le resuelve. La ciudad se sostiene apenas cambiando la agenda y los recursos de lugar para sostener momentáneamente la emergencia del día. Siempre en espera del siguiente susto, siempre apostando a la reiteración del milagro cotidiano que sostiene a nuestras ciudades pegadas con alfileres.

 

@jorgezepedap

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