En miles de tejados de La Habana hombres jóvenes y viejos dedican horas a los “palomos de conquista”, actividad que se ha convertido en una guerra de seducción en los cielos cubanos.

Además de esta afición, la cría de estas aves es un buen negocio. Una paloma para ritos de santería -de las que un buen macho puede atraer dos o tres a la semana- se vende por el equivalente a cuatro dólares y los pichones de padres seductores por unos 10 o 20 dólares.

La Habana, 10 de noviembre (AP).— Los cielos de Cuba viven una guerra de seducción. Los combatientes se llaman “Azul Buchetu”, “Coliblanco”, “Cenizos de los huecos”, “Ripiado” y “El Mexicano” y campean por los aires mostrando sus pechos tornasolados o estirando sus alas.

Muchos cubanos crían palomos que son lanzados cada día al aire para intentar atraer hembras a sus propios tejados. Son aves entrenadas para cautivar o, en el lenguaje local, “palomos de conquista”, una práctica que gana adeptos y en la que se mezcla la competencia, el comercio de pichones y la venta de ejemplares adultos para prácticas religiosas afrodescendientes.

“Es un vicio”, dijo a The Associated Press Edison Campos, un barbero de 28 años que comenzó a criar “palomos de conquista” cuando era niño. “Te quitaste la paloma… y estás en (la heladería) Copelia o en cualquier lado y te pones a mirar para arriba a las palomas. Sueñas con palomas y son las 10 de la noche y estás con las palomas”, agregó.

En miles de tejados de La Habana hombres jóvenes y viejos dedican horas a esta actividad, interconectándose con sus vecinos por otros techos -algunos desvencijados-, extendiendo puentes con tejas de zinc para llegar a las jaulas, esquivando cables o intercambiando animales u opiniones sobre los machos más “galanes” para conquistar hembras y a los cuales en su jerga llaman “ladrones” o “asesinos” pues, aseguran, tienen “mucha seducción”.

Ernesto Eng Lopez es uno de los criadores de palomas en Cuba. Foto: AP.

En los barrios populares la actividad causa furor y ha formado una red de “palomeros” -como se denominan entre sí los criadores- que conversan sobre las mejores jaulas, la forma de alimentación y medicación y las técnicas de entrenamiento. También los hay enemistados entre sí por algún pájaro lastimado, sustraído o reintegrado a su dueño tras un pago -que llaman “multa”- y que puede alcanzar hasta los cinco pesos convertibles, igual cantidad en dólares.

Además de afición, la cría es un buen negocio. Una paloma para ritos de santería -de las que un buen macho puede atraer dos o tres a la semana- se vende por el equivalente a cuatro dólares y los pichones de padres seductores por unos 10 o 20 dólares.

Mientras tanto, los vecinos de los abarrotados edificios multifamiliares adonde los palomares se convirtieron en ciudades avícolas sobre los tejados se quejan de la moda que está estropeando aún más las azoteas, destruyendo antenas de televisores y provocando accidentes desde las alturas.

En La Habana -y según varios criadores consultados en toda la isla- hay incluso varias asociaciones no oficiales y una gubernamental con reglamentos estrictos para sus miembros sobre las condiciones de los palomares y que organizan competencias para elegir al mejor palomo.

La paloma mensajera “El Mexicano” despega de su recinto en una azotea en La Habana. Foto: AP.

Además de un premio de dinero en efectivo y alimento, ganar significa la posibilidad de vender ejemplares a buen precio. El año pasado uno de los campeones se comerció en unos 1.500 dólares, informaron a AP algunos aficionados.

Los concursos de las asociaciones se extienden de enero a julio y los jueces evalúan cientos de palomos: la forma en que vuelan, su elegancia, las veces que “ataca” a su dama y su capacidad de llevar una hembra al cajón de su dueño.

El furor de los “palomos de conquista” y sus clubes en Cuba también generó polémica entre los miembros de éstos y los criadores callejeros como Campos, quienes se niegan a cumplir las reglas impuestas a los asociados como la prohibición de usar trampas.

“Hay ‘palomeros’ que no son de sociedad, son de la calle, que maltratan la paloma”, protestó Ernesto Eng, un encargado de un barco de 49 años.

El criador de palomas Edison Campos sostiene una paloma en un tejado en La Habana. Foto: AP.

Eng, quien pertenece a un Club de Palomas de Conquista de Guanabacoa, lamentó que estos criadores que tienen sus propios palomares no duden, además, en usar técnicas que pueden dañar a los animales al atraparlos.

Para los asociados como él lo que prima es el trabajo diario con las aves para luego presentarlas en competencias que anualmente congregan hasta 400 palomeros, muchos de los cuales presentan hasta 20 ejemplares.

“Hace falta bastante paciencia”, explicó Eng. “Hay años en que sacas 100 pichones y te sirven dos porque a uno te lo cogieron, el otro se murió, al otro se lo comió el gavilán y ocasiones en que llevas seis meses entrenando al palomo y por equis motivo no sirvió o no te salió bueno y no conquista”.

“El Mexicano”, una paloma mensajera. Foto: AP.

Sin embargo, para Campos las asociaciones no son una alternativa. “Yo soy callejero”, manifestó con orgullo. “Nosotros sí usamos las trampas. La paloma que entra es de nosotros y ganamos”.

Algunos “palomeros” desconfían de las asociaciones o las acusan de favorecer a algunos para elevar los precios de un criador o exigir condiciones que no todos pueden tener.

A veces suelen presentarse tensiones pues aunque las palomas están anilladas en su pata con el nombre de su dueño y su fecha de nacimiento, cuando un animal es robado por otro el antiguo dueño no siempre lo reclama por orgullo, otras veces lo acusa de haberlo atraído con trampas y los entredichos pueden llegar a la violencia.

Aunque los “palomeros” reconocen que hay apuestas informales en carreras de palomas, esta no es la práctica preferida pues sacrifica muchos buenos animales que se pierden.

Las azoteas se han convertido en criaderos de palomas. Foto: AP.

El auge de la cría también está relacionado también con una suerte de exportación informal hacia Florida.

“El furor de la paloma ahora es que se está vendiendo mucho para afuera, a los Estados Unidos. Viene mucha gente a comprar palomas. Entonces todos quieren sacar buenos animales, sacar pichones y que los vean volando”, indicó Eduardo Montufar, de 30 años y quien tiene ejemplares premiados.