La profesora empezó a abordar en su curso la necesidad de tener acceso a alimentos saludables y económicos, y puso de relieve “las dos caras de la moneda” en la que están los exitosos chefs latinos en restaurantes de renombre y por el otro lado, la escasez de frutas frescas y verduras para la comunidad hispana de bajos recursos.

Luis Uribe

Los Ángeles, 11 de mayo (EFE).- En sus clases en la Universidad del Sur de California (USC), la profesora Sarah Portnoy pone a un costado los libros de texto y los clásico de la literatura para optar por las enchiladas, los elotes y las pupusas como vías para aprender español.

“Podemos ver la comida como otra herramienta para estudiar la cultura y la gente”, dijo a Efe la profesora, que gracias al curso que imparte, The Culture of Food in Hispanic Los Angeles, es señalada en algunos medios como la única académica que utiliza la comida para enseñar español.

Portnoy, con un doctorado en Lenguas Romances y Literatura, con énfasis en Literatura Hispana Medieval y Folclor, sabe que los aromas del mole poblano o los chiles en nogada no son extraños en Los Ángeles y de hecho apoya la legalización de los vendedores callejeros, actualmente en discusión en el municipio local.

Al llegar a esta ciudad californiana en 2007 y comenzar a trabajar el centro universitario, localizado en el corazón de un vecindario latino, se percató que en las aulas no se exploraba la cultura latina que rodea la universidad, abundante en “tiendas pequeñas, licorerías, bodegas”.

“Iba con los estudiantes a vecindarios latinos como East LA, Boyle Heights y el sur de Los Ángeles para interactuar con la gente de manera directa a través de la comida, que es una manera divertida para los universitarios”, afirma.

La profesora empezó a abordar en su curso la necesidad de tener acceso a alimentos saludables y económicos, y puso de relieve “las dos caras de la moneda” en la que, por un lado, están los exitosos chefs latinos en restaurantes de renombre y, por el otro, la escasez de oferta de frutas frescas y verduras para la comunidad hispana de bajos recursos.

Llevada por todas estas experiencias, decidió en 2016 publicar el libro “Food, Health, and Culture in Latino Los Angeles” en el que recoge estos contrastes y claroscuros, y en cuyo proceso de investigación tuvo contacto con un grupo del Concejo de Los Ángeles que apoyaba a los vendedores ambulantes.

Al cerca de medio centenar de personas que asistió a una conferencia que ofreció esta semana en LA Plaza de Cultura y Artes de esta ciudad Portnoy y su “asistente de alimentos” y encargada de servir mole poblano, Merced Sánchez, enfatizaron la urgencia de legalizar a “los cerca de 12.000 vendedores ambulantes del condado” Los Ángeles.

Sánchez, una vendedora ambulante y una activista en la campaña para la legalización de los puestos callejeros de comida, aportó argumentos en base a experiencia propia.

“Uno va a trabajar legalmente sin tener miedo tanto a la Policía como a los dueños de negocios que siempre nos extorsionan y nos acosan”, dijo a Efe esta preparadora de comida poblana.

“Para mí es la tranquilidad de salir a vender y saber que voy a regresar a mi casa, que no voy a tener problemas con la Policía ni voy a ser detenida, lo que a la vez implica una deportación porque la mayoría somos mujeres y no todas con el estatus legal”, agregó.

Y ante quienes se oponen a la legalización de la venta callejera de comida, Portnoy aseguró que al tener una licencia se garantiza no sólo “la calidad y salubridad de los alimentos” sino su ubicación restringida en las calles para que no perjudiquen a los restaurantes ya establecidos.

A mediados de este mes, el concejo angelino aprobó elaborar una ordenanza que legalice y reglamente las ventas callejeras, una iniciativa que lleva más de cuatro años debatiéndose y que la alcaldía calcula favorecería a cerca de 20.000 vendedores.

Merced Sánchez, mientras tanto, invita a los concejales que debaten la medida a que degusten alguna de las propuestas culinarias que prepara en su puesto. EFE