Hoy, sin embargo, miro en derredor y constato que muchos que están en el absurdo no han caído en él, que para ellos el absurdo no ha tenido comienzo: que nacieron ahí, que son de ahí, que no saben otra cosa. Foto: Especial.

A veces uno cae en el absurdo, y uso caer, pues con el absurdo sucede igual que con la duda o el amor que resultan no de una elección, sino de un accidente: algo pasa y de pronto lo que tenía sentido lo pierde y uno se encuentra ahí sin poder quitarse, sin saber siquiera cómo fue que ocurrió. La vivencia de absurdo, esa sensación de extravío, de que uno se encuentra en el lugar equivocado realizando una actividad equivocada, diciendo lo que no hace falta, perdiendo su tiempo, insistiendo en algo que no va a ningún lado, es como la niebla; se adhiere a todo y amplía su territorio borrando el interés no sólo en algo o alguien, sino el interés en general; el brillo: las ganas de que la vida siga.

El absurdo es una vivencia muy desagradable, igual que la desconfianza o la duda; corroe, vuelve todo vano, hace que den lo mismo cero que mil.

Hoy, sin embargo, miro en derredor y constato que muchos que están en el absurdo no han caído en él, que para ellos el absurdo no ha tenido comienzo: que nacieron ahí, que son de ahí, que no saben otra cosa. Porque una cosa son mis entrevistas con el absurdo, mi pérdida de sentido, y otra nunca haber tenido sentido, estar ahí sin haberlo perdido. Para mí, el absurdo es un estremecimiento, una implosión de la esperanza, un colapso del alma, simple y sencillamente angustia; para los oriundos del absurdo es un estado, más aún, es el estado convencional, rutinario, normal: están tan angostados que no están angustiados.

Recuerdo el viejo planteamiento de El mito de Sísifo (1942). Ahí, Albert Camus sostenía en el prefacio que iba a “hablar de una sensibilidad absurda y no de una filosofía absurda que el mundo no había conocido”. Pero se trataba de un absurdo resultado del hundimiento del absoluto, de la cancelación de la dimensión trascendente: la vida se había quedado sin el más allá y eso provocaba el absurdo. Esa experiencia me es familiar; es precisamente la pérdida de sentido que acabo de mencionar; hoy, sin embargo, muchos están en el absurdo pero no como consecuencia de una pérdida, sino simple y trágicamente porque nunca han tenido sentido que perder. Es un absurdo nuevo, naturalizado.

Y tal vez ese estado de indolencia mortal, de desgano nihilista no sea siquiera llamado absurdo por quienes lo experimentan: saben que están ahí porque sí, “arrojados al mundo”, como decía Sartre; pero con la diferencia de que jamás pensaron que estaban ahí para algo. La desde siempre ausencia de horizontes, el permanente mundo sin ventanas ni puertas, sin salidas y sin contar siquiera con la sensación de que algo se ha perdido termina por redondear ese absurdo actual, el que ya no es caída.

Y es que con todo, sí hay una enorme diferencia entre preguntar ¿para qué? y ya no preguntar ni ¿para qué?

Twitter @oscardelaborbol