“Mi padre Carlos había mandado a hacer una tarima. Mi padre quiso que no hubiera aparato: faltaba la música, soldados, los consejeros; ni sus animalitos tenían cerca. Sobre la tarima estaba solo, desnudo en todas partes y había decidido hablar bajito. No necesitaba que lo oyera nadie: hablaba para el Perro y otros dioses, con todos por testigos. Decía las palabras de a una: después de cada, una ola se hacía entre los hombres y mujeres que se repetían la palabra de adelante atrás. Las cabezas se daban vuelta una tras otras: como un viento. Las cabezas volvían y se preparaban para el siguiente chicotazo. Las palabras llegaban al fondo parecidas”.

Andar disfrazado como el Perro, empardado, mordiendo las patas de perros más chicos y obedientes, es como quisiera que nos alcanzara el fin del mundo. Así, como La historia, de Martín Caparrós, que desde que lo conozco, hace ya mucho tiempo, trabaja todo el día sin parar y este, su libro, su único libro, vendió apenas 2000 copias en el 2000, cuando todo parecía que se iba a acabar y ahora, cuando él tiene 60 –impresionante dice, impresionante, digo yo- se acaba de editar.

Es un libro con tapa dura, de Anagrama, donde hay una guerra: “Hay una guerra, pero al viajero no le hablarán de ella. Sabrá de ella porque verá las cicatrices indeseadas, porque oirá que tropas van de una a otra frontera, porque le llegarán los cuchicheos. Escuchará, quizá, la palabra “barbudos”, algún canto exaltad, el llanto de una muerte y una expresión de desaliento. Pero, si comete la torpeza de preguntar por ella, lo mirarán como si no existiera. Y alguien, quizá, le diga que muchas cosas han cambiado y deberían entender que ahora, en la ciudad, la muerte es un camino apetecido”.

Hablar de los libros que uno se llevaría a una isla desierta, como si existiera esa isla y como si al llegar no tuviéramos más que libros y discos y nada de soledad.

Pienso en Muchacha Punk, elegido entre los mejores cuentos argentinos que Rodolfo Fogwill escribió durante una noche despierto con cocaína. Pienso en El palacio de la luna, de Paul Auster, que terminó casi también en una noche. En Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. ¿Y La historia? ¿Llevaré a la isla desierta este tratado sobre mi origen, mi origen falso pero nunca más testimonial y cierto, que La historia?

¿Cómo habrá escrito La historia Martín Caparrós?

De día a día, sin descanso, boquiabierto, espeluznado, tratando de arrebatar del pasado y del futuro algo que lo ayude a entender el presente.

Dice el periódico El País, que “el atributo de este hombre es la escritura” y yo pienso que además de un elogio es también hacer centro en el defecto, en eso que le falta y de una manera, en esta dimensión, tratará de alcanzar con las palabras, que a veces quedan tan frágiles para definir un momento.

Dice también El País que finalmente “el atributo de este hombre es la desnudez”. Como cuando se enfrenta a una mujer en La historia: “Yo no había tenido comercio con mujeres: sin contar, por supuesto, a mi madre. Podría haberlo tenido muchas veces; pero con mis compañeros de juegos, mis servidoras y mis animales me alcanzaba bien. Así que cuando entré en la estancia y la vi, abierta, ofrecida, con los brazos abiertos como quien agarra la Ciudad y las Tierras, me bailaron los dientes un momento y después, pistón y piernas firmes, me lancé hasta su cuerpo como el anta: callado. El choque fue grandioso”.

Como un choque grandioso, la historia del hombre y la mujer, a veces creo que no es tan grandioso pero es sin duda un acontecimiento bestial, animal y en el medio algo sensible como esa mirada que Martín Caparrós lanza cuando no comprende las cosas. Y en La historia se comprende poco, nada. Se pregunta a lo sumo: “El discurso del soberano 19 siguió así todavía algunos párrafos. Debía ser el momento de cada soberano –y supongo que por eso lo hacían durar-: ese lapso, breve, en que su tiempo estaba casi declarado pero nadie lo sabía; en que todos suponían algo a partir de palabras pocos claras; en que su tiempo se multiplicaba al infinito por los errores de comprensión, las interpretaciones de cada súbdito”.

Creo que en algo me parezco mucho a Martín Caparrós y quizás este sea el instante de decirlo: no somos súbditos. Aunque no entendamos demasiado las cosas, estaremos con los dientes apretados, diciendo palabras poco claras a la hora del final, cuando ya nada sirva para salvarnos de la vida.

Sabemos que la vida no nos pertenece, pero algo, como una ilusión, nos permiten estos textos, de 1022 páginas, que llevaremos en papeles rotos a nuestro descanso.

“Pude escaparme cuando clareaban las primeras luces. Habíamos comido cada cual lo suyo y los salvajes habían bebido cantidades de un líquido pastoso, blanquecino, que parecía simiente de hombre viejo” y poder decir: “Soy sólo un instrumento”. Eso redime.