Uno cambia constantemente y eso resulta casi imperceptible. Foto: Shutterstock

Estamos acostumbrados a ser el que somos. Si acaso, esa entidad con la que nos hablamos siempre de tú, se alimenta, también, de lo que creemos que los demás piensan de ella. Sin embargo, pocas dudas caben de que el “yo” que enunciamos siempre funciona como tal. Tres anécdotas que no están relacionadas de pronto se reúnen. Voy en orden.

Hace algunos años tuve que ponerme traje para una boda. No suelo utilizarlos. De hecho, me desagradan bastante. Me lo puse, empero. Mientras anudaba la corbata frente al espejo descubrí a un señor que se me hacía conocido: yo mismo, claro está. No importó en ese momento que ya fuera padre de dos hijos ni que llevara casi una década casado. Fue hasta ese encuentro de mi consciencia con mi yo encorbatado que caí en la cuenta de que era un señor. Así, sin más ponderaciones.

Hace un par de años varios escritores tuvimos la oportunidad de visitar algunas de las cárceles de la CDMX dentro de un programa de promoción de la lectura. Tras una de esas charlas, se me acercó un preso que me pidió que lo recordara: había estudiado conmigo en los primeros años de la primaria. Sobra decir que me impactó en exceso. Hasta ese encuentro, nunca había reflexionado en torno a la idea de que las personas que conocemos siendo niños y no volvemos a ver, se conservan niños para siempre. La actualización del otro, en este caso, fue, cuando menos, impactante.

Antier llegué con mis hijos a una fiesta infantil. Llegamos temprano pues el traslado desde la escuela fue rápido. Apenas entrar, una voz me llamó por mi nombre completo (casi nadie lo usa, de ahí la sorpresa). Era mi primer amigo. Sí, aquél a quien conocí antes de tener un año de edad pues nuestras madres nos sacaban más o menos a la misma hora al parque. Algunos años después se mudaron y apenas tuvimos mayor contacto con su familia. Claro está que, antier, ya no era el niño pequeño con quien gateaba en el pasto.

Platicamos durante varias horas. Se especializa en algo así como en la creación de modelos matemáticos para la simulación del comportamiento de materiales bidimensionales en una universidad norteamericana. Descubrí, entonces, que aquel niño con quien jugué a tantas cosas ahora era un científico con estudios de postdoctorado. Me confesó, además, que había leído mi segunda novela varios años antes y que se había sorprendido de que fuera yo su autor. Para él, también, yo seguía siendo un niño pequeño.

Uno cambia constantemente y eso resulta casi imperceptible. Los demás se transforman y, salvo que convivamos con ellos cotidianamente, solemos suspender a sus personas en el último de los encuentros o en sus características más recurrentes. Por eso estos encuentros inesperados (con uno mismo o con los otros) tienen algo de revelador y otro tanto de traumático: hacen que descubramos que, en realidad, nuestra costumbre de ser el que somos no es más que un engaño. A veces cuesta actualizarse a sí mismo.