Se cumplen 25 años de la novela de Jeffrey Eugenides, una dramática historia sobre varias adolescentes que acabaron suicidándose sin que nadie llegara a comprender los motivos.

Por Mina López, para eldiario.es

Ciudad de México, 12 de mayo (SinEmbargo/eldiario.es).- Nadie llegó a saber nunca por qué se suicidaron las cinco hermanas Lisbon, porque ellas nunca contaron su historia. El relato de la progresión de sus historias desde el suicidio de Cecilia, la más pequeña y la primera en quitarse la vida, hasta el adiós del resto, lo desarrolla un grupo de chicos adolescentes obsesionados con ellas. Las vírgenes suicidas (1993) fue la primera novela de Jeffrey Eugenides y, aunque el Pulitzer le llegó con la siguiente, Middlesex (2002), su fama despegó con su obra debut, que ahora cumple 25 años.

El apellido Lisbon hizo aparición por primera vez en el mundo literario en el número 117 de la revista The Paris Review en 1990. La firma del novel Eugenides iba acompañada por nombres como los de Margaret Atwood, Daniel Stern o Ruth Tarson. Él se hizo con el premio Aga Khan a la mejor ficción en 1991 y con su prestigio las hermanas ganaron páginas.

Son las hijas de uno de los profesores del instituto y su estricta esposa, que las habían concebido en cadena. Cecilia (13 años), Lux (14), Bonnie (15), Mary (16) y Therese (17), todas ellas rubias e hipnóticas, al menos para cinco chicos de un barrio residencial estadounidense en los 70. Las hermanas se quitan la vida antes de cumplir la mayoría de edad, prácticamente a la vez, y dejan obsesionados a los jóvenes.

La novela fue publicada por Anagrama. Foto: Especial

Dos décadas después de lo sucedido, con menos pelo y más barriga, cuentan en primera persona del plural lo que sucedió ese año, intentando atar cabos con las pruebas reunidas a lo largo del tiempo para obtener una respuesta. Nunca dan con ella, porque es imposible.

“Está claro, doctor, que usted nunca ha sido una niña de trece años”. Esa frase, ya mítica, que Cecilia le espeta al confundido psicólogo después de su intento de suicidio, resume la esmirriada conclusión a la que llegan los personajes (fascinó tanto, que los jóvenes de los 90 la apuntaron en libretas y ahora la comparten en formato GIF en las redes sociales).

Pero más allá de la incomprensión del suicidio, el tema de la novela es la decadencia de la clase media americana en los años 60, que ve como la bonanza y la paz de la posguerra se empieza a desvanecer como un espejismo.

El propio escritor creció en un suburbio de Detroit en esa época, y plasmó en su libro aquella atmósfera que influyó en la psique colectiva de los adolescentes de su generación, representada en las hermanas. De hecho, Eugenides explicó en una entrevista a Dazed que había concebido a las Lisbon como una entidad con varias cabezas: “Como una hidra, pero no monstruosa. Una hidra agradable”.

La enfermedad holandesa del olmo que acaba progresivamente con los árboles del barrio, la plaga de mosca de la fruta que cubre la ciudad de cadáveres de insectos o la fiesta de la asfixia. Todo son muestras del declive de la comunidad. “Las hermanas Lisbon pasaron a convertirse en todo lo que funcionaba mal en el país, de los males que este infligía hasta en sus ciudadanos más inocentes”. Ellas atisbaron cómo sería el futuro y decidieron convertirse en un mito como también lo fue el sueño americano.

LA MÍSTICA DE LA ADOLESCENCIA ANGUSTIADA

Las vírgenes suicidas es una novela que marcó obras posteriores, pero que también bebe, inevitablemente, de algunas predecesoras. The New York Times señaló como referente inmediato Aquella noche (1987) de Alice McDermott: “No solo ambos libros comparten tema, sino también estructuras y métodos narrativos. Ambas novelas se centran en eventos que fracturan la conciencia de una comunidad entera en un antes y un después”.

Por supuesto, no podía faltar el título por excelencia del adolescente aturdido, El guardián entre el centeno (J.D. Salinger, 1951) y las jóvenes confusas y con gusto por los ansiolíticos de El valle de las muñecas (Jacqueline Susann, 1966) también podrían apuntarse a esta pandilla disfuncional.

Sin quitarle mérito alguno a Eugenides, la huella que su historia ha dejado en la generación que la leyó por primera vez y a las sucesivas, se debe en gran parte a la adaptación que Sofia Coppola hizo para la gran pantalla. La directora se adelantó décadas a Instagram y con el filtro amarillento de la película y la pegajosa banda sonora que el grupo francés Air consiguió reproducir a la perfección el clima asfixiante que destilan las páginas del libro.

De hecho, y mal que les pese a los defensores de “el libro siempre es mejor que la película”, los primeros resultados que salen al teclear el título en el buscador de Internet son sobre el filme. Fue su primer largo y uno de sus trabajos más célebres, aunque el Oscar le llegó con su segunda película, Lost in Traslation (2003). Las rubias suicidas supusieron el inicio de dos de las carreras más exitosas del mundo de la cultura.

Aún está por ver si la futura película basada en Las chicas (Anagrama, 2016) supera el éxito fulgurante de la novela en la que está inspirada como ocurrió con “las vírgenes” de Eugenides. Su autora es Emma Cline y los derechos del libro ya están vendidos desde hace años al productor cinematográfico Scott Rudin por dos millones de dólares, la misma cantidad que Penguin Random House le pagó a la escritora por su manuscrito.

Aunque su libro está basado en la historia de Charles Manson y su familia de jóvenes abducidas, la angustia de una adolescente que vive en una zona acomodada de Estados Unidos en los años 60 es la misma que la que se respira en el barrio de las Lisbon. Y la atracción que genera un grupo de muchachas también: “Volví la mirada por las risas, y seguí mirando por las chicas”, dice la protagonista al empezar. El ansia por resolver un misterio puede convertirse en obsesión y pocas cosas pueden ser más indescifrables que la mente de una persona de 13 años.

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Fragmento de la novela Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides, con autorización de Anagrama

1

La mañana en que a la última hija de los Lisbon le tocó el turno de suicidarse –esta vez fue Mary y con somníferos, como Therese–, los dos sanitarios llegaron a su casa sabiendo exactamente dónde estaba el cajón de los cuchillos y el horno de gas y dónde la viga del sótano en la que podía atarse una cuerda. A nosotros nos pareció que, como siempre, salían demasiado lentamente de la ambulancia, mientras el gordo decía en voz baja:

–Que no es la tele, tíos, aquí no hay que correr.

Cargado con el pesado respirador y la unidad cardíaca, pasó entre los arbustos, que habían crecido monstruosamente, y cruzó el descuidado césped que trece meses atrás, cuando empezó todo, estaba pulcro e inmaculado.

Cecilia, la pequeña –no tenía más que trece años–, fue la primera en hacer el viaje: se cortó las venas, como los estoicos, mientras tomaba un baño, y cuando la encontraron flotando en el agua teñida de color de rosa, con los ojos amarillos de los posesos y aquel cuerpecito que exhalaba olor a mujer madura, los sanitarios se llevaron un susto tan grande al verla en aquel estado de sosiego, que se quedaron clavados en el sitio, como mesmerizados. Pero de pronto irrumpió la señora Lisbon dando gritos y la realidad de la habitación se hizo patente: sangre en la estera del baño, la navaja de afeitar del señor Lisbon en el lavabo, jaspeando el agua. Los sanitarios sacaron el cuerpo de Cecilia del agua caliente, que acelera la hemorragia, y le aplicaron un torniquete en los brazos. El cabello mojado le colgaba por la espalda y ya tenía las extremidades azules. No dijo ni una palabra pero, cuando le separaron las manos, encontraron una estampa plastificada de la Virgen María apretada contra los pimpollos de sus pechos.

Esto ocurría en junio, en la época de la mosca del pescado, cuando, como todos los años, la ciudad se cubre de tan efímeros insectos. Se levantan entonces nubes de moscas de las algas que cubren el lago contaminado, y oscurecen las ventanas, cubren los coches y las farolas, cubren las dársenas municipales y cuelgan como guirnaldas de las jarcias de los veleros, siempre con la misma parda ubicuidad de la escoria voladora. La señora Scheer, que vive calle abajo, nos dijo que había visto a Cecilia el día anterior al intento de suicidio. Estaba junto al bordillo, con el antiguo traje de novia del que había cortado el dobladillo y que nunca se quitaba de encima, observando un Thunderbird envuelto en moscas del pescado.

–Sería mejor que tomaras la escoba, cariño –le aconsejó la señora Scheer.

Pero Cecilia le dirigió una mirada mística y dijo:

–Están muertas, sólo viven veinticuatro horas. Salen del huevo, se reproducen y la palman. Ni siquiera comen. –Y tras estas palabras metió la mano en la espumosa capa de bichos y trazó sus iniciales: C.L.

Queríamos disponer las fotos cronológicamente, pero habían pasado tantos años que resultaba difícil. Algunas están borrosas, y aun así son reveladoras. El documento número uno muestra la casa de los Lisbon poco antes del intento de suicidio de Cecilia. La hizo una agente inmobiliaria, Carmina D’Angelo, a la que el señor Lisbon había acudido para que se encargara de vender aquella casa que se había quedado pequeña para su numerosa familia. Tal como dejaba ver la instantánea, el tejado de pizarra todavía no había empezado a dejar la ripia al descubierto, el porche era aún visible por encima de los arbustos y las ventanas todavía no estaban sujetas con tiras de cinta adhesiva. Era una confortable casa suburbana. En la ventana superior derecha del segundo piso se ve un contorno borroso que la señora Lisbon identificó como Mary Lisbon.

–Solía cepillarse mucho el pelo porque creía que lo tenía débil –diría años más tarde, recordando cómo había sido su hija durante su breve estancia en la tierra.

En la fotografía Mary aparece sorprendida en el momento de secarse el cabello con el secador y parece que le salgan llamas de la cabeza, aunque se trata solamente de un efecto de luz. Era el 13 de junio, veintiocho grados en la calle y sol en el cielo.

Cuando los sanitarios tuvieron la satisfacción de conseguir que la hemorragia se redujese a un goteo, pusieron a Cecilia en una camilla y la sacaron de la casa para meterla en la ambulancia que esperaba en la carretera. Parecía una Cleopatra pequeñita en una litera imperial. El primero en salir fue el sanitario delgaducho que lucía un bigote a lo Wyatt Earp –a quien llamamos el sheriff cuando ya lo conocimos mejor después de tantas tragedias domésticas–, y luego apareció el gordo, que sostenía la camilla por detrás y caminaba melindrosamente por el césped, mirándose los zapatos reglamentarios de policía como si tratara de no pisar mierda de perro, aunque con el tiempo, cuando estuvimos más familiarizados con los aparatos, supimos que vigilaba la presión sanguínea. Sudorosos y moviéndose torpemente, los hombres se dirigieron a la ambulancia, que continuaba estremeciéndose y emitiendo destellos de luz. El gordo tropezó con un aro de croquet y, como venganza, le pegó un puntapié. El aro se desprendió, levantó una nube de polvo y cayó con un sonido metálico sobre el sendero de entrada. Mientras tanto la señora Lisbon irrumpió en el porche llevando a rastras la bata de franela de Cecilia, y profirió un largo gemido con el que detuvo el tiempo. Bajo los árboles ondulantes y sobre la hierba restallante y agostada las cuatro figuras posaron como en un cuadro: dos esclavos ofrecían la víctima al altar (levantaban la camilla para meterla en la ambulancia), la sacerdotisa blandía la antorcha (agitaba la bata de franela) y la virgen, narcotizada, se incorporaba apoyándose en los codos con una sonrisa ultraterrena en los descoloridos labios.

La señora Lisbon viajó en la ambulancia, pero el señor Lisbon la siguió con la furgoneta, aunque respetando el límite de velocidad. Dos de las hermanas Lisbon no estaban en casa: Therese se encontraba en Pittsburgh, asistiendo a un congreso científico, y Bonnie en un campamento musical, intentando aprender a tocar la flauta después de haber abandonado el piano (tenía las manos demasiado pequeñas), el violín (le dolía la barbilla), la guitarra (le sangraban los dedos) y la trompeta (se le deformaba el labio inferior). Al oír la sirena, Mary y Lux habían salido corriendo de la clase de canto, que tomaban en casa del señor Jessup, al otro lado de la calle. Al entrar en el cuarto de baño atestado de gente y ver a Cecilia, con los antebrazos ensangrentados y aquella pagana desnudez, se llevaron un susto tan grande como el de sus padres. Ya fuera, se detuvieron sobre una pequeña extensión de césped que Butch, el chico musculoso que venía a cortarlo todos los sábados, se había olvidado de segar y se abrazaron muy fuerte. Al otro lado de la calle había un camión del Departamento de Parques con unos hombres que atendían algunos de nuestros olmos moribundos. La sirena lanzó un alarido y tanto el botánico como su equipo pararon las bombas de insecticida para observar la ambulancia, que se ponía en marcha. Perdida ya de vista, volvieron a su labor. Hace mucho tiempo que el majestuoso olmo que aparece en primer plano en el documento número uno sucumbió al hongo del escarabajo holandés y hubo que cortarlo.

Los sanitarios llevaron a Cecilia al hospital del Bon Secours, en Kercheval y Maumee. En la sala de urgencias Cecilia contemplaba, con un distanciamiento no exento de pavor, los intentos que hacían por salvarle la vida. Sus ojos amarillos no parpadearon ni tampoco se arredró cuando le clavaron la aguja en el brazo. El doctor Armonson le cosió los cortes de las muñecas y a los cinco minutos de la transfusión la declaró fuera de peligro. Tras acariciarle la barbilla, le dijo:

–¿Qué haces aquí, guapa? Si todavía no tienes edad para saber lo mala que es la vida…

Fue entonces cuando Cecilia dijo en voz alta lo que habría podido considerarse su nota póstuma, aunque en este caso totalmente inútil puesto que seguía con vida.

–Está muy claro, doctor, que usted nunca ha sido una niña de trece años –dijo.

Las hermanas Lisbon tenían trece años (Cecilia), catorce (Lux), quince (Bonnie), dieciséis (Mary) y diecisiete (Therese). Eran bajas, de nalgas rotundas bajo el tejido de algodón y con unas mejillas redondas que recordaban la morbidez dorsal anteriormente citada. A primera vista, sus rostros parecían impúdicos, como si quien las contemplaba tuviese la costumbre de ver mujeres cubiertas con velo. Nadie entendía que el señor y la señora Lisbon hubiesen engendrado unas hijas tan guapas. El señor Lisbon, que enseñaba matemáticas en el instituto, era delgado, de aspecto juvenil, y parecía sorprendido por su propio cabello gris. Su voz era atiplada, y cuando Joe Larson nos explicó que el señor Lisbon había llorado cuando trasladaron a Lux al hospital tras su intento de suicidio, no nos resultó difícil imaginar el tono de su llanto afeminado.

Cuando uno observaba a la señora Lisbon, en vano buscaba en ella algún signo de la belleza que pudo constituir uno de sus atributos. Sus brazos regordetes, su cabello semejante a alambre de acero mal cortado y sus gafas de bibliotecaria frustraban el menor intento. La veíamos raras veces, por las mañanas, vestida elegantemente antes de que saliera el sol, asomándose a la puerta para recoger los cartones de leche cubiertos de rocío, o los domingos, cuando toda la familia salía en la furgoneta camino de la iglesia católica de San Pablo, a orillas del lago. En esas ocasiones la señora Lisbon adoptaba una frialdad regia. Con el bolso fuertemente agarrado en la mano, comprobaba que ninguna de sus hijas llevara ni sombra de pintura en la cara antes de dejarlas subir al coche, y no era raro que ordenara a Lux que volviera a meterse dentro y se pusiera otra blusa menos llamativa. Como nosotros no íbamos a la iglesia, teníamos tiempo de sobra para observarlos: los padres lixiviados, como negativos fotográficos, y las cinco despampanantes hijas luciendo sus esplendorosas carnes, con aquellos vestidos de confección casera, cargados de puntillas y volantes.

Sólo un chico había entrado en la casa: Peter Sissen, que había ayudado al señor Lisbon a instalar la maqueta del sistema solar en la clase, a cambio de lo cual una noche fue invitado a cenar. Peter contó que las muchachas le habían estado pegando continuamente puntapiés por debajo de la mesa y que, como éstos le llegaban de todas direcciones, le habría sido imposible decir quién se los propinaba. Lo escrutaban con sus ojos azules y enfebrecidos y le sonreían con aquellos dientes suyos tan juntos, que constituían el único rasgo de las niñas Lisbon que no alcanzaba la perfección total. Bonnie fire la única que no dedicó a Peter Sissen miradas furtivas ni puntapiés. Se limitó a bendecir la mesa y a comer en silencio, sumida en el religioso fervor de los quince años. Al levantarse de la mesa, Peter Sissen pidió permiso para ir al cuarto de baño y como Therese y Mary estaban en el de la planta baja y de él salían risitas y comentarios en voz baja, tuvo que ir al de la planta superior. Después nos contaría que los dormitorios estaban llenos de bragas arrugadas, de animales de peluche apañuscados por los apasionados abrazos de las chicas; nos dijo también que había visto un crucifijo del que colgaba un sostén, habitaciones brumosas y camas con dosel, y que había percibido los efluvios de tantas chicas juntas en trance de convertirse en mujeres confinadas en un espacio exiguo. Ya en el cuarto de baño, mientras dejaba correr el agua del grifo para enmascarar los ruidos de su registro, Peter Sissen dio con el secreto escondrijo en el que Mary Lisbon guardaba sus cosméticos, metidos en un calcetín atado debajo del lavabo: barras de carmín y aquella segunda piel que constituían el colorete y los polvos, aparte de la cera para depilar, que sirvió para informarnos de que la chica tenía bozo aunque nunca se lo hubiéramos visto. En realidad, ignoramos a quién pertenecían los cosméticos que vio Peter Sissen hasta que dos semanas más tarde encontramos a Mary Lisbon en el malecón con los labios con una tonalidad carmesí que encajaba exactamente con la que nos había descrito Peter.

El muchacho hizo un inventario de desodorantes, perfumes y esponjas ásperas para eliminar pieles muertas, pero lo que más nos sorprendió fue que no descubriera ninguna ducha en toda la casa, porque nos figurábamos que las chicas se duchaban todas las noches, con la misma regularidad con que alguien se lava los dientes. Con todo, nos recuperamos en seguida de nuestra decepción cuando Sissen nos habló de un descubrimiento que había hecho y que superaba con creces nuestras más locas fantasías. En la papelera había encontrado un Tampax manchado con los jugos interiores todavía frescos de alguna de las hermanas Lisbon. Sissen añadió que casi había estado tentado de traérnoslo, que no era una cosa asquerosa sino bella, que había que verlo porque parecía una pintura moderna o algo así, e incluso dijo que había contado doce cajas de Tampax en el armario. Pero en aquel momento Lux llamó a la puerta y preguntó que si se había muerto o qué y entonces él había tenido que ir corriendo a abrirle. Los cabellos de Lux, que durante la cena llevaba recogidos con un pasador, le caían ahora sueltos sobre los hombros. Pero la chica no entró en seguida en el cuarto de baño, sino que miró a Peter a los ojos, después se echó a reír con su risa de hiena y pasó junto a él diciendo:

–¿Tienes acaparado el baño o qué? Necesito una cosa. –Fue directamente al armario, pero se paró en seguida y enlazó las manos a la espalda–. En privado, si no te importa –le dijo, mientras Peter Sissen bajaba a toda prisa los escalones, rojo como un pimiento y, después de dar las gracias al señor y a la señora Lisbon, se lanzaba corriendo a la calle para poder contarnos en seguida que a Lux Lisbon le estaba saliendo sangre de entre las piernas en aquel mismísimo momento. Era cuando las moscas del pescado cubrían el cielo y ya se estaban encendiendo las farolas.

Cuando Paul Baldino oyó lo que contó Peter Sissen, juró que se metería en casa de los Lisbon y vería cosas aún más impensables que las que había visto Sissen.

–Veré a las chicas duchándose –aseguró.

A los catorce años, Paul Baldino ya tenía las agallas de un gángster y la pinta de matón de su padre, Sammy el Tiburón Baldino, y de todos los que entraban y salían de la enorme casa de Baldino, con sus dos leones esculpidos en piedra a ambos lados de la escalera de entrada. Se movía con el contoneo indolente de los depredadores urbanos que huelen a colonia y se hacen la manicura. Le teníamos miedo, a él y a sus ricos e imponentes primos, Rico Manollo y Vince Fusilli, no sólo porque su casa aparecía a menudo en los periódicos, o por las limusinas negras blindadas que se deslizaban por el camino circular de entrada bordeado de laureles importados de Italia, sino también por aquellos círculos oscuros que tenía debajo de los ojos, por sus flancos de mamut y por aquellos relucientes zapatos negros que no se quitaba ni siquiera para jugar a béisbol. Ya había metido la nariz en sitios prohibidos y, aunque no siempre era fiable lo que contaba después, no por ello dejaba de impresionarnos la osadía de sus exploraciones. En sexto, el día que llevaron a todas las niñas al auditorio para que vieran una película sólo para chicas, Paul Baldino se coló en la sala y se escondió en la antigua cabina de las votaciones para poder contarnos de qué iba la cosa. Lo esperamos en el patio, jugando a pegar puntapiés a la grava para matar el tiempo hasta que apareció mascando un palillo y jugando con el anillo de oro que llevaba en el dedo. Estábamos sobre ascuas.

–He visto la peli –dijo– y sé de qué va la cosa. Escuchad, a eso de los doce años o así, a las chicas… –se inclinó hacia nosotros– les sale sangre de las tetas.

Pese a que ya estábamos mejor informados, Paul Baldino seguía inspirándonos miedo y respeto. Se le habían puesto flancos de rinoceronte y aquellos círculos que tenía debajo de los ojos ahora tenían un color ceniciento que hacía pensar en la muerte. Fue en esa época cuando comenzaron a correr los rumores acerca del túnel. Una mañana, hacía ya algunos años, había aparecido un grupo de trabajadores en el jardín de su casa, detrás de la valla coronada de púas y guardada por dos perros pastores alemanes blancos idénticos. Para ocultar lo que se llevaban entre manos colgaron unas telas de hule de unas escaleras de mano y, tres días después, cuando las quitaron, en medio del césped había aparecido un tronco de árbol artificial. Era de cemento, con la corteza y los nudos del tronco pintados e incluso con dos ramas podadas que apuntaban al cielo con el fervor de muflones amputados. En medio del tronco una cuña abierta con una sierra de cadena contenía una parrilla metálica.

Paul Baldino dijo que era una barbacoa y nos lo creímos. Pero iba pasando el tiempo y vimos que no la utilizaba nadie. Según los periódicos, la barbacoa había costado cincuenta mil dólares, si bien en ella jamás se asó una hamburguesa, ni siquiera un perrito caliente. No tardó en circular el rumor de que el tronco era la entrada de un túnel para poder escapar y que conducía a un escondrijo junto al río donde Sammy el Tiburón tenía una lancha rápida, y que los trabajadores habían colgado hules para que nadie viese que estaban excavando. Pocos meses después de que empezaran a circular los rumores, Paul Baldino comenzó a aparecer en los sótanos de diferentes casas, a los que llegaba a través de las cloacas. Apareció un día en casa de Chase Buell, cubierto de un polvillo grisáceo que olía claramente a mierda; se metió como con calzador en la bodega de Danny Zinn, y esta vez se presentó con una linterna, un bate de béisbol y una bolsa con dos ratas muertas; finalmente asomó al otro lado de la caldera de Tom Faheem, a la que pegó tres golpes.

Siempre daba la misma explicación: que estaba explorando las cloacas debajo de su casa y que se había perdido. Pero empezamos a sospechar que lo que estaba explorando en realidad era el túnel que su padre había mandado construir. Cuando había fanfarroneado diciendo que vería a las chicas Lisbon mientras se duchaban todos creímos que iba a entrar en la casa de los Lisbon igual que había entrado en las otras. Nunca llegamos a saber exactamente qué había ocurrido, pero la policía lo estuvo interrogando más de una hora. El les dijo que se había metido a gatas en el conducto de la cloaca de su casa y que después había seguido avanzando poco a poco; les describió las enormes dimensiones de los conductos, les dijo que había encontrado tazas de café y colillas dejadas por los trabajadores y dibujos al carbón de mujeres desnudas en las paredes, similares a pinturas rupestres. Dijo que se había metido en las cloacas al azar y que al pasar por debajo de las casas olía incluso lo que estaban cocinando en aquel momento. Por fin se había metido en el sótano de los Lisbon pasando a través de la reja de la cloaca. Después de sacudirse bien la ropa, había subido a la planta baja para ver si había alguien, pero la casa estaba vacía. Había dado voces y recorrido las habitaciones. Después habla subido a la planta superior. En el rellano había oído correr agua y se había acercado a la puerta del cuarto de baño. Paul Baldino insistió en que había llamado con los nudillos a la puerta y que, al entrar, había encontrado a Cecilia desnuda, con las muñecas rezumando sangre y que lo primero que hizo tan pronto como se hubo recuperado del susto fue llamar a la policía, porque su padre le había enseñado que eso es lo que hay que hacer siempre.

Por supuesto, quienes primero vieron la estampa plastificada fueron los sanitarios, y el gordo, agobiado con las prisas, se la guardó en el bolsillo. Ya en el hospital se acordó de la estampa y de que quería dársela al señor y a la señora Lisbon. Cecilia ya estaba fuera de peligro y sus padres aguardaban sentados en la sala de espera, aliviados pero confusos. El señor Lisbon dio las gracias al sanitario por haber salvado la vida de su hija. Después dio vuelta a la estampa y leyó las palabras impresas en el dorso:

La Virgen María se ha aparecido en nuestra ciudad y ha traído su mensaje de paz a un mundo que se está desmoronando. Como en Lourdes y Fátima. Nuestra Señora ha premiado con su presencia a personas como tú. Para más información llamar al 555-MARY.

El señor Lisbon lo leyó tres veces y después, con voz de desaliento, dijo:

–La bautizamos, la confirmamos y ahora cree en esta mierda.

Fue su única blasfemia durante aquella dura prueba. La señora Lisbon reaccionó arrugando la estampa en el puño (pero sobrevivió, tenemos una fotocopia). El periódico local no se dignó publicar ningún artículo sobre el intento de suicidio porque el editor, el señor Baubee, estimaba que una noticia tan deprimente como aquélla no encajaría muy bien entre el artículo sobre la Exposición Floral de la Asociación Juvenil y las fotografías de novias sonrientes publicadas en la última página. El único artículo interesante de aquel día hacía referencia a la huelga de los empleados del cementerio (se acumulaban los cadáveres, no había acuerdo a la vista), pero estaba en la página cuatro, debajo de los resultados de las ligas menores de béisbol.

Al volver a casa, el señor y la señora Lisbon se encerraron con las niñas y no hablaron ni una sola palabra sobre lo ocurrido. Sólo cuando la señora Scheer la presionó lo suficiente, la señora Lisbon hizo referencia al «accidente de Cecilia», y habló del asunto como si la niña se hubiera cortado al caer. Sin embargo, Paul Baldino, perturbado por la visión de la sangre, nos describió con precisión y objetividad lo que había visto y no dejó lugar a dudas sobre que Cecilia había perpetrado un acto de violencia contra sí misma.

La señora Buck encontraba extraño que la navaja hubiera ido a parar al lavabo.

–Si uno se corta las muñecas en la bañera, ¿no dejará la navaja junto a ella? –decía.

Esto llevó a preguntarse si Cecilia se habría hecho los cortes en la muñeca mientras estaba metida en la bañera o cuando estaba de pie en la alfombrilla, ya que en ésta había manchas de sangre. Para Paul Baldino no había duda:

–Lo hizo en el lavabo y después se metió en la bañera –explicaba–. ¡Por eso lo dejó todo perdido!

Cecilia estuvo bajo observación una semana. La ficha del hospital indica que la arteria de la muñeca derecha estaba totalmente seccionada porque la niña era zurda, pero que la herida de la muñeca izquierda no había sido tan profunda y había dejado intacta la parte inferior de la arteria. Tuvieron que darle veinticuatro puntos en cada muñeca.

Cuando volvió, todavía llevaba puesto el traje de novia. La señora Patz, cuya hermana era enfermera del Bon Secours, dijo que Cecilia se había negado a ponerse la bata del hospital y que había pedido su vestido de novia. El doctor Hornicker, psiquiatra, estimó que lo mejor sería complacerla. El día que Cecilia volvió a casa se desencadenó una tormenta. Estábamos en casa de Joe Larson, que vivía al otro lado de la calle, cuando se oyó el primer trueno. La madre de Joe gritó desde abajo que cerrásemos todas las ventanas y después saliéramos corriendo hacia nuestra casa. En la calle, un profundo vacío había aquietado el aire. Una ráfaga de viento agitó una bolsa de papel, la levantó, la hizo girar unas cuantas veces, la llevó volando entre las ramas bajas de los árboles. Mientras aquel vacío del aire se disolvía de pronto en aguacero y el cielo se volvía negro, la furgoneta de los Lisbon trataba de abrirse camino en medio de la oscuridad.

Llamamos a la madre de Joe para que subiera a mirar y a los pocos segundos oímos que se acercaba rápidamente por la escalera alfombrada y se reunía con nosotros junto a la ventana. Era martes y la madre de Joe olía a pulimento para muebles. Vimos que la señora Lisbon abría la puerta del coche con el pie y salía trabajosamente cubriéndose la cabeza con el bolso para no mojarse. Encorvada y ceñuda, abrió la puerta de atrás. Llovía a cántaros y la señora Lisbon tenía el pelo empapado pegado a la cara. Por fin asomó la cabecita de Cecilia, borrosa a causa de la lluvia, moviéndose con extrañas sacudidas debido al doble cabestrillo que le sujetaba los brazos. Le costó trabajo coger impulso suficiente para tenerse en pie. Cuando por fin lo consiguió, levantó los dos cabestrillos como sendas alas de tela mientras la señora Lisbon la cogía por el codo izquierdo y la conducía a casa. Para entonces llovía a cántaros y no alcanzábamos a distinguir el otro lado de la calle.

Los días siguientes vimos a menudo a Cecilia. Se sentaba en los peldaños de entrada, cogía bayas rojas de los arbustos y se las comía o se ensuciaba con el jugo las palmas de las manos. Seguía vistiendo el traje de novia, iba descalza y llevaba sucios los pies. Por la tarde, cuando daba el sol en el jardincito del frente, observaba las hormigas apelotonándose en las grietas de la acera o se tumbaba boca arriba en la hierba abonada y contemplaba las nubes. Siempre estaba acompañada por alguna de sus hermanas. Therese se llevaba los libros científicos a los peldaños de la escalera, estudiaba las fotografías del espacio interplanetario y levantaba los ojos cada vez que Cecilia se alejaba hasta el extremo del jardín. Lux extendía toallas de playa en el suelo y se bronceaba al sol mientras Cecilia se arañaba la pierna con un palo trazando arabescos en ellas. Otras veces Cecilia se acercaba a su guardiana, le echaba los brazos al cuello y le murmuraba unas palabras al oído.

Todo el mundo tenía su teoría acerca de por qué había tratado de matarse. La señora Buell decía que la culpa era de los padres. –La niña no quería morirse, lo que quería era irse de su casa –nos dijo. –Quería cambiar de decorado –añadió la señora Scheer. El día que Cecilia volvió del hospital, las dos mujeres le trajeron un pastel como muestra de cariño, pero la señora Lisbon se negó a reconocer que hubiera ocurrido ninguna calamidad. Encontramos mucho más vieja y enormemente gorda a la señora Buell, que aún dormía en una habitación separada de la de su marido, adepto a la Ciencia Cristiana. Se recostaba en la cama, llevaba gafas reflectantes nacaradas durante el día y agitaba ruidosamente cubitos de hielo en vasos altos que, según aseguraba, sólo contenían agua, pero toda ella emanaba ahora un nuevo olor a indolencia vespertina, un perfume a telenovela.

–Tan pronto como Lily y yo le dimos el pastel, la mujer dijo a las niñas que fueran arriba. Todavía está caliente, le dijimos, podríamos comernos un trocito. Pero ella lo cogió y lo metió en la nevera. Delante de nuestras narices.

La señora Scheer lo contaba de otra manera.

–Lamento decirlo, pero Joan hace años que está mal de la cabeza. La verdad es que la señora Lisbon nos dio las gracias muy amablemente y allí todo parecía de lo más normal. Hasta empecé a preguntarme si no sería verdad que la niña se hizo los cortes al caer. La señora Lisbon nos invitó a entrar en el solárium y nos dio un trozo de pastel. Joan se marchó intempestivamente, quizá a su casa a tomarse otro latigazo. No me extrañaría nada.

Encontramos al señor Buell abajo, en el dormitorio que no compartía con su mujer y que había decorado con motivos deportivos. Tenía en un estante una fotografía de su primera esposa, a la que amaba desde que se habían divorciado, y cuando se levantó de su escritorio para saludarnos todavía iba encorvado a causa de aquella herida en el hombro que la fe no había conseguido curar del todo.

–Fue una consecuencia más de esta lamentable sociedad en la que vivimos –nos dijo–. No estaban en afinidad con Dios.

Cuando le recordamos lo de la estampa de la Virgen María, dijo:

–La única estampa que debería haber llevado era la de Jesús. A través de las arrugas y de las indóciles cejas blancas todavía descubrimos el rostro afable del hombre que hacía muchos años nos había enseñado a pasar la pelota de fútbol. El señor Buell había sido piloto durante la Segunda Guerra Mundial y, tras ser derribado en Birmania, salvó a sus hombres recorriendo cien millas a través de la jungla. Después de aquello ya no volvió a tomar ningún medicamento, ni siquiera una aspirina. Un invierno se rompió el hombro esquiando y lo máximo que se consiguió de él fue que se dejara hacer una radiografía, nada más. Desde entonces daba un respingo cada vez que tratábamos de hacerle un placaje, rastrillaba las hojas secas con una sola mano y ya no preparaba las malditas tortitas los domingos por la mañana. Por lo demás, seguía perseverando y siempre nos corregía amablemente cuando tomábamos el nombre de Dios en vano. Metido allí en su dormitorio, aquel hombro se había transformado en una simpática joroba.

–¡Qué triste lo de esas chicas! –dijo–. ¡Qué desperdicio de vida!

La teoría más extendida era que la culpa de todo la tenía Dominic Palazzolo. Dominic era hijo de inmigrantes y vivía con unos parientes hasta que su familia se instaló en Nuevo México. Fue el primer chico del vecindario que llevó gafas de sol y, a la semana de llegar, ya se enamoró. El objeto de sus deseos no era Cecilia sino Diana Porter, una jovencita de cabellos castaños y cara caballuna, aunque guapa, que vivía en una casa con las paredes cubiertas de hiedra, junto al lago. Por desgracia, no advirtió a Dominic atisbando por la cerca mientras ella jugaba entusiasmada a tenis en la pista de cemento de su casa, ni tampoco cuando se echaba en la tumbona, sudando néctar, junto a la piscina. Para los del grupo, Dominic Palazzolo no contaba porque no se sumaba a nuestras conversaciones sobre béisbol o coches, ya que apenas sabía unas pocas palabras de inglés, lo que no impedía que de vez en cuando echara la cabeza hacia atrás y, con el cielo reflejado en las gafas de sol, dijese:

–La amo.

Jeffrey Eugenides. Foto: Anagrama

En julio sale el nuevo libro de Jeffrey Eugenides (Detroit, 1960), por Anagrama: Denuncia inmediata: Un joven viaja por el mundo en busca de iluminación y se enfrenta a todo tipo de experiencias, no siempre agradables; una estudiante de origen indio seduce a un profesor buscando una salida desesperada a la situación de su familia; un poeta fracasado que ha encontrado trabajo en la editorial de un antiguo pornógrafo acaba dejándose arrastrar por la tentación del dinero y la América del pelotazo; un sexólogo tiene un perturbador encuentro sexual en una selva remota; un matrimonio que empezó por conveniencia acaba en desastre; un músico que toca el clavicordio se enfrenta a la dificultad de combinar su arte con su condición de esposo y padre y termina perseguido por unos cobradores de morosos; una chica decide quedarse embarazada sea como sea; una mujer visita a una vieja amiga a la que le están haciendo pruebas para saber si padece alzhéimer y le regala un libro que ambas adoraban en su juventud… Jeffrey Eugenides, que ha demostrado en tres novelas excepcionales –Las vírgenes suicidas, Middlesex La trama nupcial– su capacidad para ahondar en la complejidad de las relaciones humanas, continúa su exploración en esta envolvente colección de cuentos. Nos encontramos aquí una vez más con hombres y mujeres que se enfrentan a sus miedos, toman decisiones drásticas y se adentran en territorios desconocidos. En dos de los cuentos reaparecen personajes de sus novelas, que, al igual que los nuevos, son seres humanos desamparados que el autor retrata con perspicacia y humanidad, plasmando sus anhelos y contradicciones. Elegante, sutil, a ratos irónico y en otros momentos hondo y conmovedor, Eugenides traza aquí un poderoso mapa de las emociones humanas.