“Cuando”, por David Miguel Herrera (@elespiral)

ámala, ámala en estado sólido, líquido y gaseoso.

ámala cuando no se depile bien las axilas. ámala más cuando rompa en llanto, cuando se le atore el llanto, cuando la queme el llanto. quiérela. cuídala. ámala, también, cuando le caches dos que tres mentiras. abrázala. bésala de pronto, piensa en ella hasta a escondidas, piénsala un montón, descúbrete pensando tanto en ella que no te quede de otra más que reír. mándale besos, treinta, noventa, ciento cincuenta mil besos.

y también déjale saber todo. cuando la eches de menos no le inventes historietas mal tejidas, dile que andas inquieta, que deambulas como si se te hubiera botado la canica, como si anduvieras en dos pies izquierdos, y que es por ella y pregúntale sin cobardía que cómo carajos van a remediarlo. dile, de pronto, que la necesitas. y aunque no sea cierto, dile que no vas a volver. provócala. no la hieras, eso déjalo a quienes no han muerto de amor.

háblale de tú y de usted y de las dos: dile “nosotras” repetidas veces, usa el nosotras para cada tontería: nosotras fuimos, nosotras somos, nosotras cualquier cosa. acostúmbrala a tu amor desgarrado, a la bestia que ama en tu nombre. déjale saber de qué estás hecha cuando te vayas azotando la puerta de su casa. que vea el rojo de tu fragilidad.

abrázala ciento cincuenta mil veces porque cuando ya no estés con ella verás que nunca de los nuncas fue suficiente. háblale de amar, de las costas y las palmeras y de los lugares donde no has estado. que le den hartas ganas de ir a los sitios que le cuentas para que te dure otro rato.

apriétala a tu cuerpo aunque no sea de noche, embárratela en las entrañas. úntatela, conócela, tócale las uñas y las yemas de los dedos con las yemas de los tuyos. revuélcate en la punta de su nariz. pégate a sus mejillas y, apenas puedas, bésale la frente, la barba, las rodillas y la nuca.

y déjala si quiere irse, aviéntasela a las estrellas.

y nada de amarla o besarla como si estuvieran en las últimas, hazlo con tremenda garra que apenas distingas. siéntate, cántale, báilale en los oídos y en los pies. cárgala. chúpala sin miedo: pásale la lengua de arriba abajo. y descansa en ella, déjate caer sobre sus costillas y su vientre y sus tetas: sobre ella. dale ciento cincuenta mil razones.

y cuando te enojes mírala a los ojos, atraviésala, dile que te hiere. y ya luego, si pasa que no te hallas en su cielo, dile que no volverás. sostenla como ella hizo tantas veces contigo. y no vuelvas, tú ya sabes cómo es morir de amor.