Pero vine a acomodarme el amor. A sentir el frío y la gloria. A que no me abras la puerta. Y a sentarme enfrente del océano. Quietecita. Foto: Julieta Cardona

Para picarle al play antes de comenzar: RITUAL- Josephine

Vine a vivir este instante. Este de dibujarte los colores. De quedarme sin palabras. De tomar absenta del pico de la botella. De cantar mal. De bailar mal. De picarte la panza. De besarte el vientre. De soñar que las olas rompen para atrás. De aventar avioncitos de papel por la ventana. De arrepentirme por decir sí cuando era no. De compartirte la almohada. De salvarme de mí.
De voltearme en el catamarán. De rendirme en el regazo de mi madre. Este de meterte la lengua. De cultivar cacao. De masticar una hoja de hierbabuena. De dejar correr un elepé que no envejece. De caminar cordilleras. De escuchar. Vine a este instante de trepar ese árbol de magos. De esperarte afuera de tu casa. De decir “Esto es impostergable”. De refugiarme en el vuelo de los marsupiales. De quedarme a vivir en el lóbulo de tu oreja. De besarte los pies. De ver arcoíris antes de tormentas. De agradecer –van tamañas gracias, por cierto, hasta el otro lado de la galaxia–. De aprender –es más, ponme a prueba–. Vine a este de esperarte, de verdad, si me hubieses visto desde el principio sabrías que vine a esperarte. Este de andar descalza. De jalarte el pelo. De decirte “Hey, voltea para acá”, “Hey, dame la mano aunque me sude”. De dormir boca arriba. De leer sin prisa. De moverte el tapete –y tirarte, si es posible–. De expandirme en el suelo como las gotas de lluvia. De caer en tierra de nadie. De recibir. Vine a sentir la vida de cabeza. Vine a este instante de caminar rumbo a la luna. Este de colgarme de los días buenos. De exhalar. De vibrar sin culpa. De cagarme de risa. De husmear en tu corazón abigarrado. De quemar las naves. De apreciar la chimenea del ocaso. De comer lentejas y garbanzos. De subirme a trenes sin paradas. De morder el pan. De pedir perdón. Vine a preguntar –perdón si no son horas y vine a preguntar–. Pero vine a acomodarme el amor. A sentir el frío y la gloria. A que no me abras la puerta. Y a sentarme enfrente del océano. Quietecita.