Foto: Cuartoscuro

Se da por hecho que las campañas electorales por la presidencia de la república, más allá de las trifulcas de los representantes de la partidocracia, son prácticas y discursos políticos de los partidos (y ahora candidatos independientes) que le hablan e interpelan al conjunto de la sociedad nacional.

En las elecciones presidenciales anteriores no ha sido así, y la de este año no es la excepción. Tal como mostró con claridad el primer debate de los cinco aspirantes a ocupar la silla presidencial, se revelaron cuales son las agendas de los candidatos y las coaliciones electorales que representan, y al mismo tiempo dejó patente para quiénes no están hablando y a cuantos millones de mexicanos están excluyendo de sus discursos, prioridades y programas de gobierno.

Es indignante que ninguno de los cinco aspirantes hubieran hablado del grave problema de las desapariciones que hay en México. En el país existen cerca de 35 mil familias (oficialmente) que tienen un hijo ausente, y ninguno de quienes buscan la presidencia tuvo la decencia de comprometerse a detener este grave problema.

¿Quién le habló a María Herrera, una adolorida madre michoacana que tiene a cuatro de sus ocho hijos desaparecidos por policías y militares en Guerrero y Veracruz? ¿Quién pensó en Yolanda Morán, de Fundem, cuyo hijo Dan Jeremeel Fernández fue desaparecido por militares en diciembre de 2008 en Torreón? ¿Quién dijo algo a Lucía Díaz o a otras de las madres del Colectivo Solecito quienes esperan encontrar a sus hijos entre los 274 cuerpos hallados en la fosa clandestina de Colinas de Santa Fe, Veracruz, una de las más grandes de América Latina? ¿Quién recordó a las familias de los tres estudiantes de cine desaparecidos en Tonalá, Jalisco el 19 de marzo y dados por muertos y disueltos en ácido sin pruebas concluyentes por las fiscalía estatal?

¿Quién mencionó a las víctimas de la guerra, por ejemplo a los deudos de los 300 muertos que dejó la masacre Zeta cometida en Allende, Coahuila en marzo de 2011 con la criminal complicidad de las autoridades de todos los niveles?

¿Quién recordó a los miles de damnificados de septiembre pasado de Oaxaca, Chiapas, Morelos y Ciudad de México, que todavía duermen en la calle porque no han recibido una reconstrucción digna, más allá de las limosnas entregadas?

¿Quién le dijo algo a Fidel Sánchez, vocero de los jornaleros del valle de San Quintín, Baja California, que en marzo de 2015 organizaron una histórica huelga para exigir un salario digno y sin embargo ahí y en otras partes del país muchos siguen trabajando en condiciones de semiesclavitud?

¿Quién le dijo algo a la clase obrera mexicana, una de las más explotadas del mundo? ¿Quién recordó a las cientos de miles de mujeres que trabajan en la maquila en Ciudad Juárez, Mexicali o Guadalajara con sueldos miserables y jornadas de sobre explotación y acoso laboral y sexual?

¿Acaso alguien recordó que en México se cometen siete de los doce feminicidios que ocurren diariamente en América Latina?

¿Quién pensó en los productores lecheros, que tienen 24 años protestando contra la apertura comercial instaurada con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y a los cientos de miles de agricultores a punto de la extinción por estas políticas radicales de libre comercio?

¿Quién le habló a los mexicanos que no pueden entrar a cientos de playas mexicanas porque están privatizadas de facto y puestas al servicio del turismo de las clases acomodadas del país y del extranjero?

Ninguno se acordó de las dos mil comunidades mexicanas que han resistido y luchado contra las corporaciones mineras privadas ante la entrega de su territorio, decretadas en los pasados gobiernos del PAN y del PRI.

¿Quién recordó a los cientos de miles de mexicanos que defienden espacios públicos y sus barrios tradicionales ante el voraz avance del capital inmobiliario que está reconstruyendo las ciudades mexicanas a su antojo y con la complicidad de los gobiernos locales?

¿Quién le dijo algo a Mario Luna, uno de los voceros del pueblo yaqui, que tienen años luchando contra el megaproyecto hidráulico del acueducto Independencia que pretende despojarlos de su agua?

¿Quién le habló a los millones de indígenas mexicanos que siguen padeciendo el racismo, el desprecio y el despojo que se les impone desde arriba, como al pueblo paipai de Baja California, que tiene concesionado 97 por ciento de su territorio para explotaciones mineras; o los kiliwa con 85 por ciento de su territorio entregado a las mismas mineras?

Ninguno siquiera tuvo la decencia de reconocer el digno trabajo de la indígena nahua María de Jesús Patricio Martínez en el proceso de precampaña.
El locuaz Bronco dijo que el problema era que los demás candidatos pertenecen a una partidocracia que le ha fallado a la sociedad mexicana. Miente, él mismo, como Margarita Zavala, forman parte de esa partidocracia y esa clase política que no sólo ha fallado sino que ha traicionado y conspira contra la mayoría de la sociedad mexicana.

De este rosario de ausencias y omisiones, se deducen las prioridades de la clase política profesional: hablan para una parte de la población, pero millones quedan excluidos de sus discursos, de sus agendas.

Y en esas omisiones se dibujan sus prioridades. A pesar de sus trifulcas, los candidatos presidenciales del sistema político liberal parecen compartir más de lo que quisieran admitir, ignorando y dejando fuera a buena parte del México de abajo.

 

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