“El dedazo bajó de nivel para pasar al gran elector de la presidencia de la República, en tiempos priistas, al Gobernador en turno, en tiempos panistas”. Foto: Arnoldo Cuellar

En 1991 el Partido Acción Nacional de la mano de los empresarios neo panistas como Vicente Fox, Carlos Medina, Elías Villegas y Eliseo Martínez, entre otros, arrebató al PRI local y nacional la gubernatura de Guanajuato gracias a dos factores: el agotamiento de la fórmula del dedazo y la estela de corrupción de los políticos en el poder.

Carlos Salinas era un político pragmático e intuitivo que sacaba provecho hasta de sus derrotas. En Guanajuato se libró de un político incómodo como Ramón Aguirre, afianzó sus amarres con el PAN nacional de Diego Fernández y Luis H. Álvarez, a la vez que bloqueaba la llegada del problemático Vicente Fox para entronizar a un Carlos Medina más afable y negociador.

Sin embargo, el interinato no fue un regalo, en todo caso fue una catafixia. El PAN había construido un importante capital político que puso en jaque al aparato electoral del gobierno de Rafael Corrales Ayala y al uso indiscriminado de recursos públicos a favor del candidato priista.

Si bien el resultado de la votación fue amplio, más de 200 mil votos de diferencia para el PRI, el crecimiento del voto panista hasta cerca de medio millón y la impresión indeleble de un fraude electoral, junto con una insurgencia ciudadana no vista quizá desde el auge del sinarquismo cuatro décadas atrás, crearon las condiciones perfectas para el “ramonazo”: la decisión política de hacer renunciar al candidato “ganador” tras haber recibido la constancia de mayoría.

Sirvan estos antecedentes para enmarcar lo que ocurre hoy en Guanajuato con la tercera generación de panistas que gobierna el estado de forma ininterrumpida. A vuelta de un cuarto de siglo, el PAN se ha olvidado de su historia, de sus principios y de su razón de ser en la historia de México: la construcción de ciudadanía, la ampliación de una democracia escuálida, la honestidad en el ejercicio de los fondos públicos.

Primero Juan Manuel Oliva y después Miguel Márquez, le han otorgado a los gobiernos panistas un tinte indeleble de corrupción, de corporativismo y de imposición de las decisiones de la burocracia política sobre la sociedad.

Miguel Márquez fue el delfín de Juan Manuel Oliva, construido mediante el uso de los programas sociales y en medio de un tufo de corrupción impresentable que perdura hasta la fecha. El dedazo bajó de nivel para pasar al gran elector de la presidencia de la República, en tiempos priistas, al Gobernador en turno, en tiempos panistas.

Hoy, Márquez se muestra como un alumno adelantado de Oliva y busca dejar a Diego Sinhue Rodríguez Vallejo como su heredero y protector, utilizando la misma fórmula peor mejorada: uso de un crédito que será empleado en un programa social cuyo principal resultado será construir un candidato.

El nuevo proceso político ocurre, igual que hace seis años, en medio de las presunciones de corrupción y manejo de un contratismo descarado de compadres (nunca mejor dicho), para preparar las reservas que se usarán y ya se usan para los gastos de ante campaña, precampaña y campaña.

Con una soberbia que avergonzaría a los padres fundadores del panismo, desde las alturas de la gubernatura se cree que el PAN es dueño del voto guanajuatense y que apoyarán a quien sea que presente este partido como candidato.

En la esquina de enfrente, dentro del mismo PAN, Oliva se rebela contra su heredero y respalda a Fernando Torres Graciano para competir por una candidatura que se antoja imposible cuando ya no se tiene el poder y tampoco se conserva la energía para el activismo de hace dos décadas. No es lo mismo Los Tres Mosqueteros…

En la otra oposición, por llamarla de alguna manera, la pobreza política se ensaña y le da la razón a los soberbios del gobierno panista. La oposición es una caricatura, un conjunto de tribus en desbandada.

En el PRI ni siquiera son capaces de presentar un denuncia medianamente bien redactada para cuestionar el anticipado activismo desde el PAN y el gobierno estatal y las alcaldías.

En el PRD la gran duda existencial es con quién se van aliar: si con el PAN como manda el canon nacional, con lo que terminarían en la cola de los mítines de Rodríguez Vallejo; o con el PRI, para darle la razón a López Obrador y hacer el ridículo del siglo.

En las mismas anda el PVEM, que depende de los acuerdos de sus gerentes en la capital del país, para que definan la tarifa por el cual venderán esta vez su 3 por ciento, que en Guanajuato puede triplicarse.

Mientras que Morena, el nuevo partido temible en otras latitudes, en Guanajuato hace su mejor apuesta política preparando una tómbola para rifar sus candidaturas.

El único problema es que mientras el PAN se regodea en la inmoralidad de imitar al viejo PRI y la oposición se debate en su impotencia, en Guanajuato nos alcanza el destino con un deterioro creciente de la calidad de vida que el nuevo crecimiento industrial no ha paliado, sino que incluso ha empeorado.

Así que, a aguantar vara otro rato.