La condición de intruso no siempre se debe a la impenetrabilidad de los conjuntos; a veces, obedece a una incapacidad para achatar las aristas, a una innata imposibilidad de embonar, de amoldarse. Foto: Especial

A todos, por más hospitalarios que seamos, nos ha ocurrido alguna vez que en una reunión familiar concebida para los íntimos se nos cuele un intruso: llega acompañando a uno de los nuestros y no queda más remedio que admitirlo; pero sentimos que la esperada reunión fue adulterada.

Ser un intruso es un accidente que a todos nos ha ocurrido. Voluntaria o involuntariamente uno entra en un círculo al que no pertenece, y -según sea la calidad del grupo donde se irrumpe- puede ser abiertamente rechazado o incluido; pero en todos los casos uno se sabe ajeno, inoportuno, de más.

El que un ámbito se vuelva familiar y uno llegue a él como a su casa es un proceso largo que a veces no se completa nunca. Y luego todavía existen quienes nacemos con una indeleble sensación de ajenidad; quienes por más que tratamos de acercarnos (y los demás de incluirnos) no conseguimos jamás entrar del todo: identificarnos. Son los extranjeros en su patria, los hermanos raros, los amigos que no terminan de cuajar o los socios minoritarios que parecen satélites distantes que en cualquier momento saldrán disparados.

Los intrusos y los que se saben intrusos rompen la comunión de los solidarios, de aquellos que sí son de ahí, de quienes llevan toda la vida juntos, tan juntos que ni solos están solos, pues llevan con ellos su planeta: el enjambre de afectos del que disfrutan y al que siempre vuelven.

Debe de ser hermoso formar parte de uno de esos subconjuntos cerrados, donde los méritos o el lazo de la sangre le entreguen a uno el derecho pleno de pertenecer. Debe de ser fantástico vivir con la adscripción resuelta en todos los niveles; decir sin reticencias soy terrícola; afirmar con gusto: soy de la especie humana; decir con orgullo me siento mexicano; pertenezco al gremio de los escritores tocados por dos siglos, el XX y el XXI; debe de ser formidable sentirse codo a codo con los pares.

Pero, por lo visto, la condición de intruso no siempre se debe a la impenetrabilidad de los conjuntos; a veces, y creo que es mi caso, obedece a una incapacidad para achatar las aristas, a una innata imposibilidad de embonar, de amoldarse; a la dureza de los huesos del alma.

Ser un polizón en cada sitio: ser sin estar, estar sin ser ha sido mi condición permanente y es posible que esa distancia sea la que me permite ver de lejos: teorizar.

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