Ciudad de México, 14 de feb (SinEmbargo).- ¿Cómo es la vida cuando el cuerpo es aplastado 35 mil veces, en sólo dos años, por prostitución forzada?

Mujeres y niñas de rostros y nombres anónimos viven y mueren bajo la esclavitud que nunca se abolió y que sigue ahí, a la vista, no en pueblos enterrados bajo las fronteras asfixiantes del sur o del norte, sino a pocas cuadras de la Cámara de Diputados, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, el Palacio Nacional o la Catedral Metropolitana.

Cada año, miles de muchachas son enganchadas por hombres predestinados a ser padrotes desde su infancia al sur de Tlaxcala, en los pueblos de cinturitas que difícilmente aparecen en los mapas de México, pero que siempre resultan enlistados en las cartografías de la explotación sexual mundial.

Algunas pocas que escaparon a la muerte o al infierno de ir y venir 60 veces al día con un hombre diferente y al mismo colchón desvencijado, contaron sus historias a Humberto Padgett, reportero de SinEmbargo, y al fotógrafo Eduardo Loza, autores del libro electrónico Retrato íntimo de un padrote, apenas publicado por Random House Mondadori.

Con su autorización reproducimos el primer capítulo de un libro elaborado a partir del expediente penal de uno de los más importantes proxenetas hasta hoy detenidos en la Ciudad de México.

La historia de Nataly *

El bulto humea en el suelo. En la pira recién extinguida quedan restos distinguibles de su pantalón de mezclilla azul claro y un calzón blanco con vivos rojos. Yace bocarriba sobre la banqueta con la cabeza orientada al sur, la mano izquierda debajo del torso y la derecha, en un extraño ángulo de 90 grados, aprieta un pedazo de plástico, también quemado. Sobre el abdomen permanece un cordel que fuera amarillo, ahora ennegrecido por el fuego, lo mismo que el utilizado para sujetar los pies y dejarlos entrelazados por los tobillos: el derecho sobre el izquierdo.

Imposible saber el color de sus ojos o la forma de sus orejas. Pero sí adivinar la complexión delgada de la joven y detallar que, por los pocos parches de piel conservada, fue una tez morena clara. El fuego respetó sus uñas de acrílico. Los pocos rizos conservados denuncian una melena brillante, negra y espesa. A su lado, también en el suelo, un pequeño lápiz labial de plástico azul a un lado de su mano derecha llama la atención de policías, peritos y socorristas para quienes ya no queda nada que hacer. Completa el repertorio de objetos un envase de vidrio para esmalte de uñas sin tapa e incendiado y un garrafón de plástico contraído por la lumbre. Y la mascada de poliéster con brillitos dorados y tela afelpada con que la amordazaron. Permanecen restos de la manga izquierda de su blusa negra y también del cuello, lo suficiente para saber que es una prenda marca Zara Basics y talla 28. Retazos del sostén conservan el estampado de tulipanes azules.

Es muy cerca de la Cámara de Diputados, en Avenida Congreso de la Unión y Circuito Interior, colonia Valle Gómez. Se sabrá pocos días después que la mujer muerta es, más bien, una niña asesinada. Y que bien pudo morir estrangulada o por los golpes sufridos en la cabeza, sólo es claro que la golpearon al mismo tiempo de asfixiarla.

La madrugada abre la mañana del 16 de julio de 2006. Persiste el olor a gasolina y mañana será cumpleaños de Ismael Guzmán Flores, el hombre más importante en la vida y aún más relevante en la muerte de esa muchacha calcinada.

***

Para marzo de 2004, Nataly tenía ya varios años de abandono definitivo de la escuela. Apenas terminó la primaria, ya era urgente su colaboración con la economía de su familia en Anenecuilco, Morelos, la tierra de Emiliano Zapata.

A los 16 años, la chica trabajaba en un puesto de discos y películas piratas junto a la terminal de autobuses de Cuautla, también en Morelos. Un día, un hombre estacionó su Jetta gris junto al tendido de Nataly y bajó del auto. Aplomado, caminó hacia ella. Nataly tuvo entonces ante sí la encarnación de su idea de la elegancia, la educación, la riqueza, la gallardía y la caballerosidad. Hasta el lunar en la mejilla derecha, junto a la nariz, le pareció interesante.

–Señorita vengo a comprar un disco de Lupillo Rivera, ¿me lo puede probar usted?– engoló la voz.

–Sí…– apenas respondió ella. Buscó entre las pilas de sobres de celofán, escogió uno e introdujo el disco en el reproductor. La música de banda del cantante sinaloense llenó la banqueta. Ismael sacó su cartera y recorrió con el pulgar una faja de billetes. Sacó uno y lo puso en la mano de la muchacha.

–¿Son caros esos coches?– se asomó ella.

–Sí. Lo compré en 150 mil pesos– respondió él con naturalidad.

Nataly no contuvo el asombro puesto sobre el enorme anillo dorado en algún dedo de la mano derecha de ese hombre y sobre una esclava de oro, decorada con la letra I, que le pesaba en la muñeca izquierda.

–Me llamo Ismael– dijo antes de dar media vuelta y entrar en su auto.

Al día siguiente, Ismael ya no compró nada y fue directo al punto.

–¿Dónde comes? Te invito a comer a un restaurante de los mejores para que veas que yo soy buena gente y después de comer te invito un helado.

–No puedo. Sólo tengo media hora para comer.

–¿Dónde vives?

Ella calló. Al menos un poco de resistencia debía ofrecer.

–Si se te hace tarde yo te llevo a tu casa– pero, apenas terminó la frase, se fue. El cálculo era simple.

El día siguiente apareció hasta la tarde, cerca del ocaso. Alargó la conversación entre piropos y presunciones. El último camión de Nataly había pasado y él propuso llevarla a casa.

–Estás bien guapa (…) ¿Tienes novio? (…) ¡Qué bonito cuerpo tienes! Estás muy bien, muy caderona y ganarías muy buen dinero– se quedó a nada de perder las formas.

Ella no encendió ninguna sirena. Al contrario.

–¿Trabajando en qué?– se interesó ella, habitante de un mundo con cuatro cuadras de extensión.

–Haciendo limpieza en uno de los mejores hoteles del Distrito Federal. Dejan buenas propinas. Ganarías dinero para comprar ropa y enviar dinero a tus papás, que dejarían de trabajar–. Ismael frunció el ceño, pues esto último era serio. Nataly abrió más los ojos. –Yo te puedo conseguir trabajo en el hotel. Conozco al dueño.

La chica pidió al hombre 17 años mayor que ella no detener la marcha frente a su puerta, sino algunos metros antes para evitar la mirada escrutadora de sus padres y se escurrió del auto. Él siguió su camino con la enorme ganancia de la complicidad.

El Güero no cesó. Él la invitaba a comer y ella aceptaba el juego y alargaba la concesión.

Al cuarto día de la aparición, Nataly entró a la fonda de doña Herminia, más chismosa que cocinera. Ismael ya la esperaba en alguna de las mesas. Sonreía. Estaba a una distancia infinita, insalvable, de los lances trastabillantes y los torpes manoseos de los muchachos del pueblo. En su idea del cuidado de las formas, Nataly pagó los 30 pesos de su comida.

–Acepta la invitación, se ve muy buena persona, se ve de dinero– le susurró doña Herminia apenas tuvo oportunidad.

–Tengo una boutique de zapatos en Guadalajara–detectó la debilidad de Nataly por su aspecto. –Gano mucho dinero– la modestia estorbaba. –¿Cuánto ganas?

–Entre 350 y 450 pesos a la semana más comisiones.

–Vente a trabajar conmigo. Ayuda a tu familia, vas a ganar bien. Yo te pago el doble en mi boutique de Guadalajara o te consigo el trabajo en el hotel del Distrito Federal.

–Acepta lo que te dicen– se entrometió Herminia apenas se marchó el hombre.

Nataly ya estaba convencida. Sólo faltaba que Ismael pidiera el noviazgo y él trabajó con afán cada día de las siguientes tres semanas. Llegaba a las tres y, ya en confianza, comían bajo la mirada aprobatoria de Herminia.

–Mejor este señor de bien que uno de los drogadictos que andan por ahí– presionaba la vieja como si estuviera en campaña.

–¿Quieres ser mi novia, venir conmigo? Estoy enamorado y quiero sentar cabeza y quiero que sea contigo– propuso tan ceremonioso como cuando Lupillo Rivera canta de mujeres y no de narcotraficantes.

“Acepté porque me gustaba y porque ofrecía ayudarme. Él quería hacer una familia conmigo… Me decía cosas… Me enganché… Me enredé y, sin que se dieran cuenta mis papás, a mediados de abril de 2004 por la noche me fui con él”, diría dos años después Nataly, nombre con el que estaba a punto de ser rebautizada.

***

Llegaron a la Ciudad de México ya entrada la noche. Ismael se enfiló hacia Iztapalapa y entraron a la casa de un hombre que presentó como su hermano, casado con una mujer llamada Azalea. La pareja se refería a Ismael como El Güero, a pesar de ser un hombre de piel morena clara.

Apenas llegó mayo, El Güero recordó a Nataly que debía trabajar. Subieron a una camioneta blanca. Otra novedad para la muchacha era la pasión de su novio por los autos, especialmente los Jetta de Volkswagen. Poseía uno azul, otro negro, uno más gris. Los demás hombres que lo rodeaban y se mostraban sumisos ante él, también eran amantes de los vehículos. Había un  Camaro, una camioneta Escalade, un Beetle. Durante el camino Ismael se veía tenso. Parpadeaba con fuerza y en series establecidas. El tic advertía que estaba a punto de dispararse a la furia. Se internó en La Merced –Nataly sabría después donde estaba– y paró en el Callejón de San Pablo fuera del número 54, una fachada mal pintada con una puerta por la que entraban parejas que, con cronómetro en mano, salían 10 y 15 minutos después.

Caminaron hacia Sonia Romero, una mujer de diminuta falda, pestañas largas y pegajosas, generoso escote y un lunar en lado derecho del cuello que parecía una mosca viva. Era pareja y propiedad de Reynaldo García El Konkistador, segundo de El Güero.

–Aquí vas a trabajar. No te voy a meter a un pinche puesto para que ganes 300 pesos. Aquí vas a ganar más. Te vas a llamar Nataly– la nombró apenas notó el gesto de incredulidad de la niña. –Cuidado y digas tu verdadero nombre, porque te rompo toda tu madre. Vas a ganar arriba de 4 mil pesos al día.

Sonia era una vieja en ese sistema: sobrepasaba los 23 años de edad y participaba en el negocio como instructora y vigilante de las chicas que llegaban al infierno como ella lo hiciera ocho o nueve años atrás.

–Se ve muy chica– observó Sonia.

–Tengo 16 años– tartamudeó Nataly.

–Dile a doña Pancha que ya es mayor de edad.

Ismael y Sonia intercambiaron un gesto que daba conclusión a la conversación y él dio media vuelta y desapareció por las calles dedicadas al comercio de bicicletas y mujeres.

–Doña Pancha, dele chance a la muchacha. Ya sabe que si no trabaja El Güero la va a madrear– suplicó Sonia a la dueña o responsable de San Pablo 54, una anciana prematura más gruesa que alta con trenzas, cara redonda y calcetas gruesas que desaparecen bajo su larga falda. Algo parecido a una beata.

La mujer asintió y la mañana se consumió en la enseñanza: maquillaje, vestuario y colocación de condón. Nada de teoría, todo en la práctica.

Sonia acompañó a Nataly con su primer cliente a quien colocó el preservativo sin admitir protesta del hombre. Luego abandonó el cuartucho.

–Pinche vieja, se pasa. Pinche vieja piruja, de seguro es la que te cuida– se dirigió a ella ese primer cliente.

–Sí– atinó a responder la muchacha.

Lo más importante en el cursillo era –es– por supuesto, el sistema de cobranza. Sonia detalló que el servicio completo lo debería cobrar en 120 pesos –actualmente es de 160 pesos y siempre ha sido estandarizado para todas las mujeres–: desnudo de la cintura hacia abajo y posición de misionero. Cada pose se debía compensar con 50 pesos más y, la atención completa, con desnudo total y sexo oral, entre 450 y 500. Imposible escapar. Prohibido negar una atención, sin importar las razones. Restringido hablar con otras mujeres. Penado guardarse un sólo peso. ¿Cómo saber si ocurría un hurto? Sonia, Doña Pancha y otras personas llevaban un estricto registro del número de clientes recibidos y el tiempo transcurrido ahí dentro. El tiempo estándar, de no más de 15 minutos, es una unidad de medida ahí llamada “rato”.

El callejón de San Pablo 54 funciona como una pasarela de sexoservidoras. Caminan en un círculo interior a otro delineado por los clientes y –muchos más– mirones que permanecen inmóviles. Al pasar junto a los hombres ellas preguntan: “¿Vamos?” “¿Vamos?”. Alguno las escoge, se establece una rápida explicación –nunca negociación– y ellas avanzan seguidas por ellos. La casa tiene un zaguán con una puerta chiquita para entrar. Adentro se abre un bodegón con 25 cuartos diminutos en hilera, paredes bajas y camas de cemento con una colchoneta del ancho de un catre envuelta en sábanas lavadas por última vez quién sabe cuándo. El lugar era –o es– cuidado por un hombre obeso llamado o apodado Ángel: moreno claro, cara redonda, cabello lacio de color negro con corte de hongo y una colita sobre la nuca y tan obeso que apenas podía caminar, pero, lo más importante, hijo de Doña Pancha. Las mujeres le guardaban a esa bola de demolición un respeto cercano al miedo. Ángel cobraba el uso de los cuartos, 50 pesos por rato. Esto significaba que, en ese tiempo, de los 120 pesos cobrados por un servicio básico, la mujer se quedaba para dar íntegros al chulo 70 pesos por persona.

Nataly era, en el lenguaje de ese mundo, “carne fresca”, niña y cara desconocida al mismo tiempo. Ese día ganó 8 mil pesos y El Güero impuso la cuenta diaria de 6 mil pesos. Comenzaba las siete de la mañana, cuando Ismael o alguno de sus empleados, incluida Sonia, la dejaban caminando en círculos en la calle, hasta las nueve de la noche en que la recogían con las piernas hechas carne molida. No había día de descanso, ni en los que menstruaba. Durante el período, Sonia la obligaba a acostarse y mojaba una esponja con alcohol que luego enjuagaba con agua. La exprimía y compactaba en una bola que le metía con los dedos por la vagina. Cada dos horas, la mujer prostituida revisaba a la niña prostituida si la compresa ya estaba saturada y si era así se lo extraía con pinzas. Al primer atisbo de inconformidad, Sonia raspaba la voz: “Acuéstate, cabrona, tienes que trabajar”.

La técnica no es nueva. Las viejas prostitutas de la Plaza de la Soledad, algunas principiantes en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y activas 70 años después, cuentan que el tapón se usaba para paliar las infecciones y evitar los embarazos. Algunas de ellas fueron arrancadas de sus pueblos por hombres que, en común tenían ser originarios de Tlaxcala.

Para Nataly, la cuota exigida imponía caminar a una velocidad de 50 clientes por día. Hubo días que atendió más de 60 hombres. Por cada personas que la siguiera, Ismael daba 15 o 20 pesos a Sonia y a Pancha –la niña y las demás recibían la misma cantidad, pero al día y para comer– y así a todos convenía el deambular de la esclava a quien, a diferencia de un kilo de cocaína, no se le vende una vez.

Una niña es vendida entre 10 mil y 20 mil veces al año. Apenas en 2007 –último año de censo o al menos de su publicación– sólo en la zona de La Merced 3 mil mujeres paradas: no menos de 325 millones de dólares al año y esto ha sido así durante el último medio siglo. Este no es el único sitio de operación de las mafias tlaxcaltecas del sexo. Operan además en los alrededores de la sede delegacional de Cuauhtémoc, la colonia Guerrero, Sullivan y Tlalpan.

–¡Y como te niegues, te parto tu madre! ¡Y como te largues o me denuncies te mato y si no te encuentro, mato a tu familia! ¡Puta, puta! ¡Nadie les cree a las putas, como tú!– rugía El Güero a quien los diablos le poseían la lengua cada 15 minutos. Luego parpadeaba sin control y desbocaba en una golpiza. A migajas, las conversaciones con las otras esclavas de San Pablo le dejaban claro que su padrote, uno de los más connotados en el rumbo, cumplía las amenazas.

A los pocos meses, Ismael la llevó a su casa, en Anenecuilco. La muchacha quiso explicar a su mamá la situación, que ese hombre sonriente y con boca exenta de groserías la obligaba a prostituirse en La Merced. Pero él estaba en su oficio y no se separó un minuto y, a cada oportunidad, le susurró a Nataly: “También los mato a ellos, pinche puta– pestañeaba más, pues contenía los puños.

Huella del dedo anular de Ismael. Foto: Archivo

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Los padrotes mantienen vivas las expectativas de noviazgo formal en el futuro y enamoramiento eterno. En dos ocasiones, Ismael dio descanso a Nataly y la presentó con sus padres, entonces residentes de una mansión en obra en el pueblo de San Lorenzo Almecatla, Puebla. La familia en realidad es originaria de Tenancingo, Tlaxcala, la tierra de los padrotes, colocada en el mapa por esa razón hasta la ONU en sus reportes mundiales sobre trata de mujeres y niñas.

La madre del padrote, Dominga, apenas pasaba entonces el medio siglo de vida y el metro y medio de estatura. Era redonda y llevaba una cabellera negra entrecana hasta debajo de la cintura. Era taciturna. Como en el callejón de San Pablo, Ismael prohibía a Dominga y Nataly hablar entre sí. La mujer adulta cuidaba tres niños pequeños. El Güero aseguró que eran sus sobrinos, pero eran sus hijos, medios hermanos entre sí y rehenes por quienes sus madres se prostituían. En varias ocasiones Nataly escuchó al esclavizador hablar con dos o tres de ellas suplicando ver a los niños.

–No los vas a ver hasta que me des lo que te pido– respondía él.

El Güero no sólo gobernaba con mano de hierro a sus mujeres y cómplices. También lo hacía sobre sus hermanos, al menos los dos dedicados al mismo oficio, y a sus tres hermanas, todas sabedoras del origen de la riqueza. A su madre le tronaba los dedos y, según la muchacha, nada hacía por contener el desprecio que le inspiraba. Sólo respetaba una persona en la vida.

–Jefe, ¿qué necesita? Padre, ¿le llegó el dinero?– se rendía ante un hombre bajito y delgado con cara de barro bruñido.

La casa en construcción quedaba junto a un río y presumía una enorme fuente, pasto, rosales, árboles de naranjos y mandarinas. Los pisos son de loseta azul claro y sus líneas dibujan una flor gigantesca. El portón principal es de metal negro y las puertas interiores de vidrio transparente. Tiene chimenea de tabique rojo, nueve cuartos y una sala de tres pisos.

Si se andan los caminos de Tlaxcala, junto a los sembradíos de maíz se levantan mansiones peculiares. Algunas sostienen al frente ocho figuras de Venus esculpidas en cemento con yeso, media docena de águilas y fachadas dominadas por gigantescas coronas de concreto.

***

El padrote y algunas de sus mujeres se mudaron a Ciudad Nezahualcóyotl, en la zona conurbada del Estado de México. En una de esas casas, Nataly compartió vida, padrote y ropa diminuta con otras tres muchachas, ninguna mayor de 16 años: Carmela, Alejandra y Tania.

Aunque vivían juntas, no podían platicar. El baño carecía de puerta y El Güero colocó cámaras en la esquina de la habitación y en un ropero para nunca dejar la vigilancia. Cuando pasaba por ellas, ya llevaba otras tres o cuatro chicas, también menores de edad y condenadas al mismo destino. Para los clientes existía la obligación de usar condón, con él de prescindirlo. Si el explotador quería sostener relaciones con ellas, tomaba Viagra y, en la misma habitación en que estaban las demás, simplemente se acercaba y lo hacía. Ismael también se ocupaba de comprar la ropa que usaban para trabajar. Llegó, una vez, con un conjunto de sostén estampado con tulipanes y pantaleta blanca con vivos rojos.

En junio de 2004, Alejandra aparentaba 15 años. El Güero la llevaba al callejón en su Jetta negro. Ella y Nataly amistaron entre murmullos. Coincidían en el lugar de trabajo y compartían la ropa que el alcahuete les llevaba por ser de la misma talla, incluidos unos jeans azul claro. Entre dientes, Alejandra le compartió cómo dejó atrás su pueblo, uno pequeño de Guerrero. La conquistó y, como su novia, la trajo el DF con las mismas promesas. Nunca nadie, excepto Ismael, supo el nombre real de Alejandra.

Ismael vivía con miedo. Siempre estaba rodeado de guardaespaldas. Aunque él vistiera de manera casual, hacía a sus cuidadores utilizar traje con la idea de que el contraste favorecía su importancia. Uno de sus asistentes más cercanos era un sujeto con varios apodos: Carnal, Bombacho o Chuma, pero, el apodo que en verdad disfrutaba era El Konkistador. Se sabe que lo escribe así pues era dueño de un sonido así llamado, El Konkistador. Vestía pantalones flojos, playeras cortas sin mangas y tenía los brazos tatuados. Se rumoraba que el chulo y el celador estaban unidos, mas que por la calle, por la cárcel.

–¡Apúrate, pendeja, dale el dinero al patrón!– las apresuraba con actitud de capataz. –Pinches viejas, es una miseria lo que te dan– decía a su jefe, siempre receptivo a que lo incendiara la furia.

El Konkistador era también el encargado de ambientar las fiestas organizadas por Ismael. Hacían dos o tres reuniones semanales en casas rentadas a donde llevaba 25 mujeres y admitía el mismo número de clientes a quienes cobraba una entrada de 6 mil pesos. Había algunas otras mujeres que no hacían labor sexual, sino que eran ficheras y solamente bailaban. Las casas tenían sótanos y en los cuartos había camas separadas sólo por cortinas de color oscuro. En esas reuniones, Ismael solía verter drogas en las bebidas de las chicas, las colocaba en hilera y los clientes escogían entre las muchachas tambaleantes. Cuando alguna no era escogida, Ismael las golpeaba aún delante de la clientela.

–Me estás haciendo perder dinero– reclamaba antes de apalearlas.

–Vengo a divertirme y no a ver esto– protestó un cliente una sola vez, entre las decenas de escenas del tipo que atestiguó Nataly.

–Si te parece y, si no, vete a la verga.

***

Carmela se escabulló de la vigilancia el 14 de febrero de 2005, Día de San Valentín, y compró un corazón y un oso de peluche blanco que regaló a Nataly. Ella escondió todo y sintió algo de alivio. Carmela tenía 15 años de edad en ese tiempo y era la menos pasiva de las cuatro chicas encerradas en la casa de Neza. Apenas había permitido una variación de su verdadero nombre, Carmen. Nació en un pueblo adelante de Iguala, Guerrero, y estaba orgullosa de su ascendencia negra que aterciopelaba su piel y pronunciaba sus caderas. Medía 1.68 metros y poseía una melena oscura y rizada, tenía cejas pobladas bien formadas, grandes ojos verdes, pestañas largas, nariz recta respingada y boca pequeña. Una cicatriz cruzaba su hombro derecho y quedaba a la vista por las blusas sin mangas con que trabajaba. Carmela relataba una caída y una operación que ocupó clavos para afirmar el hueso roto.

Pocos días después de San Valentín, cerca del 20 de febrero, un padrote supo la intención de Carmela de denunciar al Güero y de su plan para huir con un cliente interesado en redimirla. Ése cinturita contactó por el radio de Nextel al Güero y lo puso sobre aviso. Permitir un descarrío en el rebaño vecino sería admitir una estampida en el propio. Nataly escuchó la conversación.

El Güero apretó los ojos y buscó a su hermano Isael Guzmán Flores, al  Konkistador y a Andrés Arenas El Texis, un primo suyo. Subieron con Nataly a uno de los Jetta y volaron hacia Carmela. La vieron de lejos, vestida con un pantalón negro ajustado y acampanado, blusa roja con cuello y manga corta, calzaba zapatos blancos con plataforma transparente e iluminada y llevaba al cuello una cadena diamantada con un dije de la Virgen de Guadalupe.

Le ordenaron abordar el auto y tomaron camino hacia Puebla. Tras la primera caseta, abandonaron la carretera y entraron a un callejón de paredes grafiteadas. Ismael ordenó parar frente una puerta y abrió con llave. El lugar parecía uno de los utilizados para las orgías. Apenas cruzaron el umbral, el chulo comenzó a golpear a Carmela.

Nataly se quedó junto al Konkistador.

Quédate callada, porque si no a ti también te vamos a matar, tú eres una puta igual que ella– la atenazó por la nuca el celador. –Mira lo que te va a pasar si no te quedas calladita.

El Güero levantó en vilo a Carmela y la lanzó hacia una esquina, uno de los métodos preferidos por el padrote cuando golpeaba a las mujeres pues, aseguraba, era inevitable al menos un golpe seco en la cabeza cuando la proyección era hacia la junta de dos paredes.

–¡Por favor, déjame… perdóname!– suplicó Carmela.

La golpeó hasta matarla. Sólo en ese momento el cascabel de la cola quedó quieto. El Güero jadeaba. El Konkistador acercó una sábana y ambos envolvieron el cuerpo. La subieron a la cajuela y ordenaron a Nataly ir en silencio.

Antes de arrancar y tirar el cuerpo a cielo abierto, El Konkistador habló:

–Vamos a dejar esta chingadera que ya no sirve.

Y, antes de regresar a la Ciudad de México, Ismael se reclinó hacia el cuerpo de Carmela, acercó una mano hacia su cuello y arrancó la figura de la Virgen bajo la cual estaban las letras iniciales de Carmen Solano.

Tenancingo, famoso por sus proxenetas… y sus edificaciones kitsch. Foto: Eduardo Loza, SinEmbargo

*** 

Nataly escapó apenas tuvo oportunidad. Evitó Anenecuilco y encontró refugió en Cuernavaca. Su mamá le habló por teléfono para decirle que Ismael la buscaba, que la casa era acechada. En mayo de 2005, El Güero la encontró trabajando en una tortillería. El Konkistador bajó de una enorme camioneta con vidrios polarizados y ella quiso decir algo, manotear un poco. Alguna resistencia había que ofrecer, pero el hombrón la levantó y arrojó dentro del vehículo. Manejaba El Güero.

–Si lo vuelves a hacer, te mato– y no contuvo el tic nervioso de los ojos hasta que llegaron a Ciudad Neza. La jaló del brazo y con la otra mano tomó una varilla forrada con una manguera y la azotó. A la mañana siguiente, ordenó a la muchacha desvanecer con polvo facial las huellas de sus dedos en el cuello. –Te dejo vivir para que me des mi dinero. Y la vuelta a la rutina: Sonia la llevaba todos los días en la calle y regresaba a casa con Ismael.

Pero cambiaron algunas cosas. Doña Pancha se dijo ofendida y ya no aceptó la prostitución de la niña en su tugurio. El Güero llevó a Nataly a la Avenida Anillo de Circunvalación, entre Corregidora y Manzanares, cerca de la Plaza de la Soledad. Debía llevar sus compradores al hotel Liverpool y su custodia quedó encargada al Konkistador. Algo más: la cuota diaria ascendía entre 8 mil y 10 mil pesos. El vendedor de mujeres argumentó con ligereza que se debía recuperar lo perdido.

***

El 15 de julio de 2006 El Güero dejó a Nataly en la casa de Calle Oriente y se llevó a Tania. Dijo que regresaría después. A las dos de la tarde le llamó al teléfono celular.

–Voy a pasar por ti. Te pones la falda rosa, la tanga blanca y una blusa rosa o blanca. No uses brasier. Usas los zapatos blancos de plataforma y quiero que estés lista ya. Te voy a llevar a una fiesta.

A las cuatro de la tarde en punto, el padrote sacó a la mujer de la prisión y se dirigieron a una casa utilizada con frecuencia, en la calle Sabinas número 77, colonia Valle Gómez, delegación Venustiano Carranza, cerca de la Cámara de Diputados. Llegaron a las seis de la tarde. El Konkistador instalaba las bocinas de sonido. Había 25 clientes, muchos visitantes frecuentes de esas reuniones, y 25 prostitutas, algunas menores de edad. Por ahí merodeaba un grupo de ficheras, sólo dedicadas a bailar abrazadas con quienes les pagaran por hacerlo.

Alejandra ya había bebido la mezcla de cerveza y polvo blanco, pero en ella ese menjunje sacaba la poca rebeldía que le quedaba en el alma. Adquiría una actitud altanera y desafiante. A la medianoche, ya 16 de julio, Ismael le ordenó ocuparse con un hombre que la pidió para el resto de la noche. Tras algunas horas se abrió la puerta. El hombre se dijo satisfecho y abandonó la fiesta. Con él, sólo dos invitados habían abandonado la reunión. Alejandra estaba pedida ya por otro tipo.

–¡Ya no quiero estar con ningún hombre!– rugió frente a varias personas, lo que intensificó el parpadeo furioso de quien se asumía como su dueño.

–¡Ya me quiero ir!– secundó Tania.

Ismael apaciguó el motín con un puñetazo en la cara de Alejandra.

–¡Déjame ir!– suplicó ella con las lágrimas rodando sobre el incipiente moretón.

–Tú harás lo que yo diga– miró El Güero a Tania y luego a Alejandra. –Te voy a matar porque no es lo que tú quieras, es lo que yo dije. Eres una hija de la chingada, eres una puta, una piruja y te voy a mandar mucho a la verga. No vales nada –vibraba el hombre.

La parranda estaba en su clímax y transcurría con el sonido a máximo volumen. Varios parroquianos mantenían relaciones sexuales.

Ismael jaló a Alejandra del cuarto en que estaban por el cuello de la blusa negra y la arrastró hacia una planta superior de la casa. Demandó la presencia de Adriana, Tania, Nataly y de Isael, El Texis y El Güey Güey, otro ayudante. Rodeó con las manos el cuello de Alejandra y apretó hasta que era inútil hacerlo más. Exangüe, la muchacha se desplomó. Tania gritó.

–¡Cállate o te mato a ti también!– avanzó El Güero hacia ella. –Ya saben que yo no me ando con chingaderas– advirtió al grupo. –En lo que habíamos quedado– se dirigió al Konkistador quien, siempre histrión, se ajustó guantes y pasamontañas negros.

–Me la hubieras prestado para pasar un rato con ella– intervino un cliente.

El Konkistador y otro hombre cargaron a Alejandra y la metieron a la cajuela del Jetta azul. Ordenaron a Tania subir en el asiento delantero del pasajero y Adriana detrás de ella. Manejó El Güero. Cuadras adelante se detuvieron en el desnivel de Congreso de la Unión y Circuito Interior, junto a una camioneta negra con vidrios polarizados de donde descendió El Konkistador. Los hombres hablaron en la banqueta durante cinco minutos y caminaron hacia el baúl del sedán.

–¿Qué hacemos aquí?– preguntó Tania.

–Nada que te interese– repuso Ismael.

Abrieron la cajuela y entre los dos sacaron el cuerpo y lo depositaron en la calle, bocarriba. El Güero se paró junto a Tania, abrió la puerta y la bajó tomada por el cuello. La soltó y se dirigió a la Explorer. Sacó una pesada cubeta cerrada y volvió después por un garrafón de plástico, lleno de un líquido rosado.

–¿Qué vas a hacer?– temblaba Tania. Adriana estaba petrificada.

–Cállate.

El Konkistador vació el líquido de los dos recipientes sobre el cadáver de Alejandra. El Güero volvió sobre Tania y la tomó por un brazo que giró por la cintura hacia la espalda y llevó la muñeca hacia su nuca. La muchacha gritó y él la guió hasta la chica muerta. La reclinó para acercar las caras de ambas.

–¿Qué vas a hacer?– gemía Tania con un hilillo de voz.

–Esto es para que aprendan a no jugar ni a burlarse de mí.

La liberó y alejó de un empujón. Llevó una mano al bolsillo y extrajo una caja de cerillos. Recorrió el cajoncito de cartón y tomó un pabilo. Talló la cabeza contra la lija y lanzó la diminuta explosión hacia Alejandra. La flama atravesó el vapor del combustible y ates de tocar el cuerpo la noche se incendió.

***

Ismael Guzmán Flores. Foto: Archivo

Tres semanas después, ya en la tarde, Ismael recogió a Nataly y Tania. Manejaba la camioneta negra de vidrios oscurecidos. Al lado iba sentado El Konkistador.

–Súbanse, pendejas. Les dije que íbamos por las cosas– en referencia a las maletas para cambiarse e ir a una fiesta. Llegaron a una casa blanca de dos pisos. Ismael abrió el zaguán y metió la camioneta. En el interior había 20 hombres y 15 mujeres. También el hermano de El Güero y El Texis.

–Estoy cansada de trabajar– reclamó Tania.

–No rezongues. Yo mando y si sigues así te pasará lo mismo que a Alejandra.

–¿No te hartas de todo el dinero que te doy?– se envalentonó Tania.

–No. Me falta dinero para la casa– en referencia a la casa de sus padres en Puebla.

Tania vestía mini falda rosa pastel de licra, tanga roja con moño blanco, zapatos blancos de plataforma con suela transparente. Llevaba una cadena de oro diamantada en el cuello de la que pendía un Cristo de oro rojo. Relucía una mariposa tatuada en su espalda.

Se acercó un hombre interesado en ocupar a Tania la noche entera. Ismael recordó que la tarifa, si continuaba el uso de la mujer ya entrada la mañana, sería de 6 mil pesos más. Cabizbaja, la niña caminó con el cliente hacia una de las camas.

–¿Por qué me hiciste pasar toda la noche con ese cabrón?– se empecinó Tania apenas quedó libre.

–Para eso eres una puta.

–¡Pinche mantenido!

Difícil pensar en un agravio mayor para un macho que ciertamente es eso.

Ismael la golpeó con el puño cerrado en la cara, siguió a la espalda y continuó por todo el cuerpo. Tania resistió y evitó caer. El Konkistador intervino y la pateó. Se sumaron Isael y El Texis. Tania tocó suelo, pero se levantó. Ismael la tomó por los cabellos y la empujó hacia una esquina. Tania perdió el conocimiento. “Los clientes tampoco hacían nada, se reían, hasta brindaban de que la estaban golpeando”, recordaría Nataly. Ismael quiso dar por terminada la fiesta, pero había demasiada gente aún, muchos en servicio.

–Apúrense. Tenemos que subir a esa pendeja– y también ordenó a Nataly ir con ellos. Colocaron a Tania en el maletero del auto y circularon durante una hora. Llegaron a un lugar cercano a la carretera. No había casas ni luz. Sólo árboles. El Güero y El Konkistador bajaron del auto y, entre los dos, descendieron a Tania y la tiraron al suelo.

Tania susurró.

–Ayúdenme, por favor– repitió el susurro varias veces.

El Güero se paró a su lado.

–Te voy a terminar de matar para acabar con tu sufrimiento– El Güero sacó su arma, ajustó un cilindro en la punta de la pistola y disparó a la cabeza de la mujer inerte.

El otro cubrió el cadáver.

Nataly no lograba contener el llanto.

–Cállate o también te mato– advirtió El Güero y siguieron en silencio el camino a la casa de Oriente 10, en Ciudad Neza. El explotador abrió la puerta y Nataly entró. Para ese momento ya sólo vivía con Tania. El candado se cerró detrás de ella y quedó a solas. Antes escuchó:

–Si te vas de aquí pendeja, te vamos a matar. Si dices algo te va a cargar la chingada a ti y a toda tu familia. Si me denuncias, nadie te va a creer porque eres una puta y a las putas nadie les cree y a mí no me meten a la cárcel, y si me meten te encontraré para matarte– advirtió Ismael con un tono que lo hacía parecer como si no hubiera pronunciado las mismas palabras ya decenas de veces.

*** 

Nataly se arrodilló en un instante de discreción con Adriana, una veterana independizada que en ocasiones completaba el grupo de mujeres utilizadas por Ismael en las fiestas. Adriana entendió que sólo era cuestión de tiempo antes de que El Güero asesinara también a Nataly y la ocultó en el hotel que vivía.

Adriana se llevaba el dedo índice a la boca cuando sabía que Ismael andaba cerca, enloquecido, buscando sus 10 mil pesos diarios.

–Se fue en un taxi– se aplomó Adriana frente al Güero.

Nataly se escurrió a la mañana siguiente. Visitó a sus padres y continuó la fuga. Se guareció en algún lugar desconocido y denunció.

Reapareció dos años después, cuando El Güero fue detenido, el 24 de marzo de 2009, y era necesario que alguien lo señalara y dijera “él me prostituyó, él las asesinó”. Los policías la llevaron al Reclusorio Oriente y en una oficina le mostraron un hombre con pantalón y camisa color beige y tenis rojos. Tenía un lunar en la mejilla derecha cerca de la nariz. Apretaba los ojos al ritmo de su incontrolable tic nervioso. Nataly entró en crisis de llanto. Temblaba. Gritó que se lo llevaran.

Ismael era prolífico en cambiar su identidad. En su historia penal aparecen al menos cinco pseudónimos, el de Ismael incluido. En realidad se llama Alejo Guzmán Flores. El Güero no era tampoco su principal sobrenombre, sino El Conejo. El nombre se conoce pues así aparecía en su credencial electoral con domicilio en Tijuana. No fue el único documento que encontraron en sus bolsillos cuando lo capturaron en la capital de Puebla. Llevaba una estampita con la imagen religiosa de San Miguel del Milagro, Tlaxcala. Al reverso aparecía una promesa contra la embriaguez a nombre de Alejo Guzmán Flores sellado por el curato parroquial de ese santuario sembrado en tierra de padrotes.

“Es falsa la imputación que obra en mi contra por homicidio calificado en contra de Alejandra, a quien nunca conocí. Es mentira que me dedique a prostituir o talonear mujeres”, se defendió e invocó su paternidad responsable de cuatro hijos, incluidas tres mujeres. Otra mujer, Dominga, la madre que trataba con desprecio. “Mi hijo Alejo no hizo nada y no salió porque ese día –el del asesinato de Alejandra– estuvo en la casa, porque ese día le hicieron un convivio por su cumpleaños”.

Los jueces condenaron a los acusados a pagar 189 mil 600 pesos correspondientes a 240 sesiones de tratamiento psicológico para Nataly, quien fue aplastada durante los dos años de su cautiverio por unos 35 mil hombres.

En particular, El Güero recibió la sentencia de 63 años de prisión y el pago a los deudos de Alejandra, como indemnización del daño material y moral causado, 38 mil 449 pesos. Pero esto último no se ha cumplido y lo más probable es que nunca lo haga. Desde el 9 de septiembre de 2006, el cadáver de Alejandra – nadie, con excepción de su asesino no confeso, supo su nombre– quedó enterrado en la fosa común del Panteón de Dolores, a metros de la Rotonda de los Hombres y Mujeres Ilustres.

* Declaraciones, peritajes y reportes policíacos contenidos en el toca penal 585/2011 resuelto en sentencia definitiva el 4 de julio de 2011 por la Octava Sala Penal del Tribunal Superior de Justicia del DF. Causas penales acumuladas 101/2009 y 114/2009 por los delitos de homicidio calificado, lenocinio agravado y delincuencia organizada agravada abiertas contra Ismael Guzmán Saucedo o Isael Guzmán Flores o Ismael Guzmán Flores o Alejandro Guzmán Saucedo o Alejandro Guzmán Flores alias El Güero o El Conejo. Los nombres en cursivas son los asignados a las mujeres durante el ejercicio forzado de comercio sexual y así aparecen en el expediente.