Vivimos una exaltación permanente, que por lo mismo, también ha mutado su naturaleza. Foto: Especial.

El parpadeo de la vida importa por su potencial experiencia de eternidad que representa, existe un anhelo innato en ello.

Nuestros días y noches, lo sabemos bien, se convierten en horas, minutos y segundos hasta ser destellos de memoria.

Los sentidos suelen invocar esos años idos; minúsculas  huellas en las extraordinarias madejas  del cerebro. Aromas, texturas, imágenes, sonidos, convocan mundos que creíamos extintos.

Es difícil decir que esta época es mejor que las anteriores. Lo cierto es que estamos más agobiados mentalmente por las avalanchas intermitentes de imágenes, información y ruidos. Lo externo se ha vuelto dominante. “El grito” de Edvard Munch, el expresionismo en general como una de las tradiciones del arte, intuía ya esa alta tensión que emerge de nuestra cotidianidad; la tensión de la psique en su andar por el frágil puente de la vida, que se ha incrementado en nuestro presente.

En la multiplicación constante de bienes y productos, que representa la sociedad de consumo, creemos encontrar el rostro de la libertad. Es el triunfo de la exterioridad, del imán de los sentidos capturados por la satisfacción inmediata de los deseos. Ya no es la cultura del hedonismo, este ha sido aplastado, exprimido al máximo; desvastado por los excesos que desfiguran aún su excelsitud posible.

Vivimos una exaltación permanente, que por lo mismo, también ha mutado su naturaleza. Si pudiéramos representarlo en un paisaje, estaríamos ante un precipicio, no ante una montaña, por la precipitación dominante, por la perforación de la tierra y la mente, que deja esa sensación de agotamiento existencial, por la caída al vacío. La montaña ya no nos pertenece, no tenemos ni paciencia, ni tiempo, e incluso ni voluntad y deseos de subirla.

Cada día preferimos arrojarnos a esta rutina, y si no lo hacemos ella misma nos atrapa en su continuo parloteo electrónico. Es como un taladro, ya no el martillo, este se ve torpe, lento. Los instrumentos abren el instante y permiten que se adueñe del mundo, estamos convocados cada minuto, cada respiración a conectarnos. Somos los asiduos clientes del espectáculo sin fin.

El día y la noche se están desintegrando. Podemos manipular la luz y la oscuridad a nuestro antojo. Es la cultura del instinto convertido en nuestro dominio, tenemos ese poder masivo e individualizado de prender y apagar el mundo, de elegir el drama, las tragedias, las comedias y de sacrificar a la muerte misma,  vaciándola al exponerla como un personaje más de esta trama que una y otra vez se reedita.

La rebeldía de los “memes”, ese mismo oxígeno del humor, se resiste a su propia trampa de transformarse en el hábito de una competencia que termina por recrear el espectáculo completo. Tiende a ser un adhesivo más.

No se trata de negar este océano electromagnético que llaman “ciberespacio”, ni sus logros, pero si se necesita advertir de su desquiciamiento que se asume como normalidad en la propia psique individual y colectiva.

Hay un desbalance que preferimos postergar, menospreciar, o ignorar al no poder caminar en la vida ya sin necesidad de mediaciones electrónicas.

El éxito de los “zombis”, en el espectáculo de la ficción no es ajeno a esta hipnosis que se exalta y se reafirma así como expresión de la creatividad y la libertad tecnológica. No reflexionamos sobre la naturaleza de ello, sobre el alcance de sus dimensiones en el quehacer humano, preferimos apostar a un silencio que confirma la aceptación de cada renovado invento del cual debemos de participar poseyendo. Si, esa es  una de sus virtudes distribuir por millones la capacidad de poseer; no importa el costo, mientras el negocio lo permita.

La igualdad del consumo tecnológico es la síntesis de la utopía socialista y la realidad capitalista. Ahí se gesta lo que vendrá sin que podamos aplicar un ultrasonido a este próximo parto, que sin duda apunta a ser el rostro de una mutación impredecible.

Hay en ello, una sustitución de la fuente de la vida, el endiosamiento puede ser jerárquicamente distinto, pero su realidad es total, alcanza a millones.

Somos estos pequeños dioses que expandimos nuestras imágenes sin fronteras, ni límites, cualquier deseo está al alcance de nuestra mano, la virtualidad es nuestra propia historia de la encarnación.

Nosotros también pretendemos encarnar en cada imagen que editamos y propagamos. Ya no son las evocaciones de la memoria dentro de uno, si no la exhalación, el sudor tecnológico de nuestra finitud.

La nueva idolatría forma parte importante de la actual circulación económica, y se ha convertido en un bien cultural que se renueva continuamente en sus capacidades de “tecnología total”; es en mucho el soplo de las ganancias.

En todo ello se ha ido perdiendo una tradición milenaria que nos permitiría recuperar la proporción de las cosas, ahorrándonos lo que podemos denominar como un “desgaste civilizatorio”; me refiero a la antiquísima practica de la devoción, que abarca el conocimiento holístico del individuo, la sociedad, la naturaleza y el planeta.

La devoción es un conocimiento que requiere de disposición interior; y del silencio previo para reconocer el lugar donde estamos.