“Uno de los tipos más divertidos que jamás leerás. Rápido, deslumbrante, como una tormenta eléctrica”, ha dicho Alan Moore. El Olimpo del heavy metal incluye yonquis, satanistas y asesinos, cristianos renacidos y abstemios, trotamundos millonarios que encadenan conciertos multitudinarios durante toda su vida y jornaleros que se dejan la piel en salas donde se escucha hasta la cisterna del baño. Esta es la historia.

Ciudad de México, 14 de julio (SinEmbargo).- Esta es la historia de una red mundial de rabiosos fans que escapan de la vulgaridad cotidiana a través de la música, de estrellas épicas que viven en planetas lejanos con dioses de otras épocas, de villanos corporativos que rompen el corazón de esos fans y estafan a las leyendas musicales para llenarse los bolsillos.

El Olimpo del heavy metal incluye yonquis, satanistas y asesinos, cristianos renacidos y abstemios, trotamundos millonarios que encadenan conciertos multitudinarios durante toda su vida y jornaleros que se dejan la piel en salas donde se escucha hasta la cisterna del baño. Con un saber enciclopédico y una pasión inquebrantable, el humorista y erudito del metal Andrew O’Neill repasa la gran historia (jamás contada o muchas veces malinterpretada) del heavy metal. Son historias de exceso sobre nombres cruciales, de Ozzy Osbourne a Metallica pasando por Lemmy y escenas milagrosas, desde la nueva ola del heavy metal británico hasta la escena underground del black metal noruego.

Si estás asintiendo con la cabeza, o directamente haciendo headbanging en la librería, este es tu libro. Si estás diciendo que no, también deberías leerlo para entender por fin esta música, este modo de ver el mundo.

Lo que es heavy y no es heavy y a veces no tiene nada que ver con la música. Foto: Especial

Fragmento de La historia del Heavy Metal, de Andrew O’Neill, con autorización de Blackie Books

Introducción

¿Qué es el heavy metal?

En los albores de la humanidad,

antes de que naciera el Sol,

antes de que existiera el universo, todo era negro.

Negro. Negro. Negro.

Y llegó el Big Bang,

el riff más atronador que jamás se había oído…

Y después del Big Bang,

el tiempo de Planck, las partículas y calor, mucho calor.

El universo se expande y empieza el tiempo.

Encendida la gravedad, estrellas y planetas confluyen.

En el mundo hay dos tipos de personas: los fans del heavy metal y los gilipollas. No te preocupes si estás en la segunda categoría: soy muy persuasivo. El heavy metal es el más duradero de los géneros musicales modernos. A lo largo de casi cincuenta años, el sonido distorsionado de las guitarras de unos melenudos ha conseguido que la gente sacuda la cabeza, expanda la mente y fragüe amistades de por vida con personas afines. Mientras otros estilos musicales inferiores van y vienen al capricho de las modas, el heavy metal resiste. Es una constante.

A pesar de ser un fenómeno global que hace las delicias de millones de personas, parece que el heavy metal no se acaba de entender del todo. Desde un principio, el heavy metal se posicionó como un estilo artístico que iba por libre y fue ninguneado y ridiculizado por mezquinos críticos musicales y los guardianes de la cultura popular “aceptable”. Lester Bangs, de Rolling Stone, dijo que el revolucionario álbum de debut de Black Sabbath sonaba “como Cream, pero en malo”. Para muchos profanos, el heavy metal es simple, insolente, primitivo, chabacano e incluso violento.

Pero no pasa nada. No necesitamos que les mole a los rancios adalides de la cultura mainstream. Nos lo pasamos demasiado bien para que nos importe una mierda lo que piensen.Porque sabemos lo que se pierden: la subcultura más extensa, efervescente, creativa, inteligente, extrema, desternillante y hedonista del mundo.

Como Fenrir cuando devora al Sol, el heavy se extiende por toda la cultura, engullendo y cagando influencias a su paso. Y sí, a veces es torpe y chabacano, como Venom o Carnivore. Pero también puede manifestar un increíble virtuosismo y refinamiento musical, como pasa con el grupo favorito de todos los profesores de guitarra: Dream Theater. El heavy puede ser hilarante, tanto intencionadamente —pienso en la comedia gonzo de Devin Townsend— como cuando intenta dárselas de solemne y no lo consigue.

El heavy puede elevar el espíritu y ser un canto a la vida, como lo son Judas Priest y Manowar, o ser deprimente como Warning y opresivo como Teitanblood. Cuando alcanza su máximo esplendor, el heavy metal emplea varios de estos elementos a la vez: el increíble éxito de Pantera se debe en gran parte a la unión de la rudeza testosterónica de Philip Anselmo con los guitarreos desbocados y majestuosos de Dimebag Darrell.

Una vez hecha esta defensa, hay que decir que el heavy metal vive en este momento una suerte de reconocimiento tardío en estos medios de comunicación “posposmodernistas” que tenemos. Y si bien, después de años de mofa, el heavy goza ahora de cierta respetabilidad entre la prensa seria —con críticas y reseñas en el Guardian o tesis académicas dedicadas al género—, sigue manteniendo intacta su capacidad de sorprender y confundir.

La historia del heavy metal transcurre en paralelo a la de la propia cultura occidental, como si fuera un microcosmos del mundo. Es una historia fascinante de personajes descomunales dados a los excesos, desde los conocidísimos Ozzy Osbourne o Lemmy a la brutal mala fama de la escena black metal noruega. Es la historia de una red mundial de seguidores fanáticos que escapan de su vida cotidiana a través de la música y de unos capullos despiadados que estafan desde sus sellos a estos fans y a los grupos a los que veneran para llenarse los bolsillos. El extenso panteón de músicos de heavy metal incluye a yonquis, satanistas, asesinos, cristianos renacidos, abstemios, multimillonarios que actúan en estadios y machacas que tocan en cualquier antro. Desde su incubación en las plantas siderúrgicas y fábricas de las Midlands británicas hasta su llegada a los escenarios de festivales de todo el mundo, pasando por su presencia en las habitaciones de adolescentes o en las cenizas de iglesias noruegas carbonizadas, el heavy metal ha dejado huella en todos los rincones del mundo.

El heavy metal puede parecer intimidante para los no iniciados y, si bien es el hábitat natural de maleantes e inadaptados, gente que vive al margen de la sociedad, también consigue ser una subcultura democrática que tiene los pies en el suelo y recibe con los brazos abiertos a todo el mundo. El amplio paraguas del término heavy metal engloba a bandas de gran éxito que actúan en estadios, como Iron Maiden, pero también a habitantes de los suburbios más extremos del metal como Deiphago o Revenge, nihilistas y underground de verdad.

En su vertiente más populista, el heavy llega a todo el mundo. Uno de mis recuerdos preferidos de los veinte años que llevo como jeviata fue presenciar cómo Metallica convertía a la causa del heavy metal a miles de festivaleros en Glastonbury. Era la primera vez que asistía: hasta entonces me había resistido al influjo de ese festival sin apenas esfuerzo, ya que tenía entendido que solo era una sombra comercial de su antiguo yo contracultural. Me divertía la idea de que un grupo de thrash metal9 fuera cabeza de cartel en vez del típico grupo de indie pop desustanciado. Y Metallica fue la puta caña. Bueno, a las personas que tenía a mi alrededor les incomodó un poco que me desgañitara gritando “¡MUERE, MUERE, MUERE!” y también les desconcertó mi continuo headbanging, pero después de su frenética actuación, se creó un ambiente increíble, una especie de comunión colectiva. Pijipis con rastas y garrulos puestos de eme, codo a codo con novatos con los ojos como platos e indies que iban de superiores: todos disfrutaban de modo visceral del PUTO HEAVY METAL. Un grupo que —incluso ahora— abandera la escena alternativa del heavy metal extremo se había metido en el bolsillo al público más mainstream de todos. No hay duda de que el metal es para las masas.

En los últimos tres años he representado mi espectáculo de humor La historia del heavy metal por Andrew O’Neill ante una gran variedad de públicos: desde metaleros adolescentes del Download Festival a sesudos espectadores de teatro del festival Fringe de Edimburgo, pasando por auditorios escandinavos especializados en “comedia y heavy metal”.

Esta es una historia para todos, y este libro me ha brindado la oportunidad de añadirle más sustancia y profundizar aún más en la historia de la música, la subcultura y los personajes que le dieron forma.

Antes de que nos zambullamos de cabeza en el negro reino del caos que es la historia del heavy metal, probablemente debería definir qué es (y, aún más importante, qué no lo es). Las fronteras del heavy llevan las cicatrices de ese tipo de guerra interminable que aparece en la historia “Genesis of the Daleks” de Doctor Who. Día y noche se libran batallas por todo el mundo para defender si tal o cual grupo es heavy o no: en conciertos, garitos de rock y, con mayor vehemencia, en ese devastado erial que es la sección de comentarios de cualquier página de Internet.

Tomemos, por ejemplo, las sabias palabras de “Blackadder367”, aparecidas bajo el vídeo oficial de “Ace of Spades”:

A las discográficas no les importas tú, ni Motörhead ni nadie. Solo quieren sacar probecho (sic). Dejar que te coman el coco sobre los tipos de músicas (sic) o lo que sea es un desastre. Lo hacen por propaganda, para vender más y controlar el mercado. [sic. Evidentemente. El énfasis es mío.]

Para ser justos con Blackadder367 (y con sus 366 antepasados), Lemmy repudió la etiqueta heavy metal hasta el final de sus días y afirmaba que Motörhead era “un grupo de rock’n’roll, como los Beatles” (menuda gilipollez). Sin embargo, es cierto que cuando se empezó a usar el término heavy metal, este tenía connotaciones peyorativas. Se utilizaba a modo de crítica, y esas asociaciones negativas hicieron mella en los grupos clásicos. Incluso Lars Ulrich de Metallica pasó por una fase en la que decía hard rock en vez de heavy metal en las entrevistas. “No hay adultos en el hard rock”, le dijo una vez a Jools Holland. Colega, que llevas la palabra metal EN EL NOMBRE DE TU GRUPO. Tenía el ojo puesto en las ganancias: no quería dejar al margen a un público potencial de pago por las connotaciones toscas que pudiera tener el heavy metal. Juntarse con Guns N’ Roses y U2 en vez de con Slayer o Exodus le estaba friendo claramente las putas neuronas.

Esta necesidad de escapar de las supuestas limitaciones del heavy metal se describe con maestría en la soberbia comedia televisiva Bad News:

Vim: Creo que estás enfocando las cosas mal desde el principio, porque básicamente… no somos un grupo heavy. Esto… somos más sutiles. ¿A que sí, Colin?

Colin: ¿Qué?

Vim: Que nosotros somos más sutiles.

Colin: Sí, somos sutiles, pero… básicamente somos heavies, ¿no?

Spider: Sí, Colin tiene razón, Den. ¡Si grabáramos un disco sería tan heavy que petaríamos el tocadiscos!

Vim: Ya, ya, pero lo que yo digo es que… no somos un simple grupo de heavy.

Den (indignado): ¡Y yo que pensaba que éramos un grupo de heavy metal!

Vim: A ver, ya sé que tenemos raíces heavies y tal… pero lo que quiero decir es que intentamos progresar y romper barreras.

Den: ¿Ah, sí?

Vim: Sí. [Una hora y media después.]

Vim: ¡Oye, que no somos el típico grupo heavy de mierda!

[Den aparca la furgoneta.] Den: No pienso moverme de aquí hasta que Alan diga que somos un grupo de heavy metal.

Por supuesto, esta triple negación del heavy metal antes de que cante el gallo es un anatema para sus seguidores. No solo nos enorgullecemos de que nos guste el heavy, sino de ser heavies. El metal no solo es un género musical: es una subcultura, una manera de entender la vida. Una forma de ser. El heavy metal tiene su propio código de vestimenta; seleccionado cuidadosamente de la cultura motera, del punk, del fetichismo, de los excedentes de ropa militar o de los vikingos, resume todo aquello en lo que se ha inspirado.

Pero no todos los seguidores del heavy tienen esta actitud. Se puede amar el heavy metal y vestir como —dilo bajito— una persona “normal”. ¿Pero por qué coño querrías hacer eso? Si a mí me dan la opción de vestir como un tío de un anuncio de Topman o como Erik de Watain, me quedo con el segundo, gracias. Desde que Judas Priest se animó con el rollo motero gay, la vestimenta ha sido una parte esencial de la subcultura heavy.

Llegamos en este punto a una extraña paradoja: mientras algunos grupos siguen rehuyendo esta etiqueta y parte de los seguidores del género piensa que el tema de la ropa es un poco patético, la cultura hetero ha robado una y otra vez los tropos de la indumentaria heavy y ha intentado ponerlos de moda.

Cada dos años, alguna estrella del pop o presentador idiota de televisión comete una atrocidad; ya sea David Beckham poniéndose una camiseta de Exodus, Kanye West llevando una de Megadeth o el gilipuertas ese de los Jonas Brothers calzándose una chupa de cuero y tocando el peor solo de guitarra imaginable en los premios de la música country.

Es una sutil apropiación cultural. Un intento de aprovecharse del rollo alternativo del heavy. Una gilipollez, vaya.

Hace años trabajé en la tienda de una asociación de estudiantes. Uno de mis clientes habituales solía llevar una camiseta con la imagen de Ozzy Osbourne y la palabra METAL en una fuente germánica. Me di cuenta de que no hacía “el saludo”,a pesar de que yo siempre estaba escuchando heavy en la radio, tenía el pelo largo (como ahora, obviamente) y llevaba una camiseta enorme de Marduk día sí y día también. Así que le pregunté en plan colega: “Eh, tío, ¿qué grupos de heavy te molan?”. “Ah, no —me contestó—, no me gusta el heavy.” Después de aquella respuesta se me empezó a nublar la vista y oí una vocecilla apenas audible que me decía: “Me gusta la camiseta y ya está” antes de que todo se fundiera a negro y perdiera el conocimiento con una especie de zumbido en los oídos.

Nos parece muy raro que “ellos” se apropien de algo que no nos ha dado credibilidad ni relevancia cultural y que a veces nos cuesta alguna que otra paliza. El heavy se protege frente a lo no heavy porque siempre hemos sido nosotros los rechazados. Rara vez es nuestra elección. El heavy disfruta de su condición de ser el caballo perdedor. Y por eso nos divierte (y a veces, nos ofende) que el poder cultural dominante intente apropiárselo. Porque —y esto es clave— no nos vestimos así para ser distintos a los demás. Lo hacemos para ser iguales que nuestros héroes y amigos heavies. Es tanto un símbolo de pertenencia como un acto de rechazo. Es una expresión de lo que somos, más que una afirmación de lo que no somos.

Los idiotas suelen confundir la clasificación de algo como heavy con una especie de validación. Hay muchos grupos de heavy malísimos y otros muchos grupos geniales que no lo son. Pasa lo mismo cuando alguien dice que si algo no le hace reír, no es una comedia. En vez de decir “esta comedia es una mierda”, dicen que no es una comedia. Sucede igual con el arte. O con el sexo. ¿Qué?

En el heavy se ha ido produciendo un aumento de la intensidad del sonido que afecta a estas categorías. Si echamos la vista atrás, quizá nos demos cuenta de que el uso que se les daba al principio a los términos heavy metal o death metal no encaja con el sonido de los pioneros del género, después de que haya habido grupos que conscientemente han elegido este género y lo han desarrollado. Musicalmente hablando, un grupo como Aborted tiene muy poco en común con otro como Possessed, pero ambos son death metal. Si no se tiene en cuenta la evolución que ha experimentado el género entre uno y otro es difícil reconocer que, sin la influencia del primero, el segundo probablemente no habría existido.

Por este motivo, los requisitos de pertenencia al género del heavy metal han cambiado considerablemente con el paso del tiempo. En su momento, Led Zeppelin era visto como un grupo heavy metal. Pero después de que Judas Priest y la nueva ola del heavy metal británico desarrollaran el género y le dieran su personalidad característica, Led Zeppelin ya no encajaba tan fácilmente en él. Para mí, son un grupo con una fuerte predilección por el blues, y no son heavies.

A principios de los setenta, el término se utilizaba a diestro y siniestro.16 Aerosmith, Alice Cooper, AC/DC, Queen e incluso Grand Funk Railroad eran considerados grupos de heavy metal.

Y la razón de todo esto es muy sencilla. En sus inicios, el heavy metal no existía como género. Los grupos de heavy iban por libre. Eran pioneros en un Salvaje Oeste musical.

Hoy en día tenemos la suerte de contar con un amplísimo abanico de revistas heavies especializadas como Kerrang!, Metal Hammer, Terrorizer, Zero Tolerance o Decibel, además de sitios web como Blabbermouth o Metal Sucks, por lo que es fácil olvidar que, hasta finales de los ochenta, los grupos de heavy metal competían con los de pop y rock por aparecer en la prensa musical generalista. El periódico musical británico Sounds desempeñó un papel importantísimo en la consolidación de una escena musical propia para el heavy. Su cobertura de la nueva ola del heavy metal británico o NWOBHM afianzó el movimiento, y su suplemento heavy Kerrang! se independizó y sigue en plena forma en la actualidad, mientras que Rolling Stone, NME e incluso Smash Hits dedicaban espacio a grupos de heavy durante los primeros años de existencia del género. Así que, cuando se decía que un grupo era heavy, se hacía desde la ignorancia, desde FUERA, no desde una posición de reivindicación del género. Del mismo modo que hay periodistas ignorantes que creen que Slayer son un grupo de death metal y merluzos que opinan que Iron Maiden son thrash, casi todo el mundo decía que Aerosmith era un grupo heavy, y de heavy no tiene nada. Pero nada de nada.

Esto me recuerda a un monólogo humorístico de Liam Mullone en el que contaba que la comunidad LGTB de su zona no se creía que su sobrino fuera gay.

La comunidad gay de Melton Mowbray dijo que no era gay de verdad porque no estaba comprometido con la causa. Caramba, qué estrictos se habían vuelto…

Cuando yo iba al colegio, llevar una fiambrera de color azul cielo era prueba más que suficiente para ganarse ese título y mantenerlo durante los siguientes dieciocho años…

No fue hasta mediados de los setenta cuando Judas Priest empezó a aceptar la etiqueta de heavy metal y a abandonar la influencia del blues que unía con un cordón umbilical a los grupos pioneros del género con el sonido del rock and roll de los sesenta.

Echando la vista atrás, parece que hay una marcada división entre aquellos grupos que son indudablemente heavy metal, como Black Sabbath, Judas Priest, Slayer o Cannibal Corpse, y las bandas más suaves y melódicas, menos lúgubres o agresivas como UFO, Alice Cooper y me atrevería a decir que Deep Purple o Led Zeppelin. Con esto no niego la increíble influencia que tuvieron. Y si bien el término protoheavy resulta útil para definir a grupos como Cream, precursores que influyeron en el género, creo que necesitamos otra etiqueta para aquellos grupos considerados como heavy metal entonces, pero no ahora. ¿Hard rock de segunda? ¿Submetal? ¿Light heavy?

A principios de los ochenta, el heavy metal se subdividió como una ameba en diversos subgéneros. Los friquis del heavy ya pueden ponerse a discutir a gusto sobre aspectos todavía más específicos. Vale, puede que un grupo sea heavy metal, ¿pero es black metal? ¿Thrash metal? ¿Death metal? ¿Doom? ¿Crossover? ¿Power metal? ¿Grindcore? ¿El grindcore es también heavy metal? ¿Quién eres tú y por qué estás haciéndome todas estas preguntas?

A su vez, todos esos subgéneros se volvieron a dividir. Sí, el grupo es heavy metal; sí, también es death metal pero, ¿es brutal death metal? ¿Death metal técnico? ¿Death metal melódico? ¿Death metal sueco? ¿Blackened death metal? ¿Death-thrash? El nivel de detalle es prácticamente fractal.

En el fondo, las etiquetas no son importantes. El mapa no es el territorio. Existen a modo de guía descriptiva, pero los límites entre los géneros siempre son porosos. El acento nacional no existe, cada país tiene dialectos que van cambiando según la zona. Los dialectos fronterizos suenan como una mezcla de los acentos de ambos países. Eso se debe a que las fronteras nacionales son una creación artificial del hombre. El acento de Liverpool es una mezcla entre el del norte de Gales y el de Mánchester. El dialecto alsaciano es medio francés, medio alemán.

Un sencillo modo de definir el límite es aclarar lo que NO ES heavy.

Aquí tienes una práctica lista recortable. Llévala en la cartera y utilízala cuando necesites argumentos en una discusión.

COSAS QUE NO SON HEAVY METAL

(a) Cualquier álbum que salió antes de Black Sabbath de Black Sabbath

(b) Lo gótico (c) Guns N’ Roses

(d) El espectáculo Stomp20

(e) Some Kind of Monster

(f ) Prodigy a finales de los noventa

(g) El punk

(h) Nickelback

(i) Tu grupo

Por el contrario, aquí tienes una lista de cosas que sí son heavy metal y que ni siquiera son música:

(a) Los tanques

(b) Satán

(c) El headbanging

(d) El vaquero

e) El cuero

(f ) Las armas de asedio

(g) Las cabras

(h) Las calaveras

(i) Birmingham

(j) Tu madre

Aunque hay cosas que son góticas y también heavies:

Este relato sobre el heavy metal es muy personal y dogmático. Es un tema amplísimo y podrían escribirse libros enteros sobre cada uno de los grupos mencionados en este libro. De modo que trazar una cronología histórica no es ni más ni menos que editar. Cualquier grupo clave podría sustituirse por otro. Este libro no tiene intención de ser exhaustivo; es mi historia del heavy metal. Y espero que os mole.

Nuestro gusto musical suele sustentarse en decisiones arbitrarias que tomamos durante la adolescencia, basadas normal HEAVY METAL GÓTICO IGLESIAS VIEJAS EN RUINAS mente en aquello que escuchan nuestros amigos y hermanos mayores. Y a partir de aquí surge una especie de sesgo confirmatorio. En este libro he intentado mirar con algo de objetividad cosas que me parecen una mierda pero, aun así, seguro que voy a ofenderte. Por favor, no acabes cayendo en que soy yo el que se equivoca. No pierdas de vista que las opiniones son subjetivas.

Y que quien se equivoca eres tú.

Andrew O’Neill. Foto: Blackie Books

Andrew O’Neill: es un humorista anarquista y vegano, con tatuajes de Dr. Who y melenas heavy metal, que a veces se trasviste en escena. No engaña a nadie, porque desde pequeño lo tuvo claro. Nació en Portsmouth en septiembre de 1979, creció en un suburbio londinense y a los diez años ya ofreció su primera actuación cómica. Debutó en el circuito de stand-up en el Laughing Horse, en Candem. Desde entonces ha disfrutado del circuito de clubes de comedia, teatros y festivales musicales en todo el mundo. También es guitarrista de la banda steampunk The Men That Will Not Be Blamed For Nothing. Y escribe libros definitivos, aplaudidos por grandes gurús como Alan Moore, que recogen su visión enciclopédica y apasionada del heavy metal.