México está en boca del mundo. Se habla de México y se piensa en México. Pero no en ese país glorioso y lleno de virtudes, sino en el otro: en el tristemente célebre por las peores razones. Se le llora adentro, se le llora afuera y la gota que derramó el vaso, para muchos, es la desaparición de los 43 normalistas. Y todo el caso: policías que sirven a criminales, un Alcalde de sangre fría –de acuerdo con la evidencia– que ordena matar y mata por su propia mano. La indolencia oficial. La corrupción generalizada que devoró a los partidos. El dolor de los padres. Y como marco, la injusticia social, la pobreza extrema, la ausencia de oportunidades y la impunidad.

Pocos como Juan Villoro para hablar de estos temas.

La periodista Mónica Maristain va conduciendo una conversación larga en la que el reconocido escritor y periodista dice que “a la impunidad en México le podemos añadir el cinismo…”, y desde donde lanza una convocatoria: “La alternativa es un frente cívico y tiene que ser uno que en su misma forma de lucha prefigure la sociedad que desea”.

Villoro también habla de la mansión de más de 80 millones que, de acuerdo con una investigación de Aristegui Noticias, llegó a la pareja presidencial como donación; otra donación.

“La casa del Presidente Peña Nieto –dice–, expuesta en este momento, es realmente una afrenta para todos los mexicanos…”

Juan Villoro concedió una entrevista para hablar exclusivamente de México y su situación política. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Juan Villoro concedió una entrevista para hablar exclusivamente de México y su situación política. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Ciudad de México, 14 de noviembre (SinEmbargo).- Polonia antes de Solidaridad. La India antes de Gandhi. Sudáfrica antes de Nelson Mandela y el fin del Apartheid por él logrado tras muchos años de lucha incesante y gran sufrimiento.

Eso es el México actual para el escritor Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) en momentos en que su país natal, a su juicio, clama por un frente cívico que construya una alternativa posible con vistas a las próximas elecciones.

Con pasión gramsciana, Juan, el entrañable “Juanito” de Dios es redondo, Safari accidental, El disparo de Argón, La casa pierde, entre tantos libros de variados géneros, predica el pesimismo en la inteligencia y el optimismo en la voluntad, tal como lo ordenaba el filósofo y marxista italiano fallecido en Roma en 1937.

Antes de oficiar como anfitrión en el homenaje al poeta Bonifaz Nuño (1923-2013) en el Colegio Nacional, Juan concedió una entrevista exclusiva a SinEmbargo cuya única premisa era hablar de política, de México y no de literatura, la pasión a la que le ha dedicado su vida.

Entre otras cosas, a la hora de especular sobre qué pasaría por la cabeza de Enrique Peña Nieto en estos momentos de crisis nacional, puso en duda la existencia de cerebro en el Primer Mandatario mexicano; ironizó sobre su voz de robot al tiempo que desestimó la capacidad de Andrés Manuel López Obrador para encarrilar los destinos de la Patria.

Le sobra mitin y le faltan dotes de estadistas, fue el juicio lapidario de Villoro aplicado al líder de Morena.

Del súbito amor profesado por la comunidad internacional a un país que no encuentra a los 43 normalistas desaparecidos en Iguala, cree el escritor que se trata de un interés ganado por un pueblo harto que, al fin, dijo basta.

–Ya no quedan lágrimas en México para llorar por los 43 estudiantes desaparecidos…

–Sí, se trata de una situación límite de mucho dolor para todos los mexicanos. Un dolor que ya había aflorado puntualmente para muchas familias durante los seis nefastos años de gobierno de Felipe Calderón y también se había catalizado mucho este descontento con el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad encabezado por el poeta Javier Sicilia a partir del 2011. Creo que ahora ya llegó a un nivel de condensación en el que la gente no puede más. Del “Estamos hasta la madre” de Javier Sicilia, que era un grito de indignación, hemos pasado a un “Basta ya” rotundo y sí creo que es un momento límite, lo que hay que ver es hacia dónde seguimos.

Para el autor de "El testigo", México necesita un Frente Cívico de notables que abra el camino hacia una democracia verdadera. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Para el autor de “El testigo”, México necesita un Frente Cívico de notables que abra el camino hacia una democracia verdadera. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

–Hay, como contrapartida, un fervor por los mexicanos y hasta que les pongan mole a la pizza se les perdona en estos momentos.

–[Risas] Creo que la reacción de la comunidad internacional tiene que ver con una respuesta propia. En México nunca antes habíamos dado una respuesta tan unitaria. El sexenio de Felipe Calderón terminó con 130 mil muertos, más o menos, según cifras oficiales o no oficiales, y eso bastaría para que hubiera una indignación masiva. Además, hubo una pésima gestión política en todos los órdenes y desde luego esto tiene castigo en las elecciones, en donde el PAN pasa al tercer lugar de las opciones políticas, pero claramente no hubo una indignación que articule a la gente como ha sucedido con lo de Ayotzinapa. Creo que hay diversos factores que explican esto. Uno es el cansancio acumulado de todo lo que ha estado pasando y la sensación progresiva de que la violencia nos toca de manera directa y la sangre puede ser nuestra. Ya no hay esta figuración defensiva y muy explicable de que siempre si alguien muere es porque estaba metido en algún ilícito. Esta tesis que tantas veces se manejó de que los que caían eran pandilleros que combatían entre sí. Incluso el Presidente Calderón lo dijo con aquellos muchachos que murieron en Ciudad Juárez mientras tomaban refrescos en una fiesta y los sacaron para acribillarlos. El Presidente se encontraba en Japón y dijo: – Eran pandilleros. Sin conocer el caso desacreditó la posibilidad de que fueran inocentes y los criminalizó siendo que en realidad eran víctimas. De esa sensación de que el mal siempre le ocurre a los otros ha habido un posible acercamiento a la idea de que la violencia es nuestra. El caso de Ayotzinapa, además, tiene que ver con 43 muchachos inocentes, que estudiaban para ser maestros, que son los formadores del futuro. Eran maestros pobres que iban a tratar de capacitar a gente más pobre que ellos. Si no podemos tener esperanzas en ese tipo de personas no las podemos tener en nadie. Entonces, fue la aniquilación de un futuro de México. Esos 43 muchachos tenían familias perfectamente reconocibles y no fueron estadísticas anónimas. Fue un caso muy concreto en un momento en que se tocó fondo y en donde se aniquiló a personas que deberían haber sido protegidas, respaldadas y apoyadas por el Estado. Creo que la respuesta inicial en México ha sido esta vez diferente y nos hacía falta para articular el descontento y generar una empatía muy grande, creando –por así decirlo- una “República Emocional”. No sabemos muy bien hacia dónde va a conducir esto, pero al nivel del sentimiento hay una unanimidad de la respuesta y ha conmovido a la comunidad internacional. Nosotros nos hemos tenido que movilizar más y vemos gestos de personas que no se implican normalmente en política, que pueden ir del Chicharito Hernández a actrices de telenovelas, clamando por justicia y pronunciándose al respecto y prácticamente no ha habido foro, no ha habido frente, donde no se haya hablado de Ayotzinapa. Esta primera respuesta que veo en clave emocional más que en clave política era necesaria para que la comunidad internacional también despertara y Peña Nieto que había sido declarado por la revista Time el gran transformador de México se ha puesto en cuestión, no tanto por su responsabilidad directísima en los sucesos, sino por lo que él representa: un Estado que ha fallado.

–El “Mexican Moment” fue una cosa para afuera… Acá se sabía que no había ninguna cosa parecida a un “Mexican Moment”.

–Enrique Peña Nieto llegó para restaurar el orden. Cerca de mi casa había un grafiti que decía: “Que se vayan los ineptos y que vuelvan los corruptos”. Se consideraba que el PRI era tan sucio como el PAN, pero sabía gobernar o incluso como se dice en México, sabía robar. Robaba pero salpicaba donde había que salpicar. Esta sensación de regreso de quienes hacían política sí se vio reforzada por el Pacto por México -algo único que ocurría después de 12 años de inactividad política-, por las iniciativas de hacer algo en el plano social, por el discurso que consideró que el narcotráfico no era un problema de seguridad nacional sino de salud pública, por declarar cosas como que la verdadera guerra no debía ser contra el narcotráfico sino contra el hambre. Hay una serie de propuestas retóricas y luego las famosas reformas que implicaron 54 cambios en la Constitución, lo cual no es poco. Para mucha gente, todo esto generó la sensación de que se estaba haciendo política otra vez. Ahora, estudiadas las reformas, el detalle, te das cuenta de que muchas de ellas son muy limitadas, otras están mal hechas y otras son directamente irresponsables como la de hidrocarburos  que abre la puerta a una explotación inmoderada en aguas profundas, que no sabemos cómo se va a licitar, cómo se va a controlar, qué participación tendrá el Estado, etc. También el gobierno, en forma muy astuta, le bajó el volumen al tema del narcotráfico que era una obsesión monotemática de Felipe Calderón y al que no hablarlo dejaba de ser importante. Esto lo he platicado con amigos que cubren el tema del narcotráfico y contaban que ahora había menos interés en sus reportajes sobre el Narco, lo cual no quería decir que el tema había dejado de ser importante. Simplemente, ya no tiene tanta resonancia porque el gobierno no habla de él. Nada de esto tiene que ver con la realidad y demasiado pronto la administración de Enrique Peña Nieto festinó las reformas pensando que México llegaba al fin a la modernidad al mismo tiempo cayó radicalmente el precio del petróleo y acontecen escándalos como la casa del Presidente o tragedias como la de Ayotzinapa, cosas que vienen desde hace tiempo y que como una bomba estallaron en el actual inquilino de Los Pinos. Esto lastima por supuesto al Presidente, además de la mala gestión al respecto. Todas las dudas que nos quedan en la investigación…

Enrique Peña Nieto festinó las reformas pensando que México llegaba al fin a la modernidad. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Enrique Peña Nieto festinó las reformas pensando que México llegaba al fin a la modernidad. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

–La reacción tardía.

–La reacción tardía, así es. ¿Cómo es posible que el padre Solalinde tuviera más información concreta de los hechos y dijera: Se llevaron a los muchachos, los hicieron caminar, prepararon una hoguera y los quemaron? Eso lo dijo por lo menos 15 días antes de que se diera la información oficial. Entonces ahí, hay unas lagunas, como hay lagunas en torno a donde fue detenido Abarca, si en Veracruz o en México. La reacción del Presidente de trasladarse a Guerrero y decretar tres días de luto nacional fue tardía. Podría haber mostrado un grado de participación mayor suspendiendo por ejemplo su viaje a China, pero no lo hizo, lo que ha contribuido para que la bomba que estalló en sus manos, lo haya quemado más de la cuenta.

–Ayotzinapa en particular y Guerrero en general plantean una paradoja. Por un lado se tiene la sensación de un narcoestado en toda regla y por el otro Guerreros Unidos parece estar ligado al Ejército más que al crimen organizado…

–Guerrero tiene una descomposición social muy grande y lo que me parece lo más grave de todo esto es que eso ha estado muy documentado en libros como México armado, de Laura Castellanos o Hermanos en armas, de Luis Hernández Navarro…todo está allí. Es la historia de los movimientos armados en Guerrero, que tienen que ver con variables que se mantienen. Una de esas variables es la existencia de caciques locales. Es decir, Guerrero es un Estado donde ha habido impunidad absoluta para ejercer el poder en forma vertical y toda protesta contra esos poderes locales ha recibido la represión. Es un conjunto de cacicazgos respaldados por el gobernador. Digamos que es una cofradía la de autoritarismos la que ha mandado en Guerrero. Hay datos desde los ’50 en siglo pasado de campesinos asesinados por haber participado en algún tipo de insurgencia popular. Entonces tenemos esta variable de impunidad, del poder ejercido de manera absolutamente vertical; un Estado rico por lo que representa el turismo en Acapulco, pero muy pobre, que en los ’60 del siglo pasado tenía un 62 % de analfabetismo y era uno de los Estados más importantes en cuanto a población campesina, pero no en producción agrícola. Ahí, el factor de los maestros rurales ha sido neurálgico porque es un Estado básicamente rural en donde la gente no sabe leer y es entonces sometida por esa razón, con maestros que se convierten en la válvula de superación social y por lo tanto también de crítica y de organización política. Una de las grandes paradojas de Guerrero y eso sí es una especificidad respecto a otros lugares del país, es que ha habido de manera simultánea represión por parte de las autoridades locales, una gran organización popular y una resistencia muy fuerte. La mayoría de los movimientos sociales ha surgido después de graves matanzas. La matanza de Atoyac, la de Iguala, la de Aguas Blancas, que producen sucesivamente movimientos revolucionarios como el de Lucio Cabañas, el de Genaro Vázquez, el del EPR.

–Maestros normalistas…

–Sí, hay que tener en cuenta que tanto Lucio Cabañas como Genaro Vázquez fueron maestros normalistas. Vázquez fundó la Asociación Cívica Revolucionaria, un movimiento descartado por ingenuo por el propio gobierno local. Les llamaban “los civilocos” porque creían que iban a cambiar las cosas por la vía legal. Lo que hacen es tratar de cooptar a Genaro Vázquez, le ofrecen unos terrenos, dinero, una diputación y él no acepta, continúa su lucha, la lucha es reprimida de manera muy dura por lo que considera que su única salida es la lucha armada. Pocos años después ocurrió lo mismo con Lucio Cabañas, un maestro rural, líder estudiantil de Ayotzinapa, una historia casi de manual de lo que va a pasar otra vez en el futuro. Él fundó el Partido de los pobres, también una organización legal que trata de encontrar un cauce de renovación pacífica para sus ideas, se estrella con la realidad y se va a las armas. Después de la represión a la rebelión de Lucio Cabañas y de su muerte, desaparecen 173 personas aparentemente vinculadas con su lucha. Tenemos nuevamente esta dinámica de protesta social organizada y la respuesta en forma de represión social. Así se desata la llamada “Guerra sucia” que da lugar a una represión espantosa en el Estado de Guerrero.

–Una guerra muy sucia…

–Sí, documenta Laura Castellanos la base aérea que está fuera de Acapulco, Pie de la Cuesta, desde la que se arrojaba a los disidentes al mar en el mismo momento en que el gobierno de Luis Echeverría le daba asilo a disidentes políticos de Chile y Argentina, donde los disidentes eran a su vez echados al mar. Hablamos entonces del Estado bipolar y esquizofrénico que siempre ha sido México, pero que en Guerrero adquirió un rango mayor.

–¿El narcotráfico cómo ha operado allí?

–No soy especialista en el tema, pero por las diferentes crónicas que he leído siempre ha estado presente, aunque era realmente muy limitado. En tiempos de Lucio Cabañas y de Genaro Vázquez, sólo se plantaba marihuana, se repartían incluso la ruta entre los guerrilleros y los narcotraficantes. Al calor de lo que ha pasado en el México de los últimos años, el narcotráfico se ha convertido en una variable de apoyo a la impunidad local. Históricamente, en el Estado de Guerrero, esa impunidad ha sido ejercida por el ejército y la policía. Es posible que este ejército en nuestros días, además de la impunidad con que siempre ha contado en el Estado de Guerrero, esté infiltrado por el narcotráfico. O digámoslo así, patrocinado por el narcotráfico a nivel de armamentos, de dinero, de algún tipo de prebendas que reciben. El narcotráfico no es la causa de la violencia en el Estado, pero sin duda ha aumentado los efectos de esta violencia.

La impunidad en el Estado de Guerrero ha estado siempre en manos de la policía y el ejército. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

La impunidad en el Estado de Guerrero ha estado siempre en manos de la policía y el ejército. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

–¿Debemos imaginar un mapa donde aumente la acción del EPR?

–Uno de los ejemplos que tenemos a la mano es el de Colombia. Creo que con mucha arrogancia los mexicanos decimos que “nos estamos colombianizando” y cuando oigo esto respondo que ojalá, porque si pensamos en la Colombia actual, se trata de un país que ha hecho mucho para recuperar el tejido social, para entender que no se trata exclusivamente de un problema militar, sino que tiene muchos ángulos y debe ser atacado mediantes claves educativas, políticas, culturales, de transmisión de valores y por toda una comprensión enorme de la situación. Remontándonos en el tiempo, a los peores momentos de Colombia, vemos que hay circunstancias inevitables en el tema del narcotráfico como la aparición de grupos paramilitares; es decir, gente que se siente indefensa o que considera que el Estado no la protege lo suficiente, ante un vacío de poder empieza a organizar grupos armados por su cuenta. Muy pronto, estos cuerpos armados empiezan a recibir entre sus filas a personas que provienen del crimen organizado. Los paramilitares son un ejército particular pero absolutamente corrompido por aquello que tratan de combatir. Esto lo hemos visto en Michoacán…

–Con las autodefensas…

–Donde esas autodefensas responden a muchas variables, que pueden ir desde las más nobles de los vecinos armados para defenderse, hasta los ex miembros de La Familia o de los Caballeros Templarios que se integran a un grupo y en nombre del pueblo empiezan a dominar una región. El caso de los paramilitares ya lo estamos viviendo; nos falta, hasta donde podemos detectar, el expediente de las FARC, que es justo a lo que apuntabas, es decir, la posibilidad de que una guerrilla se plantee el hecho de recibir apoyo de un cartel, dado que el ejército recibe apoyo de otro cartel. Eso está dado para que suceda, porque no hay ningún control al respecto, teniendo en cuenta de que la soberanía del Estado ha sido totalmente vulnerada. Tenemos la zona del Golfo, especialmente en Tamaulipas, donde el fenómeno es distinto pero igualmente pernicioso; hay un cartel básico o preponderante como ahora se dice para los medios de comunicación que es el que sustituye al Estado en el monopolio de la violencia. Los Zetas, más que narcotraficantes son los controladores de la violencia, tienen una estructura tributaria y las bandas de secuestradores, los narcos, los que se dedican a la piratería pagan comisión a los Zetas para que los dejen trabajar, entre comillas. Tenemos entonces ahí una ausencia total del Estado y una sustitución por parte de un grupo que surgió del propio Estado, porque no hay que olvidar que los Zetas eran cuerpos policíacos oficiales que se integraron a un cártel cuyo capo fue aniquilado y decidieron seguir trabajando por su cuenta. En realidad no se trata de personas que pertenezcan a la onda del contrabando o del narcotráfico, sino al ejercicio de la violencia y su control. Todo esto nos da un mapa donde el Estado es totalmente vulnerado y donde los partidos políticos han perdido toda credibilidad y hay un hartazgo ciudadano enorme. La situación que ahora enfrentamos es por un lado esta República emocional, esta nación del sentimiento, de la empatía, que está bastante articulada y por el otro la necesidad de convertir esto en una respuesta y la construcción de una alternativa.

–¿Cómo se logra eso?

–Para lograr eso hay que pasar por la política y creo que hay un descrédito tan grande en todos los frentes políticos que la única salida es construir algo que todavía no existe. O sea, estamos en Polonia antes de Solidarność, en India antes de Gandhi, en Sudáfrica antes de Mandela. Necesitamos un frente cívico, no necesariamente un líder. Necesitamos una organización que ciudadanice la política.

–¿Puede renunciar Enrique Peña Nieto?

–Creo que no va a renunciar Enrique Peña Nieto y tampoco me parece que esa sea la solución inmediata. Entiendo perfectamente el hartazgo que tenemos y la cultura piramidal de los mexicanos, en donde hay caudillos para todo… tenemos caudillo en el cemento, otro en la televisión, otro en las noticias…

–No parece que en la literatura haya caudillos ahora.

–Por el momento no, pero no desestimes a Fabricio Mejía Madrid. Podría llegar, sobre todo si Andrés Manuel es Presidente [risas]…

–Andrés Manuel es el candidato más votado por los mexicanos en los últimos tiempos, ¿podría hacerse cargo del gobierno en una eventual crisis de mandato?

–Insisto en que nada se soluciona con la renuncia de Peña Nieto y en que lo que tenemos que hacer es construir una alternativa. Tenemos ejemplos a la mano como la solidaridad que se generó con el Movimiento Zapatista en el ’94; las prácticas solidarias con caravanas de apoyo al Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad; los distintos movimientos estudiantiles que ha habido; la articulación en redes sociales de #yo soy 132, es decir, hay estrategias que se pueden ir combinando, pero necesitamos construir eso, frentes muy importantes de renovación. Por ejemplo, incluso desde la iglesia con figuras como el padre Miguel Concha, el padre Alejandro Solalinde, figuras importantes como Lydia Cacho, que han articulado un discurso de indignación ciudadana…

–Pero no son políticos.

–Los políticos han hecho tan mal su trabajo…la política es demasiado importante como para dejarla en manos de los políticos. El gran problema de Andrés Manuel López Obrador, por ejemplo, es que ha demostrado a través del tiempo que es un extraordinario luchador social, una persona capaz de soliviantar las conciencias, espléndido en la impugnación y en la movilización; al mismo tiempo, es una persona sin ninguna visión de estadista. Es una persona que ha recibido agravios e injusticias, pero que podría haber revertido esos agravios e injusticias a favor de su propia causa si hubiera actuado con una inteligencia política que no tuvo y si hubiera querido genuinamente alcanzar el poder.

–¿Cómo es eso?

–Me imagino que en el alma de Andrés Manuel López Obrador hay un rechazo enorme a la posibilidad de ser un Presidente real. Entre estar en la calle en huelga de hambre y tener que administrar un país donde a la mañana tiene que saludar a un embajador del Vaticano y a la tarde besar bebés en una guardería, elige lo primero. Para el temperamento de Andrés Manuel, ser un luchador social es algo mucho más vital y gratificante. Creo que él carece de capital político para articular a las mayorías. El plantón fue un gran error. Lo hizo de manera preventiva, antes de que el tribunal electoral analizara y fallara respecto a las elecciones. Utilizó el plantón como método de presión para obtener un resultado y no como protesta contra un resultado ilegítimo. El capital de movilización política que tiene Andrés Manuel López Obrador es enorme. Hay tres millones de personas que lo van a seguir a todas partes, pero su capacidad de aglutinación es muy baja y es alguien que jamás ha ejercido la autocrítica. La alternativa es un frente cívico y tiene que ser uno que en su misma forma de lucha prefigure la sociedad que desea.

–Pero un frente cívico no puede gobernar México.

–Claro que no, pero lo que puede hacer para las siguientes elecciones es plantear una plataforma política que pueda ganar con candidatos concretos.

–¿Cuál es el político mexicano que respetas?

–Sin duda Cuauhtémoc Cárdenas. Lo admiro mucho y creo que es la principal figura de la política mexicana, la única persona de la que podría decir que tiene un rango de dignidad extraordinario, un profundo sentido de lo que es la política, un gran respeto por el prójimo y que ha tratado de ejercer una postura socialdemócrata autocrítica, informada…ha tenido ya sus oportunidades, podría formar parte desde luego de este frente cívico, pero no podría ser el candidato dentro de cuatro años, creo.

–¿Qué crees que pase por la cabeza de Peña Nieto en estos momentos?

–Bueno, la pregunta anterior a esa es saber si tiene cabeza. Es un Presidente carente de toda capacidad de introspección. Lo hemos visto hablar de manera robótica durante mucho tiempo y sin duda alguna es una persona con cierta habilidad para la gestión y alguna que otra toma de decisiones, pero gobierna de una manera muy aislada respecto al país. No es un Presidente que esté cerca de la gente ni uno que tenga una visión de renovación de México. Las reformas son reformas administrativas que permiten allegarse en corto plazo a ciertos recursos. Por ejemplo, se está modificando la Ley de Parques Nacionales. Es una ley que hizo el general Cárdenas con Miguel Ángel de Quevedo desde los ’30 del siglo pasado y que mantenía un equilibrio ecológico importante para apoyar el abastecimiento de agua para las presas, o sea, propiciando el desarrollo económico sin dejar de proteger la naturaleza. Parques nacionales como el del Nevado de Toluca pasaron así a ser áreas totalmente protegidas, donde puedes practicar la explotación de las maderas, la ganadería, el turismo, la hotelería, siempre y cuando eso no vulnere el ecosistema. En la política de corto plazo que caracteriza la gestión de Enrique Peña Nieto esto puede significar asfaltar el paraíso. Quitarle a las futuras generaciones la posibilidad de tener naturaleza. Lo mismo sucede con la reforma energética. No hay ninguna disposición concreta de cómo se va a controlar la explotación en aguas profundas. Hay la idea de que se debe licitar caso por caso. Hay una comisión de hidrocarburos que lo debe supervisar y hay un consejo de Pémex que también debe intervenir. Cómo van a actuar estas personas, es según su criterio. Quiénes son estas personas, bueno, lo que se dijo es que debía ser gente con experiencia en el ramo y de probada integridad. Se trata de valores totalmente subjetivos. Para ser profesor de la UNAM tienes que tener doctorados, antigüedad, publicaciones, participación en revistas con arbitraje, asistencia a congresos, es decir, hay una serie de cosas que te permiten fungir como profesor, lo que tampoco quiere decir que por eso te conviertas inmediatamente en un buen profesor. Aquí, en cambio, no hay el menor candado para que alguien que por ejemplo haya ejercido cargos políticos esté en estas comisiones. Ya hubo un caso de conflictos de intereses en el caso de Luis Téllez, quien tiene intereses en compañías de hidrocarburos y al mismo tiempo iba a asesorar al gobierno en este rubro. Peña Nieto es un Presidente del corto plazo. Ha podido plantear lo que él considera que son resultados significativos de corto alcance, pero que le dan dinero. Lo hemos visto en la reforma de las telecomunicaciones. La original aprobada por el Congreso era extraordinaria, muy democrática al permitir la participación de minorías, la presencia de ombudsman autónomos y que luego fue rediseñada en Televisa y aprobada con modificaciones, pero que no cumplió con lo que se esperaba.

–¿Qué sigue? La corrupción, como lo muestra la casa de Peña Nieto, parece no tener límites. ¿Cuánto dinero, cuántas cosas materiales, puede necesitar una persona para sentirse poderosa o feliz?

–A la impunidad en México le podemos añadir el cinismo. Yo escribí un artículo nada original porque otros compañeros también lo hicieron en el que analizaba la declaración patrimonial del Presidente y su gabinete. Hay varias propiedades que tienen que no responden a ser producto de una compra o de una herencia. En varios casos se decía que eran donaciones, o sea, hay una economía de la dádiva aceptada públicamente que se puede incluso consultar en el IFAI. Varios compañeros periodistas se han tomado el trabajo de ver cuándo han ocurrido estas donaciones. No es casual que dichas donaciones se hayan concretado cuando estas personas han empezado a ocupar cargos de importancia en el Estado de México, en el Estado de Hidalgo, algo que está a la luz de todo el mundo… la casa del Presidente, expuesta en este momento, es realmente una afrenta para todos los mexicanos. Creo que hay de todos modos una sanción social muy grande frente a este hecho y lo que quisiera pensar es que la indignación no se va a apagar distrayéndonos con un partido de futbol o las ofertas del buen fin. Quisiera pensar que esto es duradero y que va a encarnar en formas de participación directa y en una respuesta ciudadana que permita transitar hacia una democracia cada vez más directa. El gran problema que tienen las democracias empantanadas es el carácter representativo y sobre todo en sociedades como la nuestra en donde no hay ninguna correlación entre el voto y lo que luego hacen los que fueron votados. Todo el mundo utiliza los cargos como trampolines para otra cosa. La solución a la larga es crear prácticas de democracia directa con participación ciudadana, con fiscalización de todos nosotros. Estamos prácticamente en pañales al respecto. Hay una palabra, intonso, aplicada a los libros que venían con las hojas pegadas y que hace referencia a cuando la imprenta estaba en pañales. Tenemos un país intonso, pero que puede despertar, como suelen hacer los que usan pañales.

–¿Eres optimista?

–Gramsci ha vuelto a tener razón. Debemos apelar al pesimismo de la inteligencia y al optimismo de la voluntad. Las cosas están de la chingada, pero vamos a seguir soñando. Una tía de Jorge Ibargüengoitia dijo más o menos lo mismo con otras palabras: la vida quiso que fuera desgraciada, pero no me dio la gana.