En memoria de Jesús Silva-Herzog Flores

Afirmó un orgullo extraño en la selva de la política,

una dignidad que le permitió resistir la tentación de colocarse

por encima del deber.

Jesús Silva-Herzog Márquez

 

Pintura realizada por Tomás Calvillo

El pensamiento tiene que desmenuzar la intensidad de la experiencia y evitar encadenarse a la velocidad, porque se convertiría en puro revestimiento de pulsaciones e instintos. El pensamiento requiere expandir su propia atmósfera e impedir la epidemia de esta época que se expresa en precipitación y exposición continua, convirtiendo la realidad en ruido intermitente.

Este abuso existencial de la tecnología ha perpetrado un crimen mayor: el de multiplicar al infinito aparente, la ilusión de los egos; apoderándose así del ritmo cotidiano a través de la manipulación consciente e inconsciente de los sentidos.

La cultura pareciera quedar atrapada en el atractivo poder de materializarse en todas las formas posibles, una y otra vez sin pausa alguna.

El tiempo del contenido se ha extinguido, solo queda el cascarón de cada instante asumido como presencias inocuas, pestañeos de una visión incomprendida.

Más que un mundo de fantasías, es un universo encerrado de fantasmas que se reproducen sin reparo alguno.

La misma tragedia se ha diseminado como una constante cuyo dolor y horror se distribuyen cada día hasta asumir un lugar preponderante, aceptado y estéril.

Las consecuencias son solo el remplazo de las víctimas, su encasillamiento en una suma continúa y el perfeccionamiento de las técnicas y formas de la violencia.

Los satisfactorios lúdicos, masificados en variedad de adicciones, que acomodan  las cosas de la vida en las psique individual y colectiva y acompañan como un paliativo hipnótico las huellas del dolor y la expoliación en todas las gamas posibles de la experiencia humana.

Ahí se tejen los discursos políticos repitiendo una y otra vez lo elemental, y alimentando el aparato de dominio, donde los políticos se aferran a un status de  poder mínimo que les permita no desaparecer ante el tsunami que levanta cada mañana la riqueza de unos pocos que arrastra a millones a sus tareas de sobrevivencia.

La vida está codificada desde el amanecer al anochecer. No hay misterio, ni sorpresa; la cadena electrónica sujeta todas las posibilidades, cada vez estamos más inmersos en una programación que nos acota, embriagándonos de tareas que consolidan el escenario de producción y consumo donde la realidad virtual es la matriz.

Somos jeroglíficos en la textura electrónica de su pirámide, esa inmensa pantalla fractal ya nos habita. No podemos distinguir más el espacio, y menos el lugar y su sentido.

La ruptura con la naturaleza es de tal magnitud que nos creemos capaces de reprogramarla; su manipulación exhibida como un acto de suma inteligencia ofrece su costo necesario al ser una prueba que apuesta a dominar el futuro, un futuro cuyo imaginario literario esta cada vez más próximo a la pesadilla de la desfiguración.

El cine como ratificación y magnificación  de ello y los múltiples juegos móviles lo describen con precisión e incluso con la engañosa asepsia otorgada por la realidad virtual.

La alienación de la libertad al mercado de consumo tecnológico tiene consecuencias inmediatas que trastocan  de ipso facto  la naturaleza del tiempo.

Las pausas han sido remplazadas por las opciones que cada instante presenta en los diversos órdenes de información-comunicación, el binomio imparable que termina por intoxicar la misma imaginación, está última se reduce al resultado de una química neuronal, de aguas interiores en continua efervescencia, alimentadas por estímulos visuales y auditivos, sin descartar los del gusto que se multiplican todos ante la apropiación  de un mundo diseñado para explotar los sentidos.

La manipulación es el rostro de este tiempo, y no interesa en ello la frontera del engañó o el sentido mismo de las cosas, todo se suma, se agrega y está en la misma dimensión, todo es igual; la Mona Lisa  convertida en vedette por un anciano, el presidente que dispone a su antojo del destino de miles de seres humanos, las hamburguesas llenando los basureros de un esquina con perros que merodean el lugar, más pulcros que sus dueños.

Que importan los rostros de la guerra, los niños cargados de muerte, mientras los estadios sigan llenos de admiradores de la pelota y sus jugadores.

Todo está codificado, de eso se trata, de no permitir el vacío, el silencio, la interioridad y sus texturas.