“Aunque el conductor entrevistado también reconoció las atrocidades cometidas por los gobiernos del PRI y del PAN, siente que él no puede siquiera influir para cambiar esto”. Foto: Especial

El sábado pasado tomé un auto de alquiler Uber. Conversando con el conductor me comentó que vive en el estado de México. Me fue entonces irresistible preguntarle por quién pensaba votar en la elección de Gobernador del próximo 4 de junio en su estado y si me permitía transmitir nuestra conversación por Facebook live desde mi cuenta, a lo cual accedió con gusto. Me contestó que pensaba votar por el PAN. Su razón fue que “por el PRI ya no porque son rateros y asesinos”, mientras que “el PAN sólo es ratero”. A su respuesta le cuestioné si no era preferible votar por un partido que no sea ni de rateros ni de asesinos, a lo que rápidamente me dijo, “ah, por morena”. Exacto le contesté. Entonces me dijo que estaba bien pero creía que “no van a dejar llegar a morena”. Finalmente llegué a mi destino y le agradecí mucho la conversación al conductor.

De esta anécdota, me llama mucho la atención el grado de indefensión en que se encuentran personas como él. Esta persona es el reflejo de la pérdida de esperanzas en librarse de la dictadura que vivimos en México por parte de millones de mexicanos. Aunque el conductor entrevistado también reconoció las atrocidades cometidas por los gobiernos del PRI y del PAN, siente que él no puede siquiera influir para cambiar esto. En el campo de la psicología, esto se conoce como indefensión aprendida.[1] Esta indefensión aprendida es reforzada por factores culturales del mexicano.

Aunque las democracias no son literalmente –ni nunca lo han sido– el directo ascenso del pueblo al poder, su instauración al menos permite el funcionamiento de instituciones capaces de evitar la dictadura y su permanente derramamiento de sangre. No obstante, las circunstancias para la siempre latente instauración de una dictadura son más propicias en aquellas sociedades con una larga tradición autoritaria. Michael Thompson, co-fundador de la Teoría Cultural junto con Margaret Mead, atina al señalar que “la prevaleciente actitud fatalista (combinación de sumisión y resignación) de la sociedad mexicana de los años 1980s es endémica, bajo la cual la supervivencia de la democracia se torna difícil”.[2] El fatalismo que genera (y es generado por) sistemas políticos autoritarios que han moldeado voluntades durante generaciones independientemente de la clase social en que se encuentren, llevan a una percepción de Estado omnipotente. Este Estado aparentemente omnipotente engendra al ciudadano impotente. El fatalismo mexicano ya estaba presente en el orden prehispánico y fue reforzado con la actitud estoica del cristianismo sincrético mexicano de los siglos XVI-XIX. Sin embargo, ese orden se ha ido desmitificando.

Entre otras cosas, las crisis económicas de los años 1980s y 1990s presionaron a la apertura democrática de fines del siglo XX y a su vez al florecimiento de otras actitudes producto de la emancipación que trajo consigo; apertura democrática que a la luz del tiempo, hoy sabemos fue solamente una farsa democrática. (Al respecto, léase un artículo de hace dos años[3] donde describo en qué consiste la democracia simulada en que vivimos, la cual es en realidad una vulgar dictadura). La desaparición forzada por parte del Estado mexicano de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa fue otro parteaguas que nos terminó de abrir los ojos a muchos.

Luego de todo esto, mientras algunos sectores de la sociedad se convirtieron en individualistas, otros fueron adoptando actitudes igualitaristas. Otro sector, sobre todo el de las generaciones más viejas y fuera de las grandes urbes, permanece fatalista. En la terminología de la Teoría Cultural, los individualistas creen en el crecimiento económico como medio para crear más riqueza para todos, pero en especial para ellos en virtud de, confían, su mayor capacidad[4]. Éstos son más proclives a apoyar a la derecha. Para los igualitarios, el crecimiento económico sólo tiene sentido si lleva a reducir la inequidad, lo que además los hace relativamente menos entusiastas del progreso[5]. Éstos tienden a preferir la izquierda. Por su parte, los fatalistas sólo apoyan al bando que más estabilidad y seguridad les ofrezca, cuya reticencia a vindicar eventuales atropellos a la democracia (provenga de la derecha o de la izquierda) los convierte en el punto más vulnerable de la sociedad civil. Así, mientras izquierda y derecha sigan polarizándose, este grupo es el fiel de la balanza en cada elección. En un sistema democrático de voto universal, ningún grupo es tan maleable como éste, susceptible de sumarse a quien mejor manejo de medios haga –y mejor les pague su voto. El dualismo contemporáneo en México se está entonces conformando no sólo por la división entre izquierdas y derechas, propia del sistema de partidos, sino además por las distintas culturas y actitudes frente a la vida de la sociedad civil misma.

Concluyo regresando a mi anécdota con nuestro amigo el conductor de Uber. Él es fatalista. Su fatalismo ha sido reforzado por su indefensión aprendida por décadas de impotencia contra los fraudes electorales y las atrocidades de la dictadura de PRI y PAN. El fatalismo no es fácil de revertir. Sin embargo, a los fatalistas debemos brindarles alternativas realistas de libertad y empujarlos a tomar una. Morena tiene que construir confianza entre quienes han perdido la fe o nacido sin ella. La construcción de la confianza consiste no sólo en asegurarles que se defenderán las urnas con celo extremo, sino además con demostrarle a la ciudadanía que se tiene capacidad de Gobierno.

  • [1] Véase este video descriptivo de la indefensión aprendida:
  • https://www.youtube.com/watch?v=yCnh4F_Kpcw
  • Léase el planteamiento completo de Martin Seligman, autor de la teoría de la indefensión aprendida:
  • Seligman, M. E. P. (1975). Helplessness: On Depression, Development, and Death. San Francisco: W. H. Freeman. ISBN 0-7167-2328-X.
  • [2] Thompson, M. et al (1990), The Cultural Theory, Westview Press, Reino Unido.
  • [3] Saldaña Zorrilla, Sergio (2015). Cómo detener la farsa democrática del sistema político mexicano. Revista Forbes Mexico. 13 mayo 2015.
  • [4] Un individualista está más en línea con la democracia liberal inglesa y su sistema político predominantemente jerárquico-individualista, que de la liberación humanista del Renacimiento desarrolla con mayor fecundidad su lado individualista, también observable en el pensamiento de Locke y Hume. En los individualistas también está presente un marcado optimismo en la capacidad humana de resolver futuras depresiones a través del progreso técnico. Bajo esa lógica, no es entonces irracional su comparativamente menor preocupación por el advenimiento de crisis económicas, cosa que suelen criticar los economistas keynesianos y marxistas. El mismo optimismo está presente en posturas individualistas sobre cambio climático y calentamiento global, que argumentan que el costo-beneficio de mitigar las emisiones de gases invernadero es negativo una vez considerados los mayores ingresos que se derivarían de una industria que, aunque sea más contaminante, produzca mayor riqueza privada y recaudación fiscal, tal que financie la regeneración ambiental y provea de empleos para todos.
  • [5] Similar a la democracia griega, que duda del progreso y cree más en lo cíclico. De ahí la relevancia del círculo en su filosofía, observables tanto en los escritos de filosofía política de Platón y Aristóteles o en la retórica de Demóstenes en las Filipas.