Doctor Salvador Nava Martínez. Foto: Especial.

-Doctor, usted no va a ser el candidato del PRI para la gubernatura de su Estado.

-General usted se ha de estar equivocando de Estado, porque en San Luis Potosí todavía no se realizan las convenciones del Partido.

-Pues no, doctor, con convenciones o sin convenciones, usted no será el Candidato del Partido, aunque las ganará… Porqué además de tener el voto de las personas, se necesita otra cosa.

-¿Qué se necesita? ¿El Beneplácito del Presidente de la Republica?

-No doctor, al Presidente no hay que meterlo en esto.

-¿Entonces, se necesita el que usted dé su visto bueno?

-Pongámonos que así sea, doctor.

-Pues yo no acepto eso porque usted no es el Partido, el Partido son sus miembros, y son de ellos los votos que busco.

-Mire doctor, espérese, más adelante ya será otra cosa. Por lo pronto le ofrezco la diputación del 1er. Distrito y el dinero que ha gastado en su campaña.

-General yo no ando buscando empleo. A mí me han llamado para que participe como candidato a gobernador porque me tienen confianza, y respecto a lo que usted me ofrece de dinero, eso es una ofensa, pues me califica igual que a todos los que le hablan por teléfono pensando usted que yo le diga que gasté una cantidad mayor de la que se ha gastado para devolver parte de ella y quedarme con el resto. Así General, que muchas gracias por haberme invitado a almorzar. Me arrepiento de haber aceptado, porque  lo que usted me propone es un insulto.

Regresé a San Luis y en un mitin en la Plaza de Armas narré estos hechos. La respuesta del pueblo fue: “seguimos como independientes” y así lo hicimos[1]

Así recordaba el Dr. Salvador Nava su conversación con el Gral. Alfonso Corona del Rosal, presidente del PRI en ese año de 1961.

Sin duda, si uno revisa la historia política contemporánea del país, en ella sobresale la figura del Dr. Salvador Nava. Desde su presencia a fines de 1957, para postularse dentro del PRI con una coalición de fuerzas políticas que enfrentó al cacicazgo de Gonzalo N. Santos. En aquellas fechas un grupo de profesionistas jóvenes aprovecharon la oportunidad que implicaba la candidatura del Lic. Adolfo López Mateos para la Presidencia de la República. En San Luis Potosí se le veía como un potencial aliado debido a su pasado vasconcelista.

La entrevista transcrita al inicio de este artículo muestra con claridad donde estaba el eje de su conducta desde 1958 cuando confrontó al cacicazgo de  Gonzalo N. Santos. En ese entonces sin haber renunciado aun al PRI, el Dr. Salvador Nava como candidato independiente,  logró que su triunfo por la alcaldía de la capital potosina fuera reconocido, no sin antes encabezar una de las primeras y más importantes insurgencias cívicas del país de la segunda mitad del siglo XX.

El oftalmólogo inició así la modernización de los procesos políticos en México. Su criterio democrático, la capacidad para representar a los ciudadanos de un territorio del centro del país, que comenzaba a entrar de lleno al proceso de industrialización, le otorgó la fuerza social necesaria para recorrer ese camino político más allá de los propios partidos.

Cuando el sistema, cuando el estado y los gobiernos atajan y erosionan la vida política y social cotidiana de los ciudadanos; y los partidos, incluidos los de la oposición no logran abrir las vías para los cambios requeridos, entonces aparece esta fuerza cívica, considerada como independiente, que facilita el replanteamiento de los procesos democráticos.

El Dr. Nava desde las batallas de 1958 por la alcaldía de San Luis Potosí, convocó a una coalición de fuerzas, e incluso gobernó con ellas, conviviendo así los extremos: la Unión Nacional Sinarquista y el Partido Comunista además del PAN, expriistas y ciudadanos sin afiliación partidista.

Más de veinte años después volvió a reaparecer e impulsó esas alianzas de los ciudadanos que le permitieron luchar contra otro cacicazgo en la década de los años 80: el de Carlos Jonguitud Barrios. De la misma forma y sin variar en su postura política, logró que izquierdas y derechas acordaran un proyecto común que permitiera otra vez más acentuar los procesos democráticos en el país ante las arbitrariedades de un régimen autoritario.

De la misma manera a principios de la década de los 90, en su última batalla, en aquella ocasión por la gubernatura del estado, insistió en la necesidad de la Coalición y del Candidato independiente como medidas indispensables para dar respuesta a una emergencia política donde los procesos electorales quedaban subordinados al poder del estado.

Luis H. Álvarez, Dr. Salvador Nava Martínez e Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. Foto: Especial

Su lucha de los años 50 y 60 que le valió la cárcel, la tortura, el Campo Militar no. 1 fue poco reconocida en el país; a principios de los 90 fue distinto, su impacto fue nacional. El periodista René Delgado dijo entonces: “Sus pasos los escucha la Nación”. De ellos, en gran parte, derivó lo que en su momento fue una esperanza para los mexicanos, la ciudadanización de los órganos electorales; lo que dio origen al IFE, actualmente el INE,  desgastados hoy en día por los mismos partidos políticos.

Otro de sus logros fue mostrar un camino en medio de condiciones extremas. Un camino que partía de la sociedad misma, de sus ciudadanos capaces de organizarse, de trascender sus diferencias y lograr construir la fuerza política necesaria para implementar los cambios posibles en esos periodos particulares de la historia. Para ello, el Dr. Salvador Nava abogó por la independencia política, es decir, no subordinarse a los intereses y lograr que los principios puedan ejercerse como orientadores de la acción; subrayó la necesidad de las coaliciones que obligan a focalizar los temas fundamentales que una sociedad tiene que resolver en momentos determinados, más allá de sus diferencias.

Carácter y bondad fueron algunas de sus cualidades; evitó el insulto y la soberbia. No se rajó y le preocupó siempre la responsabilidad que asumía cualquier dirigente ante los suyos cuando enfrentaba situaciones límite. No era un iluso, el mismo afirmó que en los principios de su lucha formaron lo que le llamó la “corriente ingenua”, pero tampoco fue un fatalista o pesimista a pesar de que era escéptico  de que los poderosos cedieran.

Aprendió a entender los mecanismos del poder del sistema autoritario que le tocó vivir y encontró las vías para construir espacios públicos democráticos.

Apreciaba la honestidad, la franqueza, la valentía y la amistad; era un amigo en el pleno sentido de la palabra y de alguna manera eso lo tradujo en su quehacer político. Escuchaba, sabía hacerlo, oía a los dirigentes sociales, a los empresarios comprometidos, a las mujeres en lucha, a los dirigentes de partidos, a los que lo acompañaban en las batallas políticas; escuchaba puntos de vista, argumentos y en ese proceso sabía encausar las pasiones, los enojos, las frustraciones, el mismo las vivió en carne propia.

Era un liberal en términos políticos, respetaba los credos religiosos pero no los involucraba en su quehacer. Apreciaba su intimidad, la cuidaba, aún en medio de las tormentas políticas que vivió. Ante el ofrecimiento en los últimos días de que se trasladara   a algún hospital, incluso de otro país para someterse a un tratamiento contra el cáncer que carcomía su vida, respondió que no le interesaba, que lo único que ya quería era una muerte digna en su casa, con su familia y los suyos. Y así sucedió el 18 de Mayo de 1992; hasta en ese trance final fue un independiente.

[1] Tomás Calvillo Unna, El Navismo o los motivos de la dignidad, Formas impresas Káiser, San Luis Potosí, 1986.