“Primer plano”. Foto: Julieta Cardona.

Soy engreída. Escribo de mí porque soy lo único que conozco. Soy entrometida. Incómoda. Una vez mi hermanita me preguntó que por qué llovía y yo le dije: es que Dios está triste porque dejamos de creer en él. Yo no sabía, pero escribió la respuesta en su tarea. Nos fue mal a las dos: ella hizo quién sabe cuántas repeticiones del ciclo del agua y yo acumulé desprecio por las instituciones.

Soy blasfema. Recuerdo cuando me metí a un confesionario y el cura me dio una penitencia pequeñita por un pecado grandotote. Le di más lujuria que compasión y me aventó nomás un par de aves marías porque, como quiera, las lesbianas no van al cielo. Luego salí a carcajadas.

Soy, también, descortés. Ruda. No pregunto de más, me aviento como burra sin mecate cuando veo una franjita de oportunidad. No sé cuál, pero estaba celebrando un cumpleaños; había una fiesta en casa con muchas cervezas y muchas mujeres. La muchacha me había cruzado la mirada un par de veces y pensé algo como “¿será que eso es una señal?”; fui, la tomé de la mano y subimos. Nos liamos y nos tomamos más cervezas. No me pidió permiso ni perdón, solo ayuda: ¿cómo se desabotona esto? Y cuando fue mi turno no le pedí nada: reventé las costuras y, por primera vez, me sentí en la cima de su mundo. Pero todo terminó pronto porque ella estaba enamorada. Soy soberbia. Incisiva. Hablo poco y desde el instinto. De lo urgente. Y cuando no le contesté el teléfono, acampó afuera de mi casa. –¿Puedo hablarte?– No. –¿Por favor? – No. Y azoté la puerta en sus manos blancas y ágiles. En ella. Soy, también, astringente. Un dolor de huevos. Una piedra en el zapato. Una espina. Una navaja. Un escorpión con dos colas.

Soy ordinaria. Tengo la nariz aguileña como mi padre la barba partida como mi madre los labios carnosos como mis padres las piernas fuertes como mi padre la frente arrugada como mis padres el cabello castaño como mi padre las manos cáusticas como mis padres la espalda larga como mi padre la piel morena como mi madre.

Soy alta. Delgada. Torpe. Tosca. Soy delicada en mis facciones pero me muevo como un hombre. Así le rompí la madre a una novia que amé un montón. Jugábamos: ella corría hacia mí y yo la cargaba de frente, luego nos besábamos mientras le agarraba las nalgas, era bien bonito. Otras veces se me trepaba por detrás y me llenaba de besos el cuello y la nuca: me adoraba. Soy, también, sañuda. Yo de ella me vengaba. Cuando la hallaba distraída, corría como imitando la embestida de un toro, la cargaba por el torso y me la montaba en el hombro, y así nos caminaba hasta que me suplicaba bajar a la tierra. Pero esa vez ignoré todas sus plegarias y la estampé contra la pared. La bajé, debió haberme mirado unos cuatro segundos y se fue. Le di en toda la madre, la verdad. Lo que menos le dolió fue aquel golpe. Soy una amante de los malos poemas. Si pudiera recordarlo, me tatuaría completo ese horrible que ella escribió una vez. Se llamaba Poema a mi chica y decía que me amaba porque mi corazón era como un círculo y ella amaba los círculos; que me amaba porque olía bien en la mañana, como a tortillas, y ella amaba las tortillas; que me amaba porque yo era torpe y que quería todo de mí, especialmente cuando comía pizza porque ella amaba la pizza –al fin también era un círculo–.

Soy acumuladora. Colecciono sueños y conversaciones cortas. —Oye, este helado de chocolate sabe a mierda. —Mi madre lo preparó. —Bueno, ¿por qué no le dices a tu madre que haga a un lado la mierda y asunto terminado? —¿Qué sucede? —Veo que quieres pelear, eh. ¡Allá voy! Y le aventé una almohada, pero a ella no le hizo gracia y se sentó frente a mí, ahí en el filo de la cama y reventó en llanto, no sé si por mí o por ella o por su madre o por el helado de chocolate o por todo junto. Me arrepentí y le hablé. —Amor, ¿me perdonas? —No. —¿Por favor? —No. Soy una bola enmarañada de recuerdos.

(…)