Ese mundo de elecciones distintas que algunos padres y madres se empeñan en ocultar de sus hijos, no va a desaparecer, al contrario, se hará cada vez más amplio y visible. Foto: EFE

No hay familia sin herida.
Del deseo y la capacidad de traicionar esa herida para luego reconciliarnos con ella es que nos volvemos individuos nuevos, diferentes, con derecho a la unicidad.
Nadie que no se busque a sí mismo y haga el trabajo titánico de definirse para ser un “uno” puede atravesar este tiroteo que llamamos vida sintiéndose completo.

Antes de seguir y como me ocurre a menudo, encuentro muy pertinente hacer una amable advertencia al público lector: si usted considera que la familia es sagrada y que no debe cuestionarse ni en secreto, o si usted abandera el “con mis hijos no te metas” bajo el convencimiento de que le asiste el derecho divino a imponer su voluntad a las criaturas que son sangre de su sangre, renuncie ya a la lectura de este texto porque lo encontrará aberrante.

Una familia es un sistema, una pequeña sociedad, el corazón de nuestra formación emocional y psíquica, es ahí donde aprendemos los conceptos a los que nos volvemos leales para no ser expulsados de ese clan al que pertenecemos. Qué miedo que la familia nos rechace, qué miedo que mamá o papá se sientan traicionados por nosotros y algún día nos canten el consabido: “yo que lo di todo por ti y así me pagas”. Pum. Ese disparo certero en medio de la identidad es un tiro a matar. Las implicaciones que hay detrás de ello son terribles. ¿Entonces se cría a un hijo o una hija para tener un deudor eterno con una deuda que además será impagable?

Los alcances devastadores de la sentencia, las consecuencias culeras pues, vienen cuando por guardar lealtad a esos conceptos, atentamos contra nosotros mismos y encontramos la manera de no superar a la madre o al padre, de no tener una relación amorosa, de negar una vocación, de negar una orientación sexual distinta a la de ellos o incluso evitamos a toda costa que nuestras finanzas vayan bien para no traicionar el origen cuando lo que nos dio identidad fueron las carencias… son sólo algunos ejemplos, el panorama es infinito.

Pero hay traiciones que liberan. Las traiciones a las lealtades ocultas implican crecimiento, abren una grieta que posibilita un camino para irse lejos y luego regresar con toda la gratitud al lugar de donde salimos pero más completos, menos mutilados. Quienes lo han experimentado saben de lo que hablo.

Las traiciones liberan porque abren paso a la conformación de otros vínculos para quien se atreve a ser diferente pero también para toda la familia, especialmente para los de las generaciones de abajo.

Hay otra cosa de la que conviene hablar, progenitores que demandan al mundo de pervertidos sexuales que no se meta con sus hijos: la familia no es siempre la trinchera de bienestar y seguridad que suponemos.
Tengan en cuenta esto, bienintencionados padres y madres, lo más probable es que si alguien se metiera con sus hijos intentando abusar de ellos, sería uno de su propia sangre. Ojalá que nunca suceda, ojalá que la intuición y la capacidad de ver sin autoengaños active la protección pero las estadísticas dicen que el abuso sexual en menores de edad proviene, en un 60%, de familiares cercanos.

No son depredadores sexuales quienes caminan por las calles pidiendo que no se les discrimine por haber elegido orientaciones amorosas y de identidad de género diferentes. Los depredadores sexuales suelen estar muy cerca y tan emparentados con los menores que perturba y cuesta aceptarlo, por eso intentamos creer, con los ojos cerrados, que los que hacen daño están allá afuera.

Ese mundo de elecciones distintas que algunos padres y madres se empeñan en ocultar de sus hijos, no va a desaparecer, al contrario, se hará cada vez más amplio y visible. Lo dije una vez y lo repito, negarle derechos a quienes son diferentes, es posiblemente un atentado contra los propios hijos cuya orientación aún no se conoce. Cómo saber hacia dónde apuntará su preferencia, la probabilidad de que quieran algo muy distinto de lo que mamá y papá eligieron, es alta. Es una ley de la vida.

Hace un par de días me escribió una adolescente segura de que le gustan las chicas pero angustiadísima por traicionar a sus padres heterosexuales que no lo aprueban. También me contó que quiere ser ilustradora, pero ya hizo el examen de admisión para entrar a Biología, otra bomba que estalló en casa. Que no puede hablarlo con nadie, que su hermano mayor no lo entendería, que se está quedando sin uñas, que no puede dormir.

Mientras leía su mensaje, con el corazón encogido al recordar el abismo que es el mundo cuando toda la vulnerabilidad cabe en una fotografía de identificación oficial de quien recién cumplió los dieciocho años, sólo pude pensar esto: traiciónalos a todos. Hoy lo repito. Traiciónalos a todos.

@AlmaDeliaMC