En el amor, en cambio, se va a contracorriente de la abstracción del lenguaje; se da un descenso hacia la concreción. Foto: Especial.

                                                                                                                     A Beatriz Escalante

Cada palabra sirve para distinguir con ella un conjunto de seres más o menos semejantes: “perro” la usamos para todos los perros sin importar su tamaño, su color o la potencia de sus ladridos; cuando tomamos palabras contrarias: “inteligente”-“tonto”; “tolerante”-“intolerante”… agrupamos en dos bandos a los seres humanos; las palabras funcionan como categorías no sólo para identificar las cosas, sino para agruparlas y ordenarlas. Así, es gracias al lenguaje que nos representamos un mundo integrado y no un montón de experiencias inconexas y únicas. En este sentido es que el lenguaje nos vuelve inteligible el mundo que, de hecho, está compuesto por cosas distintas y singulares: no hay otro perro igual al mío, ni siquiera dentro de su raza; cada perro es único y lo mismo pasa hasta con las gotas de agua.

El lenguaje nos hace ver del mundo su croquis esencial, una mera abstracción y no ese arsenal de detalles que es lo que realmente tenemos ante los ojos. El lenguaje rectifica la mirada orientándola a lo universal y abstracto y, por ello, es contraria a la mirada del amante; el amor no nos muestra del otro su estructura abstracta, sino su concreción individualizada en una persona irremplazable.

Cuando hablamos, cuando pensamos, es muy claro que el mundo se vuelve un comunicado de palabras, de abstracciones; pero también cuando simplemente vemos y nombramos lo que el lenguaje nos nacer mirar, por ejemplo, decimos “pared” cuando estamos ante un muro que no llega a ser tan sólido, alto y áspero que nos haga decir “muralla”, ni tan delgado y endeble que nos haga decir “mampara”. De hecho, siempre que entramos en contacto con el mundo con lo que efectivamente entramos en contacto es con palabras; por eso han dicho los filósofos que el mundo es lenguaje.

En el vínculo amoroso, en cambio, el contacto se da con el individuo individualizado, con su concreción, con aquel a quien incluso no le viene bien ni siquiera su nombre propio, pues se trata, como cualquier palabra, de un término genérico (“Óscar se usa para todos los Oscares). En el amor rebautizamos al otro con una palabra no genérica, un apodo amoroso que solo sirve para designarlo a él. (Es curioso que esos apodos sean reutilizaciones de nombres de animales como “gato” o “paloma”, muchas veces incluso en diminutivo, y antecedidos con el posesivo “mi” o, también, términos abstractísimos que sirven en el lenguaje corriente para referirnos a todo: nada hay más abstracto que “cosa” o “ente” y son denominaciones que en la relación de pareja poseen un destinatario único.)

Las palabras, las reglas, las formas con las que se articula el discurso, el régimen de las preposiciones, los significados impregnados por la ideología de época, en síntesis, el lenguaje particular que usamos es el mundo en el que efectivamente vivimos: no es lo mismo vivir en español que en alemán o en chino: percibimos distinto, la ordenación de lo que está delante es una diferente en cada lengua y, dependiendo del dominio que se tenga de esa lengua, el mundo es más rico o más pobre.

En el amor, en cambio, se va a contracorriente de la abstracción del lenguaje; se da un descenso hacia la concreción. Ilustremos ese feliz aterrizaje en lo particular que es el amor: antes de que el sentimiento pueda despertarse supongo que lo que tenemos delante son “personas” o “gente”, colectivos que implican un montón de individuos sin detalles; cuando la atención se acentúa pasamos, según sea el caso, a “mujer” u “hombre” (lo reduzco sólo a estos dos para facilitar el asunto) o sea, ya fijándonos al menos en el género; pero si el interés aumenta entonces esa mujer u hombre se vuelven “Juan” o “Juana”, “Juanito” o “Juanita”, o sea un individuo en específico con infinidad de particularidades, hasta que topamos, por fin, con “gatito” o “gatita” cuando ese otro ya es irremplazable. Pero, “gatito” o “cosita” todavía son palabra, lenguaje que jala hacia lo universal, hacia lo abstracto. Tiene que llegar ese silencio, que es lo único que se antoja oportuno, en el beso o la cópula; acciones mudas con las que el otro cobra para nosotros finalmente toda su singularidad.

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