Ricardo Chávez Castañeda presentó en la Feria del libro de Mazatlán su novela juvenil Los juegos de la violencia. Foto: Luis Alonso Enamorado / Feliart

Ricardo Chávez Castañeda presentó en la Feria del libro de Mazatlán su novela juvenil Los juegos de la violencia. Foto: Luis Alonso Enamorado / Feliart

El prolífico autor mexicano, uno de los fundadores del Crack, ha vuelto a vivir en México luego de 13 años de residir en los Estados Unidos. En la Feria del Libro de Mazatlán presentó su reciente novela juvenil Los juegos de la violencia y otorgó una entrevista exclusiva a SinEmbargo.

Mazatlán, Sinaloa, 17 de diciembre (SinEmbargo).- “Con la violencia regresó a México ese fatalismo tan característico de nuestra idiosincrasia que consiste en pensar que si me toca, me toca”, dice el escritor mexicano Ricardo Chávez Castañeda (Ciudad de México, 1961), uno de los más prolíficos miembros del movimiento literario del Crack, que en 2016 cumple 20 años y que en sus inicios estuvo formado por Pedro Ángel Palou, Jorge Volpi e Ignacio Padilla, entre otros.

Autor de más de 50 libros, con 20 novelas inéditas, Chávez Castañeda no reconoce haber sido formado por un movimiento literario cuyo legado hoy pone en duda, sino más bien saberse un creador en solitario cuya literatura hace centro en valores humanos como la esperanza, la bondad y la verdad.

En 2003 partió a Vermont para dar clases en el Middlebury College y dice en ese sentido haberse perdido los años en que la violencia se radicalizó en México.

Psicólogo titulado en la UNAM, en 1987 obtuvo el primer lugar en el Certamen Estatal de Cuento del Estado de México, también ganó el tercer lugar en el Quinto Certamen Francisco Mota Mújica del Crea y en la XIII Fiesta Latinoamericana de la Literatura en homenaje a Jorge Luis Borges, en Buenos Aires Argentina.

En 1993 publicó su primera novela Los ensebados y triunfó en el concurso Novela para Jóvenes de la Feria Internacional del libro Infantil y Juvenil en la categoría de cuento con “El secreto del Gorco”.

“Ricardo escribe con el gozo secreto del niño y la melancolía del viejo. La maestría de su obra reside en que sus personajes escriben para explicarse la vida”, dijo Pedro Ángel Palou a propósito de Los ensebados.

“Mi historia en la literatura ha sido de muchos reconocimientos pero de muy escasa lectura”, suele decir, mientras sigue escribiendo, imparable, vertiginosamente.

El autor tiene 50 libros publicados y 20 inéditos. Foto: Luis Alonso Enamorado / Feliart

El autor tiene 50 libros publicados y 20 inéditos. Foto: Luis Alonso Enamorado / Feliart

LOS JUEGOS DE LA VIOLENCIA

–¿Es nuevo el género juvenil para ti?

–No, de hecho esta novela recién editada por Urano, Los juegos de la violencia, fue escrita hace siete años y  tengo otra, Severiana, que creo que es lo mejor que he escrito en ese género. Llegué a la literatura infantil casi por accidente, escribo novelas para adultos como hábito y creo que el lenguaje juvenil es el que más me cuesta, literariamente hablando. Cómo escribirle a la gente que está en el medio de esos dos mundos que entiendo bien, el infantil y el adulto…pero no entiendo bien el mundo juvenil, formado por esas personas que viven en una especie de limbo.

–Además, porque venimos de la época en que un chico de 16 años era todavía un niño, algo que no pasa ahora

–Es cierto. Como no acabo de entender muy bien lo que es la subjetividad juvenil en nuestros tiempos, digo que el género juvenil que hago es el que queda en medio del infantil y el adulto. No sé quiénes son y no sé cómo les llego. Severiana les ha llegado muy bien, al igual que El libro de la negación, que salió con Ediciones del Naranjo.

Los juegos de la violencia remite a Los juegos del hambre

–Efectivamente, pero no fue un título que decidí yo, sino mi agente literario. Nunca tuve un buen título para esa novela, la verdad. La llamé primero “El ser y la nada”, luego “Una historia de la violencia”…Es la historia de una escuela que se propone erradicar la violencia, enfrentándola. Hay mucho maltrato en el colegio y detienen el ciclo escolar para indagar en la violencia, pero como decía Nietzsche, hay que tener mucho cuidado cuando encaras al monstruo porque el monstruo puede darse la vuelta y mirarte.

–¿Y El libro de la negación, de qué va?

–Es la historia de un niño cuyo padre está escribiendo un libro. Este niño ya se ha leído todas las historias de terror existentes y su madre le advierte que tenga cuidado puesto que hay historias más tremendas de las que él ha leído. Él dice: -¡No puede ser! Hasta que comienza a leer lo que escribe su padre y se da cuenta de que es lo peor que ha leído nunca. Él creía que era ficción, pero descubre que en realidad escribe un ensayo sobre la historia de la niñez en el mundo. Y el niño está aterrado de que se va acercando su papá al siglo presente y nunca se detiene la violencia contra la infancia. Lo que hay en el fondo es la relación que existe entre el padre, la madre y el niño. Es un libro-arte diseñado por Alejandro Magallanes, todo en blanco y negro. Empieza diciendo: “Este es el peor libro del mundo, no se lea” y tiene un prólogo donde advierto a los lectores que hay dos finales, uno feliz y otro infeliz y que él tendrá que decidir si lee los dos o se queda con el primero.

–¿Te interesa el tema de la violencia?

–Sí, yo había escrito otro libro titulado Sin aliento, sobre el tema. Es la historia de qué pasaría si nos volviéramos pacíficos. Es terrible. En Sin aliento indagué sobre la paz y en Los juegos de la violencia exploro el tema de la violencia contra la infancia. Sí creo que el justo medio es nuestro lugar. No se puede erradicar la violencia, pero tampoco queremos que se erradique totalmente. ¿Cómo sabes dónde está el equilibrio perfecto entre la paz y la guerra?

–¿Cómo viviste todos estos años en los que estuviste fuera de México?

–Cuando me fui en el 2003, desde los Estados Unidos me llamaba la atención cómo iban creciendo el miedo, el autocuidado, la cobardía, la precaución, los mecanismos de defensa que posibilitaban seguir viviendo en México. Ahora no sé si estamos en el peor momento. Me perdí el proceso de radicalización de la violencia y ahora creo que los mexicanos estamos indiferentes o menos precavidos. Hay una manera de alejar las posibilidades de la violencia para poder seguir viviendo. Está además el fatalismo implícito que ha regresado y que consiste en pensar “Si me toca, me toca”. No hay problema. Eso nos ayuda a enfrentar esta violencia gratuita, excesiva, azarosa y cruel. Nosotros que presumimos de tener un diálogo directo con la muerte, ahora estamos callados. Ya ni siquiera chistes se hacen al respecto.

Nosotros que presumimos de tener un diálogo directo con la muerte, ahora estamos callados. Ya ni siquiera chistes se hacen al respecto, dice el escritor. Foto: Luis Alonso Enamorado / Feliart

Nosotros que presumimos de tener un diálogo directo con la muerte, ahora estamos callados. Ya ni siquiera chistes se hacen al respecto, dice el escritor. Foto: Luis Alonso Enamorado / Feliart

–¿Cómo es la experiencia de la escritura para ti?

–Una vez me becaron junto a otro grupo de escritores, durante un mes fuimos a un lugar paradisíaco de Huatulco donde la única consigna era escribir y escribir. La mayor parte dejó de escribir, porque decían que para qué hacerlo cuando eres feliz. El único que siguió fui yo y, al revés, escribía de la mañana a la noche, me costaba socializar con mis compañeros y desde ahí supe que llevo mi infierno adonde vaya. En Estados Unidos escribí sin parar, no necesito el estímulo de afuera para hacer mi tarea. Si algo puedo saber es que mis proyectos nunca cambiaron. No tengo el sufrimiento o la bendición de otros autores a quienes la vida los va llevando hacia determinado tipo de literatura. He sido consecuente con algo en mí que no acabo de entender. Hago evaluaciones de mi carrera cada determinada cantidad de tiempo y veo que mi camino literario nunca se ha desviado. No importa en realidad el tema, el recipiente que albergará la historia, escribo desde aquel tiempo en que me parecía imposible hacer un libro y aquí estoy, con 70 libros escritos…

–¿Qué fue la Generación del Crack?

–Algo interesante desde el punto de vista sociológico para hablar de las agrupaciones en México, de las reacciones frente a esas agrupaciones, del mercado de los libros…no hubo una propuesta literaria. Cada quien escribía su novela y lo que hicimos fue hermanarnos falsamente por medio de un manifiesto. No me parece que en lo estético sea relevante hablar del Crack. Lo que también le pasó a “La onda”, la palabra se inventó para usarla cuando se habla de alguien del grupo. De pronto alguien hace que resulte interesante volver a hablar del Crack. Ahora, por ejemplo, con los 20 años que se vienen, no se recordará un libro o una estética sino el aniversario, la fecha. No creo que sea interesante a nivel estético, el tiempo es el gran evaluador. Hay libros que no son importantes en su inmediata posteridad, pero luego sí.

–¿Te mantienes en contacto con tus compañeros del Crack?

–No, ayer te decía eso, que creo que también eso fue falso. Los tres fundadores del Crack, Jorge Volpi, Ignacio Padilla y Pedro Ángel Palou sí eran amigos entre ellos, se formaron juntos, además. Yo sólo fui un invitado. Soy muy diferente al patrón del Crack y nos sentíamos incómodos los unos con los otros. Yo siempre estaba al margen y no sabía cómo acercarme. No entiendo sus códigos, sus expectativas.

–¿Cuál era el patrón del Crack?

–Gente muy profesional, en principio. Yo era profesional, pero de otra manera. Gente muy culta. Yo no soy culto. Gente muy formada. Mi educación no fue muy cuidada. Son personas muy inteligentes, al contrario de mí que busco por lugares más emotivos, más intuitivos. Son gente con muchas aptitudes sociales y yo soy un tipo muy solitario, con cero aptitud para las relaciones sociales. Yo me acerqué al Crack para ver si así alguien me leía, porque esa fue mi gran queja durante mucho tiempo, no tener lectores. Y sucedió lo contrario. Durante los primeros cinco años del Crack, empezaron a descartar a los escritores de dicha generación y fue terrible. El Crack eran cinco novelas, de las cuales fueron publicadas tres en 1997. La memoria de los días, de Pedro Ángel Palou no fue publicada sino hasta muchos años después no fue muy vista. La mía, La conspiración idiota, que seguía más o menos los dictámenes del manifiesto del Crack, no fue publicada. A cambio publicaron la novela negra El día del hurón. A partir de ahí, todo lo que publicaron Padilla, Volpi y los demás eran novelas muy light, que nada tenían que ver con esas novelas totales que proponía el manifiesto del Crack.