“Hoy, ¿de cuál hoy hablo?”, se cuestiona la narradora del libro que también se pregunta a lo largo de esta fascinante novela quién es el yo que habla. “La realidad es siempre circunstancial y esta verificación me tranquiliza: lo que cuento es una historia verdadera, pero sólo en la ficción”.

Ciudad de México, 18 de marzo (SinEmbargo).-Los dientes, las sesiones con el dentista, los puentes, el retraimiento de la encía, los postes que se colocan, Drácula, los incisivos de escritores y artistas, las muelas que se extraen y un inmenso inventario de términos, recuerdos y dispositivos odontológicos y vivenciales, fungen como centro neurálgico, como una febril obsesión de la que se desprende un maelstrom que en su vertiginoso andar y fatídico regresar, da cuenta de una existencia en indisoluble simbiosis con la palabra.

En esta novela total caben cuerpo, recuerdos y deseo; sudor, saliva y sangre; horror, belleza y silencio. Por breve herida restituye el fuego a las cenizas de los pasos andados por la autora, cuya irredenta vocación por la búsqueda se toca con el siguiente verso del poeta judío-rumano Paul Celan: “El camino de horas anduvo lo que dije. El camino de horas anduvo lo que callé. Anduvo y anduviste, por lo infinito anduviste, hacia adelante y hacia atrás, hacia ninguna parte, hacia la palabra, hacia allí”.

Por breve herida, dew Margo Glantz. Foto: Especial

Este capítulo se reproduce con autorización de Sexto Piso

Es difícil definir el horror. El gemido demente del terror. Los adjetivos deletrean el horror constelando la prosa de Bataille en el cielo urinario de Historia del ojo o flagelan una grieta para derruir La casa de Usher de Edgar Allan Poe. Pero en lugar de ahogar con su literalidad obsesiva el sentimiento brutal que se intenta convocar, se alcanza una abstracción casi matemática, gracias a la repetición de la palabra horror, de la misma manera en que la repetitiva imagen de la boca abierta y dentada de Inocencio X ,en la obra de Bacon, logra hacernos partícipes de esa desmesura, en apariencia imposible de abarcar y, más aún, de definir o siquiera de deletrear: su desmesura provoca un juego de correspondencias ilimitadas, ocultas en la repetición, como permanece escondida la evidente Carta robada de Poe. La insistencia, la aliteración —implícita en la misma pronunciación de la palabra horror— contradice su obviedad y subraya el sentimiento que se intenta convocar.

Subrayar la palabra con la exuberancia abusiva de su sonido podría ser simplemente cacofonía: en Poe, en cambio, se convierte bruscamente en la metáfora que el abuso mismo hace aflorar: la angustia, el miedo se convocan en la raíz que los engendra. La reiteración provoca la ambigüedad, por el mismo hecho de su repetición intencional. La organización de esta prosa —la de Poe, o de esa plástica, la de Bacon—, determina de entrada su eficacia: la excitación provocada por la repetición excede cualquier límite.

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Thomas de Quincey, el comedor de opio más famoso de la historia, confesaba que recurrió a la tintura de láudano con el objeto de aliviar el más terrible dolor que existe, aun más terrible que los dolores de parto. Dolor lancinante, atroz, horrendo, desesperante, insoportable, ni más ni menos que el dolor de dientes: Eso y solamente eso me impulsó a recurrir al opio, explicaba, comparando su adicción con la de otro opiómano célebre, el poeta Samuel Taylor Coleridge: La obsesión que me persiguió con furia y de manera intermitente toda la vida fue el reumatismo facial, combinado con el dolor de muelas. Dolores hereditarios que quizá, pensaba, hubiesen podido paliarse usando remedios más simples para mejorar la circulación, reducir el dolor, la rigidez y los espasmos musculares, remedios que quizá le hubiesen impedido caer en la adicción. ¿Podría afirmarse que las confesiones de un opiómano son una elegía entonada para celebrar los efectos bienhechores del opio, en su intento por aliviar las torturas causadas por el dolor de muelas? Nadie en Europa está a salvo de ese dolor, afirma De Quincey. Piensa, sin embargo, que es difícil que pueda ocasionar la muerte. Lo desmiento, esa enfermedad puede extenderse a todo el cuerpo, atacar el corazón y provocar la muerte, como bien puede leerse en la obra de Thomas Mann, quien a su vez hace morir a su elegante protagonista —llamado asimismo Thomas— de una septicemia provocada por la infección de una muela, dolencia que aqueja igualmente a Hanno, el único hijo de Thomas y Gerda Buddenbrook, como si la decadencia de la familia y sus miembros se metaforizara en los dientes. (Y Ramsés II, quien reinó en Egipto durante más de sesenta años, murió de una septicemia provocada por los abscesos que tenía en los dientes).

El comedor de opio, libro autobiográfico, escrito para desmentir una calumnia de Coleridge, fue concebido en realidad, insiste su autor, no para ensalzar el poder del opio y sus efectos sobre la enfermedad y el dolor, sino para intensificar el poderoso y sombrío mundo de los sueños. En suma, el opio como inductor de sueños y alucinaciones. El opio parece poseer una virtud específica, no sólo para exaltar los colores del escenario soñado, sino para ahondar sus sombras y sobre todo para fortalecer el significado de sus terribles realidades, declara De Quincey en Suspiria de profundis, donde relata su tercera y más irreducta caída en la opiomanía. El opio en la Inglaterra de su tiempo se vendía en las farmacias y era muy barato, se usaba universalmente por todas las clases sociales. Las damas de compañía y las nanas les daban gotas de láudano a los ancianos y a los niños para adormecerlos.

Los juegos de infancia de los Brontë fueron intelectuales desde muy temprano. Existen numerosas pruebas de su precocidad: sus obsesiones, presentes en las novelas de las tres hermanas, ya se revelaban en los cuadernillos que escribieron cuando eran niñas. En ellos destaca la figura diabólica y vampiresca de Lord Byron. Branwell, considerado como el más dotado de los hermanos, y cuyo desastroso final es típicamente romántico y literario, muere de tuberculosis. Al igual que sus famosos contemporáneos, era adicto al opio, distribuido en forma de gotas o de píldoras económicas que el joven compraba a seis peniques la caja en una farmacia que visité cuando estuve en Haworth, pueblecito inglés cuyo cementerio está situado frente a la casa donde vivieron, murieron y escribieron Ann, Charlotte y Emily. En el establecimiento donde Branwell compraba sus remesas de láudano, se venden ahora manitas de jabón color de rosa que de manera extraña simulan muñones.

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Cuando era estudiante en París, comíamos en un enorme restorán universitario. Consignas de orden y prohibiciones de todo tipo se leían en la puerta de entrada. Recuerdo una en especial: no entrar con sombrero en el recinto. Si alguien osaba violar esa norma, los estudiantes, sentados en largas y toscas mesas, golpeaban con los cubiertos sus escudillas. Recuerdo una ocasión en que estábamos haciendo fila, detrás de un francés y un africano, este último proveniente de alguna de esas regiones conocidas entonces como la France d’Outre Mer. De repente, discuten, vociferan, se golpean. El estudiante africano le arranca de un mordisco un pedazo de oreja al francés que lo insultó. Los dientes convertidos en fangs. Con furor y, de inmediato, los estudiantes golpean con sus cubiertos las escudillas repletas de un guiso repugnante. El alboroto y la sangre se confunden. Pocos meses antes había comenzado la guerra de Algeria. Albert Camus recibió en 1957 el premio Nobel. Sartre lo rechazaría pocos años después.

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Hoy (¿hoy?) ha caído en mis manos un folleto de una exposición de Francis Bacon en el Museo Aristide Maillol, mayo de 2004; una reproducción a color muestra al Papa Inocencio X aprisionado en su trono, lleva ropas talares y una corona. Bien abierta, su boca lanza un grito [inmenso]. Los dientes, muñones excavados por la luz. Once años más tarde, en junio de 2015, voy a la Fundación Vuitton. Enormes espacios coronados por estructuras de vidrio transparente le dan el aspecto de un barco de velas, descripción que acepto y reitero después de haber releído con fruición Juventud, una de las más hermosas narraciones marítimas de Joseph Conrad, donde habla de uno de los últimos barcos impulsados por velas de la marina mercante inglesa. Describe con minucia prodigiosa y absorbente el destino fatal que persigue al capitán, acorralado entre el fuego y el agua. ¡Una exposición y un libro maravillosos! Destaca la primera sala; se han reunido varios cuadros. Estudio para un retrato de Bacon, 1949, representa a un hombre encerrado en una caja de cristal; sirvió quizá de modelo para otro cuadro situado enfrente, el retrato de Jean Genet de Alberto Giacometti, realizado entre 1953 y 1954. Ambos personajes pintados en colores sombríos y enmarcados por esa vitrina de cristal, abierta en Giacometti y, en Bacon, encerrando al personaje, quien coloca con desesperación sus manos sobre los brazos de un sillón casi inexistente (me vienen a la mente esos instrumentos de tortura, donde sometidos a una fuerte descarga eléctrica, los condenados a muerte en los Estados Unidos se asían con fuerza inhumana al brazo del sillón): el hombre grita, su boca desmesurada y negra deja entrever su dentadura. Fuera de la cárcel de vidrio —un simple cuadrado transparente— una sombra azul poco delineada, lindando con lo humano, acecha. Imagen reiterativa en Bacon: la serie de más de cuarenta retratos del Papa Inocencio X, preso en su sillón y cuidadosamente enmarcado o protegido —en o por— una caja; algunos críticos pretenden que este cuadro evoca también el juicio de Eichmann en Jerusalén, separado del público y de sus jueces gracias a un recinto de cristal transparente, mientras espera la sentencia del tribunal israelí que lo condenará a la horca. Al fondo y en el centro de esta hermosa sala, aislado, ocupando un lugar especial, el famoso cuadro de Munch, llamado justamente así, El grito. Con las manos en la cara, el personaje grita, más bien aúlla, su boca es un agujero blanco: no tiene dientes. Detrás, en colores estridentes y con pinceladas vertiginosas, el paisaje grita también. Me conmocionó la serie de tres autorretratos de Helene Schjerfbeck, muy poco conocida fuera de Finlandia, exhibidos también en esa magnífica sala. Acuarela, tempera, óleo en tonalidades mortecinas para dibujar sin compasión un personaje en distintas fases de su enfermedad. Aprieta con fuerza sus mandíbulas (asocio de inmediato: de manera inconsciente: mientras duermo en las noches presiono tan fuertemente ambas mandíbulas, una contra la otra, que mis dientes se han desgastado. Para remediarlo, el dentista me fabricó una guarda a la medida. Guarda ya inútil, después de que una caries devastó una de mis muelas: en ella se apoyaba la prótesis perfecta con la que el dentista había logrado transformar la apariencia pasada de mi boca).

Acudo a la hipérbole —se neutraliza a sí misma— para intentar expresar el impacto que en mí produjo esa visita. Impacto reiterado cuando hace unas semanas visité asimismo la exposición de Francisco Toledo en el Museo de Arte Moderno de esta ciudad, intitulada Duelo. Prodigiosa cerámica coloreada a menudo de un rojo estridente; en algunas de las piezas, los dientes se convierten en metáfora de la desesperación y en símbolo del duelo, como antes lo fueran en Bacon, en Poussin y en Eisenstein, las famosas escaleras de Odesa de su película El acorazado Potemkin. Oigo el Réquiem de Mozart, las voces agudas, interpretadas por niños.

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Un cuento o una novela repetitivos al grado de la náusea: te miden, te ponen moldes, te liman, te vuelven a medir, te sacan con pinzas el puente provisional, te quedan los muñones puntiagudos, unos hilitos de dientes parecidos a los de los tiburones. En mi boca sólo unos cuantos, roídos como los del personaje de nacionalidad incierta a quien conocí hace años, probablemente en un antro en Caracas, amigo de otro personaje al que he designado como Orestes en mi diario —¿o será Jerjes?— y del cual apenas me acordaba —o no me acordaba en absoluto—, a pesar de que en mis apuntes era definitivo en mi vida. De lo que sí me acuerdo claramente era de sus dientes —no de los del poeta, sino de los del pintor—: él dejaba al descubierto sus muñones; los míos, recubiertos por una prótesis: nunca los exhibo, como él exhibía con obscenidad los suyos. Y la mujer del artista le servía de modelo, idéntica en mi imaginario a Berenice, la protagonista de un cuento de Edgar Allan Poe. Berenice, ya enferma, pálida, demacrada, casi exangüe, de la cual dice Egeo, cuando la ve aparecer en su estudio: ¡Los dientes! ¡Estaban aquí, allá, por doquier, visibles y palpables delante de mí, largos, angostos y excesivamente blancos…! Se trata quizá de la sesión número doscientos.

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Ya es hora de entrar en materia, me digo, mientras oigo a Sviatoslav Richter ejecutando con perfección un concierto de Liszt. Es quizá la vigésimoquinta sesión, una de mis tantas visitas rutinarias al consultorio de mi dentista de cabecera. Instalada eternamente en un sillón reclinable que cuando empecé a venir aquí era último modelo, espero en el cubículo número dos que me ha tocado en suerte (hay cuatro, es decir, cuatro habitaciones donde los pacientes nos recostamos en sillones reclinables). Espero a que el doctor examine mi boca e instruya a las técnicas dentales para que lleven a cabo esta operación interminable, definitivamente interminable. Para calmarme lanzo de cuando en cuando miradas de complicidad a mis zapatos. Me dan seguridad.  Las enfermeras van reclinando poco a poco el sillón, un poco más y el sillón se inclina, un poco más, un poco más, un poco más, hasta que el sillón me deje en posición horizontal, a merced de mi médico de cabecera y de las técnicas dentales. Ya estoy postrada con mi delantal de bebé sujeto al pecho por unas pinzas parecidas a las de la ropa colgada en mi jardín. El libro —siempre un libro diferente— descansa en mi regazo (he terminado varios), se trata esta vez de Experiencia, de Martin Amis; habla adecuadamente de los terribles momentos que ha vivido por sus problemas dentales (genes polarizados: su madre buenas encías = malos dientes, su padre, malas encías = buenos dientes); (¿y sus huesos, tendrá buenos huesos?). Más tarde mi implantólogo me explica que los de las mandíbulas superior izquierda y derecha son más blandos que los de la mandíbula inferior y más densos los dientes del centro de la boca. Aunque él no lo sepa, Martin Amis me acompaña en mis tribulaciones: lo imagino desesperado como yo en el consultorio de su dentista, la boca ensangrentada, en Nueva York o en Londres (¿seguirá yendo al dentista?). La semana pasada (¿cuál), en cambio, leía a Thomas Mann; admiro sin reservas su maravillosa prosa, relata con minucia asuntos desagradables: una obsesiva descripción de la decadencia. Acecha a los miembros de la familia Buddenbrook, su emblema son los dientes amarillentos y corroídos de Thomas, un representante de la familia de ese nombre y de la novela con la que obtuvo el Nobel cuando era aún muy joven, en 1928. Mi padre fue dentista durante un breve tiempo. Entre las numerosas actividades que ejerció: vendedor ambulante de pan, antropólogo, comerciante, restaurantero, burócrata. Una ocupación, la odontología, que no le gustaba en absoluto, pues, como él mismo decía, le daba horror la sangre. Mi padre era sobre todo un poeta y le costaba ganarse la vida. No le quedaba más remedio que buscar alguna ocupación lucrativa, tenía varias hijas y debía mantenerlas. Abrió un consultorio en el centro de la ciudad, en Vallarta número siete, o número cinco ¿qué importa a estas alturas?, donde mi hermana mayor y yo jugábamos a curarnos y a sacarnos los dientes, ocupábamos en alternancia un sillón reclinable blanco —ahora sería una reliquia— y sacábamos uno a uno los instrumentos almacenados en un armario de cromo con puertas y cajoncitos también blancos que luego pasó a ser propiedad de uno de mis sobrinos, quien también estudió odontología, con tan poca fortuna como mi padre.

Los dientes siempre han sido una especie de obsesión para mí, por esa profesión temprana de mi padre, y porque siempre he tenido mala dentadura, así que mi relación con los dentistas ha sido perpetua. Llevo más de quince años escribiendo este libro, ejemplo extremo de procrastinación memorable, y llevo también los mismos años publicando fragmentos, como si al publicarlos, uno tras otro, me arrancaran un premolar, una muela del juicio o un colmillo, en espera de que mi médico acabe de perfeccionar mi sonrisa y mi masticación, colocándome otra vez una prótesis perfecta, en caso de que los implantes adquiridos recientemente –sobre todo uno en el maxilar superior derecho— se consoliden. En el interior del campo blanco reina el caos: su repertorio de particularidades es muy extenso, fuera de los límites de la capacidad de clasificación de nuestros sentidos y, por ello, sólo al alcance de la imaginación y de las mentes matemáticas. Entropía le llaman: una medida del desperdicio residual de todos los procesos de trabajo; el inverso de la certeza, el paradójico resultado de la búsqueda universal del equilibrio que a su vez conlleva a una homogeneidad aburrida y progresiva que, tarde o temprano, acabará con todo. Eso dicta la segunda ley de la termodinámica. ¿Será válido para definir una escritura fragmentaria como la mía, este texto escrito por Ariel Guzik?

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En el consultorio leo, siempre leo, es un ritual. Sigo leyendo los cuentos de Poe, en especial aquel en que habla de Berenice, enterrada viva y despojada brutalmente de sus dientes por Egeo, el protagonista del cuento. Y debo confesar mi atracción inmoderada por Drácula, muy especialmente la versión elaborada por Bram Stoker. Drácula es para mí la figura literaria que mayor relación tiene con los dientes y, claro, con mis visitas al dentista: I’ve already had my teeth filed into fangs, though. That’s going to be a nightmare to reverse. Traduzco, no literalmente: Mis dientes se han convertido en colmillos protuberantes, será una pesadilla revertir ese proceso. (En inglés fangs se refiere sobre todo a los colmillos de los mamíferos carnívoros que muerden y desgarran la carne de sus víctimas. Los murciélagos herbívoros están equipados con ellos también, como las serpientes que los utilizan para inyectar veneno). (Aun las arañas los tienen).

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Una vez escribí lo siguiente, lo transcribo. Es una manera de empezar a contar: Voy a contar una historia verdadera, pero la voy a contar en forma de novela, como solamente yo puedo contarla. Sólo así la puedo contar, de verdad. Sí, así es, sólo vale la pena lo que se cuenta si lo que se cuenta es absolutamente personal y por tanto verdadero. Sólo se debe contar así, como yo lo cuento, no hay vuelta de hoja. Puedo asegurar que cualquier coincidencia con la realidad es sólo eso, pura coincidencia. La realidad es siempre circunstancial y esta verificación me tranquiliza: lo que cuento es una historia verdadera, pero sólo en la ficción. Voy a mis diarios, allí aparecen esbozadas las historias. Encuentro una primera dificultad: advierto que a alguien muy cercano le he puesto como pseudónimo Orestes y ya no sé a quién debería designar Orestes, tampoco quiénes son aquellos a los que designo con otros pseudónimos, Jerjes o Caín, no sé por qué pongo esos nombres tan ridículos, tan pedantes, ni por qué disfrazo de esa manera a gente muy cercana a mí, o que entonces, cuando escribía mis diarios, lo era. Me desconcierta y me causa problemas para seguir contando, es más, me detiene en seco. Advierto también que en mi correspondencia con mi mejor amigo, casi mi novio, hablo de otro novio posible (extranjero) del que me enamoro y en realidad no sé de quién estoy hablando, no sé quién es ese ser tan profundamente amado, tan cercano, no lo sé, ¿quién será? Deduzco por lo tanto que no debo de haber estado muy enamorada, pues de otra forma sabría de inmediato a quién me estaba refiriendo. ¿Es de Orestes o de otro de los que aparecen encubiertos con un sobrenombre de quien estaba yo tan perdidamente enamorada? Y ¿por qué se lo escribo a ese otro amigo tan querido que me ama tanto sin decírmelo y del cual tampoco recuerdo el nombre y ni siquiera la cara? Quizá sólo tomo en cuenta las obsesiones y la forma obsesiva en que se repiten: se repiten incansablemente las mismas cosas, pero incansablemente también se olvida que se tenía la obsesión de esas cosas que se han dejado de recordar. El cerebro parece quedar completamente vacío, las cosas se escriben, se cuentan y se vuelven a olvidar, se vuelven a escribir o, a lo sumo, en un punto lejano del cerebro reaparecen como fragmentos, como ruinas desarticuladas reconstruidas a medias, a la manera de las ruinas conservadas por los restauradores, dejando en blanco aquello de lo cual no ha quedado ningún vestigio. Me asombra, cuando las leo, la reiteración de ciertas cosas que se cuentan y cuentan una y otra vez y luego se olvidan por completo, aunque las haya ya contado y las recontaré luego también aquí y, lo peor, es que lo olvidado es una obsesión siempre presente en la escritura. Como si se estuviera allí sin moverse después de que, practicado un lavado de cerebro, o hasta una lobotomía, el cerebro hubiese dejado de funcionar al desatarse el mecanismo de la escritura y poner en movimiento la memoria más profunda, o como cuando una se levanta en la mañana después de soñar con un recuerdo en ese momento indeleble, pero enigmático, de lo que se ha soñado la noche anterior y nunca más podrá recordarse aunque fuese absolutamente visible unos minutos antes. Esa memoria de la cual parecería que no se hubiese registrado nada, muestra sin embargo las mismas obsesiones que sólo se recuerdan cuando se las compara con otros momentos de escritura en los que de manera obsesiva se pasa revista y se reescriben una y otra vez las mismas obsesiones, olvidadas en cuanto se cierra el cuaderno de notas o se apaga la computadora o se despierta de un sueño. Como si se caminase en redondo sin encontrar el camino y sin recordar en absoluto por qué camino se ha caminado. Un eterno girar o caminar para llegar siempre al mismo lugar. Es por eso que he empezado a escribir la novela del camino.

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(El camino de horas anduvo lo que dije. El camino de horas anduvo lo que callé. Anduvo y anduviste, por lo infinito anduviste, hacia adelante y hacia atrás, hacia ninguna parte, hacia la palabra, hacia allí. —Paul Celan).

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Lo pienso aquí en la sala de espera del consultorio del dentista (la novela del camino hacia el consultorio-laboratorio del dentista), mientras aguardo a que me pasen al verdadero despacho donde habrán de intervenir mi boca y donde iniciarán la sesión quitándome y volviéndome a poner un eterno puente provisional, ¿el que se tiñe de rojo cada vez que me pinto los labios porque han utilizado un material acrílico y no porcelana? Ese podría ser el principio de la novela. Pero se me ocurre otro: Estoy escribiendo una novela sobre los dientes donde ejerzo mi enorme capacidad para la procrastinación, oyendo la legendaria versión del concierto número 17 de Mozart, interpretado por Rudolf Serkin. Me gustaría llamar a la protagonista usando un nombre, un anagrama, aunque fuese imperfecto, de mi propio nombre (mi súper yo insiste en que no puede haber anagramas imperfectos). Esta novela se llamará De los caninos a los premolares (El camino hacia los premolares). O Lo que Francis Bacon y Edgar Allan Poe miraban, o ¿por qué no ponerle: Freud se orinó en la recámara de sus padres cuando tenía nueve años? Ya hace tres lustros en que he pensado en esos nombres y aún no me decido, por eso, y porque siempre es arduo elegir una opción entre varias, prefiero usar las tres.