El libro Doña Rosita Ascencio, curandera purépecha es un proyecto que el doctor Campos Navarro propuso a la Facultad de Medicina de la UNAM en el 2011; fue mi primer acercamiento a la antropología médica como pasante de servicio social. Con él, tendría mi primera experiencia en el trabajo de campo para encontrarme no sólo con personas y contextos desconocidos, sino también con distintas realidades sociales, nuevos paradigmas, teorías y formas de hacer investigación: nuevas formas de ver el mundo.

Por Bianca Vargas Escamilla- Médico general con especialidad en Antropología en Salud

Ciudad de México, 18 de marzo (SinEmbargo).- De esta manera, tengo la fortuna de poder hablar acerca de esta obra desde diferentes aristas. Sin embargo, me interesa particularmente poder dar cuenta de su gran valor como un producto terminado, capaz de despertar un gran asombro, pero también como un proceso de notable complejidad que conjunta el rigor teórico-metodológico con la subjetividad, en los diálogos que se antojan interminables, las memorias compartidas, las emociones y la profunda reciprocidad.

No es sencillo que un trabajo antropológico culmine en una obra con estas cualidades. Es decir, un texto cuya amenidad y fluidez no pierde la vasta información recabada cuidadosamente por el doctor Campos Navarro; la presencia asible de doña Rosita Ascencio como autora de su historia de vida; el invaluable aporte del estudio etnobotánico de la doctora Abigail Aguilar del Herbario del Centro Médico Nacional Siglo XXI, del Instituto mexicano del Seguro Social, y el acompañamiento, con gran estética y precisión, de las ilustraciones originales de Elvia Esparza del Instituto de Biología de la unam. Esta mirada interdisciplinaria, la voluntad de reconocimiento y colaboración, y este esfuerzo de trascender la dicotomía ciencia-arte no es tarea fácil, pero resulta cada vez más necesaria.

En su contenido se percibe la relación de más de veinte años y la intención de compartir saberes entre Roberto Campos y doña Rosita, quien ya cumple noventas años de edad. La voz de doña Rosita se convierte en muchas voces, y esta polifonía presente en sus narraciones vislumbra los diferentes procesos históricos que ha vivido y los eventos que ha protagonizado. Habla a su familia y a su comunidad, el pueblo purépecha, y evidencia las relaciones siempre cambiantes y a menudo contradictorias con los personajes políticos y con figuras públicas.

Doña Rosita Ascensio. Foto: RAM

Doña Rosita es originaria de Puácuaro, una comunidad de la cuenca del Lago de Pátzcuaro en Michoacán. Esta región constituye un territorio en el que instancias gubernamentales, instituciones académicas, financiadoras y organizaciones de la sociedad civil han intervenido con proyectos, obras y programas de diversa índole. Desde el cardenismo hasta la consolidación del Plan Tarasco, Pátzcuaro y el área de la cuenca llegaron a describirse como un “laboratorio vivo” para la experimentación, implementación y socialización de conocimientos útiles para el desarrollo rural y los procesos de modernización en México. No obstante, el camino recorrido hacia este punto data de los años subsecuentes a la invasión española, cito a Díaz Cervantes (2013):

“La Región Lacustre de Pátzcuaro, durante la sangrienta colonización española, fue el centro de mayor importancia de pacificación y control indígena de occidente y del centro-norte. Ahí, Vasco de Quiroga ensayó la utopía de Tomas Moro (1516), creando los sistemas de hospitales (denominados huataperas, que provienen del purépecha y significa “lugar de diálogo”) y dando pie a la vigente organización comunitaria indígena purépecha”.

Este breve recuento histórico permite situar lo que de primera impresión parecería un estudio de caso, una biografía, pero que da cuenta de las interacciones entre lo global y lo local, y así también de una (o varias) colectividades, como precisa Carlos Zolla en el prólogo de la obra. En ella, se plasman las diversas relaciones que el pueblo mexicano ha establecido con sus medicinas tradicionales, que como narran Rosita y Roberto Campos, han tenido varios intentos de articulación, pero sobre todo, contradicciones, tensiones y un largo camino de lucha y resistencias, como se diría en purépecha Juchari Uinapekua ( nuestra fuerza).

Portada Doña Rosita Ascensio. Foto: RAM

Las resistencias no siempre se muestran al espacio público. Cuando se pregunta en la región si hay curanderas, yerberas, parteras, se dice: “ya no existen”, resaltando sólo el éxito de programas de desarrollo. Sin embargo, los relatos de Rosita nos permiten cuestionar estas aseveraciones. Así sucedió con ella, quien pronunció sus luchas de una manera pública, y que caracterizó a lar organizaciones de médicos indígenas y su relación con el estado. Ella afirma:”yo lo hacía sin que nadie lo viera”, para evitar que médicos, organizaciones religiosas, la misma comunidad en desacuerdo o con dudas supieran de su trabajo. En otro apartado menciona: “yo lo hago porque es un llamado, porque la gente lo necesita”. Es cierto, lo necesitamos porque da sentido y significado, porque reconforta y porque nos sirve.

En la región de la cuenca, hay mujeres y hombres que curan en lo privado para evitar ser cuestionados por las autoridades: la medicina tradicional también busca cierta emancipación. También existen silencios, unos que son difíciles de interpretar porque es nostalgia de un tiempo que ha quedado atrás; otros, son desentrañados a partir del trabajo antropológico que nos adentra en una memoria colectiva como lo es el sitio en donde la vida de Rosita tuvo lugar.

Doña Rosita tuvo la voluntad de compartir sus saberes con la confianza y la certeza en la capacidad integradora de Campos. Dice ella: “Todo esto se los dejo a ustedes y con esos deseos espero que les sirva. Yo me acabo porque no soy de piedra. Sólo Dios sabe quién se va a ir primero, pero nadie sabe que ya está guardado mi conocimiento que ¡no se acaba!, ¡no se acaba!”

Doña Rosita Ascencio, curandera purépecha está disponible en esta página. Una sección curada por Artes de México para SinEmbargo.