Llego al metro. Se sube un violinista, un mal violinista, prende el amplificador y comienza a tocar sobre una base musical de Raúl di Blasio. Foto: Julieta Cardona

No he terminado de empacar: me permití una pausa emocional. Me detuve, esta vez en cámara lenta, a contemplar el desmadre. A llorar, claro que sí, con más fuerza.

Estoy vulnerable. Loca. Harta. Estoy viva. Así se sienten treinta años de carne y muchos de coraje, decisiones, buenas y malas decisiones, ira, ira contenida como nueces en un tupper. Estoy enojada. Ansiosa. Y es que estoy dejando este lugar. Y estoy gritando y se escucha todo en este departamento siempre me molestó que se escuchara todo en este departamento he escuchado cómo cogen los vecinos y ellos me escuchan a mí también pero esta vez gritarle a mis ancestros.

Y les grito a mis padres a mis madres y a los padres de mis padres a las madres de mis madres y a los padres de los padres de mis padres a las madres de las madres de mis madres. Y estoy congestionada y traigo tapado el corazón y la nariz y la garganta. Traigo congestionada la vida y pongo a hervir agua en un recipiente de peltre y le echo sal de mar y me lo pongo debajo de la nariz y me gotea sangre y por fin siento que me bombea, otra vez, el llanto.

El llanto que es entendimiento, lenguaje y la forma más profunda de decir la verdad. Y es que traigo agua amontonada y se me cuelan dos años, tres años, diez años, quince años, mis treinta años por los ojos. Y veo, joder, con más fuerza.

Y alargo mi pausa, me salgo del departamento y llego al metro. Se sube un violinista, un mal violinista, prende el amplificador y comienza a tocar sobre una base musical de Raúl di Blasio. El violín es viejo y sus zapatos y su saco negro, pero en la cara tiene un semblante de pasión que no tengo idea de si lo ha ensayado frente al espejo desde que comenzó a probar suerte acá bajo tierra y entre la gente, pero no importa porque tal como a mí: decidí creerle.