Pasando de los recuerdos de provincia (nunca mejor usada la expresión sarmientina) con la dulce convicción de que no hay nada menos memorable que una infancia provinciana, pues todo elogio de la provincia termina siendo un comentario sardónico sobre el aburrimiento, a esos bosques negros y cerrados, donde las laderas son más abruptas, los sembrados más escasos y pobres, allí donde se acaba la tierra santa de los purepechas y empieza México, Álvaro Enrigue dibuja su aventura literaria más osada.

Lo hace subido a un fabuloso Cadillac, donde unos curiosos hermanos de apellido Justicia se saben de memoria las cursis canciones de Silvio Rodríguez, pero apenas aciertan cuando tienen que determinar si el mote de Centauro del Norte es aplicable  a un tal Pancho Villa.

Conduce Álvaro su road movie acompañado por un puntero apodado Arcángel que primero fue villista y luego fiel a Álvaro Obregón, porque a fin y al cabo no hay contradicción cuando uno sigue al que gana.

Ni el Arcángel ni los gemelos le deben algo a la Revolución que hicieron el primero y a la que quieren hacer los segundos. México, parece, sigue siendo México y los mexicanos muy mexicanos, a pesar de todas las revueltas, más allá de los pomposos cimbronazos de una historia que se niega a cambiar.

Decencia, de Álvaro Enrique. Foto. Especial

La Patria, con mayúsculas, se sabe casi de manera irrefutable, es apenas una línea dibujada en el rostro de un ser querido, una huella tenue e indeleble que ondea sobre ciertos árboles

Algunos, no muchos, escritores, entre ellos Álvaro Enrigue, están sacándole otra vez punta al lápiz que dibuje esa línea fina, etérea y permanente de un país que se encuentra perdido en los límites de su  gigantografía. No hay folclore que explique y justifique la sangre de los muertos queridos y no queridos. Sólo queda la sombra de un ahuehuete donde podemos descansar, para fijar la vista en las páginas de un libro que abre su alma para abrirnos a un mundo donde la única decencia posible es ahogarnos entre las flores marchitas de un folclore que ya no le grita desafiante a ninguna luna.

Recordando la salida de Decencia, del valiente, talentoso e irreductible Álvaro Enrigue.