Hoy, que vemos al Presidente persiguiendo a un solo Duarte, se hace evidente que las habilidades de los gobernantes se han perdido. Foto: Cuartoscuro

La captura de Javier Duarte fue por voluntad del señor y no el Estado de derecho.

Al analizar un suceso, una de las ventajas que tenemos los nacidos en la paz que vino después de la Segunda Guerra es la experiencia de vivir en este país tan impredecible durante más de seis décadas.

Hoy las páginas de los periódicos repiten la captura de Duarte y en las redes sociales resuenan las opiniones de los mexicanos interesados en la política nacional; los veracruzanos están felices, los demás lo ven como un enigma pero para quienes superamos los 60 años, y conservamos la memoria, ésta es una detención menor: ya vimos la misma película muchas veces.

El caos y la absoluta impunidad que se gestaban en el cambio de poderes empezaron a cambiar de forma cuando Lázaro Cárdenas exilió a Plutarco Elías Calles, un individuo contra el que Duarte se ve apenas como carterista.

Cárdenas inauguró una nueva forma de perseguir a sus adversarios del pasado; mientras que Obregón y Calles prefirieron la ejecución extrajudicial, el Tata usó la ley para liquidar al enemigo. Pero esto no era Estado de derecho sino la voluntad del Presidente.

Años después Luis Echeverría sacó del país a Díaz Ordaz, lo hizo cuando era todavía candidato y salió con bien de semejante aventura al mostrar su ingratitud de elegido, aunque no se atrevió a lo que muchos jóvenes esperábamos. Sin embargo, nos sorprendió que muchos intelectuales no sólo creyeron en esta confronta si no que la consideraron apertura democrática.

No tardó mucho López Portillo en pedirle a Echeverría que desapareciera de la escena nacional y lo mandó de Embajador a Australia (porque no teníamos relaciones con la Antártida); además encausó penalmente a Díaz Serrano, director general de Pemex.

Miguel de la Madrid habló de la renovación moral y para muestra encarceló al Negro Durazo, un personaje tan desvergonzado, cínico y ladrón como el Duarte de Veracruz; mientras que Salinas de Gortari, más desalmado, empezó con la Quina, líder petrolero vitalicio, lo que representó una afronta a las verdaderas fuerzas del poder: la estructura sindical corrupta (nada que ver con el gordo veracruzano, ni con la maestra).

Todos ellos usaron el encarcelamiento de personajes menores para deslindarse del pasado, les salía más barato que enfrentar directamente al presidente anterior.

Donaldo Colosio quiso repetir la hazaña de Echeverría, deslindándose en campaña, pero un asesino solitario resultó muy conveniente para Salinas de Gortari, quien logró sobrevivir a la campaña de su sucesor pero no a la fuerza del nuevo presidente, y tuvo que pagar con la libertad de su hermano la tradición de los nuevos líderes.

Vino el receso panista y creyeron inaugurar una nueva forma de mirar hacia el pasado mediante la simple impunidad, así la primera dama de Fox conservó su libertad y riqueza; aunque Calderón prefirió hacer la guerra contra enemigos de fuera, embarcando a todo el país en un combate contra el narco que resultó más costoso que un ajuste de cuentas azul.

He aquí lo malo que significa romper las tradiciones de un país.

Peña Nieto quiso imitar a Salinas de Gortari al cobrar la traición de la maestra Elba Esther, pero la gloria se opacó por la fallida reforma educativa.

Hoy, que vemos al Presidente persiguiendo a un solo Duarte, se hace evidente que las habilidades de los gobernantes se han perdido y que los sacrificios expiatorios que cada sexenio realiza se han vuelto herramientas para ganar elecciones estatales, y pronto bastarán apenas para objetivos municipales.

Por todo esto, no hay herramientas sociológicas que permitan analizar con certeza por qué encontraron al Gobernador en Guatemala; sólo podemos contar la historia de lo que ha pasado y decir felicidades a los veracruzanos, esperando que el otro Duarte también sea digno sacrificio para la sonrisa de los chihuahuenses.

Pero insisto, esto es cosa de voluntad no de aplicación de la Ley; todavía no superamos el 1936, cuando Cárdenas decidió no matar a Calles.