“¿Qué hacer? Decir no al silencio, no a la censura, no al miedo. Solidarizarnos y darnos valor mutuo”. Foto: Dolia Estevez

Repaso los diarios del día. Me brinca una noticia. Me estremece. Javier Valdez, el valiente y entrañable colega sinaloense, acribillado cobardemente en plena luz del día en el Culiacán de El Chapo y Los Chapitos. Indignación. Frustración. Dolor.

Los noticieros televisivos no dejan de machacar las últimas locuras de Trump. !Reveló secretos de seguridad nacional a los rusos! !Le pidió al cesado ex director del FBI abandonar la investigación sobre las conexiones de su también cesado director de seguridad nacional con los rusos! ¿Obstrucción de la justicia? ¿Lo dejarán solo los republicanos? Todo es posible. Nada rebasa el impacto de la ejecución de Javier Valdez.

La terrible noticia se difunde como pólvora. The New York Times, The Washington, Post, Los Angeles Times, la AP, la BBC, la NBC, CNN, etc. Tuiteo y retuiteo todo lo que encuentro. Si lo sabe Sinaloa, que lo sepa el mundo. Un colega, que trató a Javier cuando fue corresponsal en México, me escribe: “hoy mi corazón está deshecho. Javier Valdez no solo era un magnifico y valiente reportero sino un querido amigo”. Pregunta si habrá algún homenaje o acto de protesta en Washington.

Llamo a mi colega de Proceso y me dice que está fuera de Washington. En 2015, nos postramos ante la Embajada de México por el asesinato del fotoperiodista Rubén Espinosa. Denunciamos la desidia del gobierno de Preña Nieto. Sabíamos que no era la última vez. El ciclo de impunidad nutre la masacre de periodistas.

La idea de protestar en silencio encuentra eco entre colegas y ONGs. No a las palabras huecas y oportunistas. Sí a la seguridad y justicia. Lanzo convocatoria por Twitter y Facebook para el jueves, frente a la Embajada de México. Charles Glasser, uno de los abogados que me defendió contra la “pinche Sota”, (Josefina dixit), exhorta a colegas estadounidenses a unirse a la protesta por el brutal asesinato de Javier y la impunidad criminal. El creciente número de periodistas en México, “ha alcanzado proporciones epidémicas”.

Alguien pregunta: ¿Por qué hacer una protesta en EU por algo cuya solución está en México?? Porque Washington es la capital del país donde vivimos millones de mexicanos y porque Washington es la sede de uno de los poderes que marca la agenda del gobierno de Peña Nieto. Porque la Embajada de México representa al Estado que se hace de la vista gorda ante la masacre de periodistas, al Estado que carece de voluntad política para esclarecer cientos de asesinatos de colegas, al Estado que está obligado a garantizar el ejercicio de la libertad de prensa, al Estado que niega la importancia para la democracia de una prensa libre, al Estado que perpetúa la impunidad, al Estado que es responsable de nuestra seguridad.

Expresiones de indignación y dolor se están dando alrededor del mundo. Las redes sociales informan sobre actos en Francia, Alemania, Inglaterra y España. Frente a la Casa Blanca observo la imagen de una joven con un letrero pidiendo justicia para Javier. A Trump le importan un bledo los mexicanos. Aún así, la joven siente consuelo al exigir justicia en las puertas de una mansión emblemática al margen del bravucón que la ocupa.

Al filo de mediodía, bajo un radiante sol primaveral, periodistas y representantes de ONGs protestamos frente a la Embajada de México en Washington. Condenamos el cobarde asesinato del colega Javier Valdez y exigimos el fin a la impunidad crónica en los homicidios de reporteros.

“IMPUNITY KILLED THIS REPORTER”, “NO SE MATA LA VERDAD MATANDO PERIODISTAS”, “POR NUESTRO DERECHO A INFORMAR”, “ALTO A LA IMPUNIDAD”, “JAVIER Y MIRIAM, PRESENTES”, “#STOP KILLING JOURNALISTS”. Es hora del almuerzo. Transeúntes se detienen. Leen. Alzan la vista. Leen EMBAJADA DE MÉXICO. Toman fotos. Se siente la solidaridad.

Llegan patrullas con agentes del Servicio Secreto, dependencia a cargo de la protección de las sedes diplomáticas. Quieren conocer nuestras intenciones. Amablemente preguntan si vamos a tener actos de desobediencia. No. Estamos para protestar en silencio la masacre de nuestros colegas en México. Asientan. Un guardia de la Embajada asoma la cabeza y nos pide retirarnos. La banqueta es pública y la Embajada representa al Estado y sus ciudadanos. Nos quedamos. A diferencia de 2015, ningún diplomático sale a hablar con nosotros. Nos toman fotos y filman desde el interior del edificio.

Mientras, a unas cuadras de distancia, Luis Videgary y Rex Tillerson dan conferencia de prensa conjunta. El colega de Reforma pregunta a Tillerson sobre el asesinato de Javier. El petrolero que Trump hizo Secretario de Estado expresa sus condolencias. Videgaray se queda mudo.

Javier, observa The Washington Post, quizá sea el periodista de “más alto perfil” asesinado en México. En 2011, recibe el Premio Internacional de la Libertad de Prensa que otorga el Comité para le Defensa de Periodistas. También es recipiente del Premio Maria Cabot de la Universidad de Columbia.

Ese mismo año, comparto con Javier un panel sobre libertad de prensa en el Centro Woodrow Wilson en Washington. No tengo la fortuna de conocerlo en persona. Me llama la atención su frescura, su lenguaje accesible y coloquial para comunicar la tragedia en su querida Sinaloa. Detalla los riesgos y penurias de los reporteros. Narra las tácticas que usa. No repite rutas. Horarios impredecibles. ¿Sirvió de algo? ¿Le prolongó la vida? No sabemos, cuando menos yo no sé. Quiero pensar que sí.

Antes de partir, Javier me obsequia Los Morros del Narco. “Para Dolia Estévez. Con abrazo de gusto y más emoción, por el fuego, los puertos seguros y la luz. !Salud!”. Me quedo con el fuego.