“Las ideas políticas, las morales, las sexuales, las religiosas… nos tienen en su poder”. Foto: Óscar de la Borbolla

Es muy fácil admitir que las personas están encerradas en sus ideas y que por esas ideas sufren. Pero es muy difícil que alguno de nosotros sea capaz de advertir la mazmorra en la que está metido y pueda verla con la distancia “aséptica” de quien piensa de otro modo. Soy prisionero de mis ideas y más si nunca he conocido otras. El mundo y el medio que rodea a cada quien está compuesto de lo que hemos elegido precisamente a partir de nuestras ideas y no es extraño que se parezca a nosotros. Nacimos en un medio y, según haya sido éste, nos implantaron (educación) unas determinadas ideas: gustos, valores, creencias, anhelos, convicciones, etc., y a partir de eso -ya sea que lo hayamos admitido, lo hayamos repudiado o hayamos adoptado una parte y otra no- hemos forjado el mundo que ahora nos contiene y que obviamente nos convence de que tenemos razón.

La impresión de que la razón nos asiste -que por cierto es común a todos, incluso entre quienes piensan lo contrario de nosotros- es justamente la mazmorra de ideas de la que no nos damos cuenta y que día con día se torna más invisible porque estamos rodeados de aquellos que la comparten, aunque sea para rebatirla.

Las ideas políticas, las morales, las sexuales, las religiosas… nos tienen en su poder, y cuando alguien intenta ponerlas en entredicho las defendemos con denuedo y nos polarizamos encerrándonos aún más en el fondo de nuestra mazmorra.

Para facilitar las cosas, y ofrecer un ejercicio que no nos polarice, pondré un ejemplo que encontré en Montaigne y que éste a su vez halló en Heródoto, -la lejanía del ejemplo puede ayudarnos a entender, aunque sea de perfil, nuestros barrotes-, se trata de las costumbres que tenían los indios y los griegos hace miles de años para tratar el cadáver de los padres: los indios los hervían y se los comían, pues pensaban que no había un lugar más digno para los restos de esos seres que tanto habían amado que ellos mismos. A los griegos esa práctica les parecía aberrante, pues ellos hacían una gran pira para quemar a sus ancestros. Lo interesante es que a los indios el quemar el cadáver del padre o de la madre les parecía la peor ruindad posible.

La costumbre nos hace ver con naturalidad las prácticas más descabelladas y este espejismo de normalidad es al que ajustamos nuestros actos y con el que calificamos a los demás.

Las lecturas reflexionadas, los viajes en los que nos quitamos las gafas de turistas para ver lo que ocurre más allá, las películas o las series de televisión que pensamos, las conversaciones en las que en verdad sopesamos lo que el otro piensa son formas de oxigenar nuestra mazmorra, ventanitas que nos dejan respirar más allá del aire rumiado de nuestras certezas. Todos pensamos tan distinto, tenemos ideas tan diferentes; pero en el tema de la mazmorra todos somos totalmente idénticos.

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