Hoy me interesa esta eternidad: la que termina. Foto: Especial.

A mi hermana Ligia.

Uno no se da cuenta pero vive instalado en la eternidad: cada día uno amanece a su vida que se mantiene invariable y sabe que es lunes o viernes, porque los lunes y los viernes hace lo mismo, lo esperan las mismas personas, las mismas actividades, las mismas cosas: el cepillo de dientes está donde fue dejado por la noche y en el guardarropa el pantalón que uno habrá de ponerse. No lo notamos pero nos movemos con la familiaridad de los dioses; claro, mientras no pase nada.

Porque un día, un día funesto, la eternidad se triza y el cepillo de dientes amanece distinto, y quienes nos habían acompañado toda la vida ya no están. ¡Qué frágil es la eternidad humana! Pero, inestable y todo, ha sido, fue, eternidad: así la vivimos mientras la teníamos, así, como los dioses inmaduros, ajenos a este mundo donde todo se aja, se raja y se corrompe; con ese desdén, con ese dejo de “total, no importa”, con ese literal desprecio de los dioses, porque para ellos las cosas seguirán mañana y pasado mañana y así sin final.

Hoy me interesa esta eternidad: la que termina. Y me interesa porque quiero reivindicarla, arrepentirme de haberla difamado; de referirme a ella despectivamente como el producto de una conciencia a media luz. Hoy quiero pasarme al lado del poeta Renato Leduc que hablaba de “la dicha inicua de perder el tiempo”; al lado de la risa fácil de los inocentes que se comportan como dioses dándose el lujo hasta de aburrirse de sus vidas, al lado de quienes se creen inmortales y viven el instante con la sensación de que habrá de durarles para siempre, al lado de la sabiduría juvenil.

Hoy quiero decir y lo digo completamente convencido: la eternidad que acaba es, sin cortapisas, sin contradicción, eternidad cabal para quien la vive, y no sólo eso: para nosotros no hay más eternidad que esa: la que se experimenta en un ratito aunque se pague añorándola el resto de la vida.

De eternidades con fecha de caducidad se compone el pasado; de momentos o de años en los que todo parecía tan estable que uno se sabía de memoria el porvenir, porque los lunes eran iguales a los lunes y los martes a los martes, y ahí estaban a la mano las mismas personas, los mismos quehaceres y hasta los problemas que no se componían; pero tampoco se quitaban.

He habitado en tantas eternidades, en tantas esferas que parecían irrompibles y lo eran mientras estaba adentro, he comprendido el sentido profundo y estricto de la palabra “siempre” en cada una mis eternidades (y lo digo sin ironía), que cuando contemplo mi vida me convenzo de que si bien ya no soy dios, sí lo fui en mi pasado.

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