Educar a los niños para ser felices, dicen por ahí; educarnos todos para ser cada día mejores. Foto: Cuartoscuro

Ando escuchando mucha frase hueca últimamente. Llamo así que las que presumen lo obvio o lo falso como si fuera revelador. Retumban porque están vacías. No son apenas incómodas; son tóxicas porque inyectan ruido en los debates, posicionan de una vez a los personajes irrelevantes en las discusiones y en general acaban llevando las cosas a lugar ninguno. No sé qué pasaría con los debates si lográramos preservarlos de frases huecas –si acaso las pudiéramos prohibir, pero sospecho que las cosas irían mejor para todos. Las frases huecas siempre destruyen lo que está en juego; inexorablemente.

En educación abundan las frases huecas. En parte porque es un mundo muy estereotipado, cargado de prejuicios y de sensibilidades de todo tipo. Para decir algo que realmente perfore el debate educativo o eres Ken Robinson y sueltas tus conclusiones en un Ted, que no tiene diálogo ni contrapuntos arteros, o lo dices bajito, lejos del ruido, para tus núcleos íntimos, o escribes notas en los periódicos que te lo permiten, como francotirador impotente. Si hay debate, es decir, si hay confrontación de ideas y producción colectiva, siempre entrarán las frases huecas y en buena medida siempre acabarán ganando las frases huecas. Ganan quorum fácilmente; cuentan con un apoyo logrado por inercia, por histórico y por una mezcla explosiva de miedos a la construcción intelectual y pésima formación teórica.

Por eso me quejo; por eso denuncio; por eso gritoooooo, si con la prosa se pudiera gritar.

Sabemos lo difícil que es construir un debate que valga la pena; la cantidad de intentos fallidos que lleva encausar una pregunta con calado; poner una duda en consenso y abrir el tono de la discusión a la honda interrogación, a la incertidumbre y a la necesidad de producir algo nuevo para avanzar. Y precisamente luego de esa hercúlea tarea, entonces aparece el aquél que nunca falta que emerge del grupo y dice, sabiendo que ensuciará las cosas y sabiendo también que ganará o por lo menos te desgastará y te obligará a remontar otra vez, dice –decía- lo obvio con tono de revelación, cuando no lo falso, envuelto en un aura de clarividencia y denso sentido común. Son esos que hablan con tono cansado, como el que está devolviendo las cosas a una sensatez de la que nunca deberían haber salido. O sea, diciéndonos subliminalmente que aquel debate trabajado y trabajoso nunca debería haber empezado.

Por eso también en todo esto hay prepotencia implícita y conviene no obviar ese detalle. Prepotencia es violencia. Quién en general devela esa tensión no es quien boicotea con su oronda frase hueca, sino quien ha sido asaltado por semejante golpe artero (más complicado se nos pone, como ven.) Si quieres sostener tu debate debes prepararte para una reacción firme, propia de quien está sintiendo lo artero en el cuerpo. Y en general -de nuevo-, esa reacción en lugar de fortalecerte, acaba de condenarte, porque careció del tono justo, del tempo perfecto y de un mínimo de quórum que si no la justifica, al menos la comprenda.

¡Qué difícil es todo esto! En buena medida, por eso es que la educación acaba repitiéndose a sí misma como un “loop” enloquecedor. Salir de él es muy difícil y sólo si los astros se te han alienado podrás jugar el juego. Sino serás cadáver, otra víctima más del arrasador lugar común.

No es verdad que el debate exista persé. Existen los miles de miles de falsos debates. No es verdad que tu puedes poner tus ideas a consideración que serán efectivamente consideradas. Nada de eso es cándidamente verdadero. La vida social es más compleja de lo que parece; y una de sus mayores complejidades es –precisamente- esa falsa simplicidad que se afanan en vendernos. Poder hablar con otro es un desafío, no un dato; depende de tu posición y la del otro; depende del objeto de trabajo; depende de las circunstancias y depende –mucho- de que ninguno de aquellos clásicos de siempre te contamine el proceso.

Por eso es bueno escribir y hacer “Teds”. Dices lo que crees, con tu énfasis y en tu registro, y lo desarrollas como quieres y hasta donde quieres, y te regresas con la sensación agradable de haber dicho lo tuyo bien dicho. Creo que todos debemos prepararnos para decir lo que creemos por escrito, bien escrito, bien dicho; y prepararnos también para poder enunciarlo en 15 minutos, dinámicamente, con gracia y con profundidad, sabiendo construir la necesidad de la discusión en la que estás definiendo tu posición.

Tenemos trabajo por hacer. Hay demasiados cursos malos de escritura y muchísima falta de consciencia de la importancia de saber armar por escrito una buena posición conceptual. Malos porque son dados como si las frases huecas fueran buenas y las normas, lugares importantes (eso viene desde la escuela, dicho sea de paso). Lo mismo pasa con la mal llamada ‘oratoria”, que es moda de cómo poner las piernas cuando te sientas en el escenario, adonde mirar cuando enuncias una conclusión importante y cómo modular para que tu aire no falte a la hora necesaria.

Educar a los niños para ser felices, dicen por ahí; educarnos todos para ser cada día mejores. Cuídate, se trata de unas trampas.