Muchos de quienes votan por el PRI lo hacen pensando que, a pesar de todo, el triunfo de este partido sigue siendo lo más conveniente para sus propios intereses. Foto: Cuartoscuro.

A estas alturas, incluso las generaciones que crecieron con el PAN en la Presidencia, y que por ende no vivieron lo que Enrique Krauze llamó la “Presidencia imperial” priista, tienen claro que puede haber corrupción sin PRI, pero no puede haber PRI sin corrupción.

Si el papel constitutivo de la corrupción en el PRI era ampliamente aceptado antes de 2000, en 2017, después del actual gobierno federal, del sentido de los votos de sus legisladores, los Duarte, Tomás Yarrington o Roberto Borge, el Partido Revolucionario Institucional no tiene forma alguna de convencer a nadie de lo contrario; no hay nada que algún priista pueda hacer para desvanecer esta etiqueta. Es por ello que Enrique Ochoa sólo hace el ridículo en cada una de las ocasiones en que dice que en su partido no hay lugar para los corruptos.

Pero es justamente debido a esta inevitabilidad que el PRI no perderá el tiempo intentado desvanecer la etiqueta de corrupto. Basta ver lo que ocurre en el Estado de México para saber que este partido seguirá buscando ganar impúdicamente y a la mala. Sabedor de que no hay discurso que pueda con el tamaño de esta mancha, desde hace algunas semanas el Revolucionario Institucional ha aumentado el volumen de sus usuales técnicas – regalos, acarreos, promesas utilitarias y, desde luego, “operaciones” electorales-.

Hasta cierto punto, esta estrategia le funcionará; en la medida en que pueda “movilizar” a más ganado político del que normalmente “moviliza”, el PRI tendrá más votos – incluyo en esta misma canasta a todos los empresarios o profesionistas que votarán por el PRI esperando obras o huesos-. La cantidad de votos que en México se siguen definiendo bajo está lógica es deprimente, y recordemos que el PRI es el creador y el campeón indiscutible de este juego.

Sin embargo, lo anterior no implica de ninguna forma que a) la estrategia de “movilización” sea suficiente para garantizar el triunfo del PRI en todos los escenarios o b) que todos los que votan por el PRI lo hagan bajo este esquema. Es decir, por más dinero público que despilfarre, el PRI necesitaría convencer algunos electores que suelen terminar votando por este partido porque genuinamente creen que es la mejor opción. Y es aquí que uno podría peguntarse qué discurso o qué argumento puede lograr que un ser humano decida votar por el PRI en 2017. O, puesto de otra forma, cómo es posible que sin discurso y sin argumentos de por medio un individuo decida ir a las urnas a apoyar al PRI donde este partido es gobierno.

La estupidez es una posición en el espacio lógico de las explicaciones disponibles, como siempre en cualquier ocasión que implique la decisión de un ser humano; pero me parece que, en este caso, la estupidez no es la única respuesta posible ni tampoco la más probable. Me parece que, contrario a lo que suele aceptarse, el PRI sí es ideología y hay personas que votan por el PRI por razones fundamentalmente ideológicas.

Para explicar la relación PRI-ideología es necesario desambiguar el término ideología, que puede entenderse en dos sentidos principales. En el primer sentido, ideología es una serie de ideas articuladas que representan algún fragmento de la realidad. Claramente en este sentido hay muchas cosas a las que podemos llamar ideología. Pero también es evidente que, dado que la mente humana es representacional –lo que aparece ante nosotros como real es una mera representación de lo realmente existente-, la ideología es inevitable y ubicua. Para efectos de este texto, no tiene sentido detenernos en este sentido del término ideología.

Es el segundo sentido de ideología el que verdaderamente preocupa a la mayoría de los teóricos de la ideología: la ideología entendida como una forma de representar la realidad que opera, a través de la falsa consciencia, contra los propios intereses de las mayorías que la suscriben al tiempo que beneficia a un grupo minoritario, y que termina por asegurar la reproducción de determinadas estructuras sociales opresivas. Y es justamente en este sentido que se puede decir que hablar de la dimensión ideológica del PRI.

Muchos de quienes votan por el PRI lo hacen pensando que, a pesar de todo, el triunfo de este partido sigue siendo lo más conveniente para sus propios intereses. Para entender cómo puede ser esto posible vale la pena acudir al filósofo Tommie Shelby, para quien la teoría de la ideología explica este tipo de fenómenos apelando a una combinación entre 1) ilusiones cognitivas y 2) motivos no cognitivos.

Las ilusiones cognitivas son errores como generalizaciones o simplificaciones que parecen tener respaldo en la realidad. Ejemplo: Qué importa si es corrupto, si, de todas formas, los demás también son corruptos. La realidad sin duda parece corroborar lo anterior –un botón de muestra es que el PAN postuló a Josefina Vázquez Mota en el Estado de México-.

Pero cuando se mira con mayor detenimiento o se analiza con mayor profundidad, es claro que aún entre corruptos hay diferencias, y que hay responsabilidades mayores que otras. Supongamos que Josefina aceptó los mil millones de pesos que recibió del gobierno de Peña Nieto como pago de algún favor. Esto sería gravísimo y debería castigarse como corresponde; sin embargo, claramente no es comparable con la responsabilidad del propio Peña Nieto o de gobernadores como Javier Duarte o Tomás Yarrington.

Pero las ilusiones cognitivas no serían tan difíciles de erradicar si éstas no fueran acompañadas por mecanismos no cognitivos. Es decir, las ilusiones cognitivas no podrían explicar por sí solas por qué un mexiquense que votará por el PRI aun cuando la información sobre este partido está a la vista de todos o cuando probablemente sus familiares o amigos han intentado hacerle ver el error en el que está incurriendo. Es aquí donde entran los motivos no cognitivos, el segundo elemento de la dimensión epistemológica de teoría de la ideología. Y los motivos no cognitivos operan a través de la falsa consciencia.

De acuerdo con Shelby, a diferencia de los errores cognitivos, la falsa consciencia implica no evaluar la verdad o justificación de algo porque inconscientemente, ello da esperanza, consuelo o nos hace sentirnos mejor con nosotros mismos. De esta forma, un mexiquense que votará por el PRI este año podría hacerlo porque inconscientemente esto le ofrece la tranquilidad una vida no vivida en el error o el consuelo de es gracias al PRI que el estado actual de cosas no es peor.

Entendido de esta forma, el PRI nunca podrá ser desterrado exclusivamente mediante un ejercicio crítico –en prensa, internet o en la calle- y de concientización; para terminar con el Partido Revolucionario Institucional se requiere de la transformación de las estructuras materiales que permiten que este partido pueda moldear la realidad a su antojo. Es decir, para deshacernos del PRI es necesario propinar una derrota en las urnas que necesariamente implica la participación de la mayor cantidad posible de personas dispuestas a expulsarlo y el ejercicio del voto útil a favor del candidato mejor posicionado para hacerlo.

Se podrá decir, con razón, que en doce años el PAN no sólo no terminó con el PRI y lo que éste representa, sino que se mimetizó con su otrora antítesis. Finalmente, de la mano de Vicente Fox los gobernadores se empoderaron y gracias a Felipe Calderón el PRI volvió a la Presidencia. Las condiciones mencionadas son necesarias para terminar con el Revolucionario Institucional, pero de ninguna forma suficientes. Las derrotas del PRI en 2017 y 2018 tan sólo abrirían de nueva cuenta una ventada de oportunidad para aniquilarlo. Lo cual no es poca cosa ni despreciable.

 

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