Y es que en México no se detiene a prácticamente a ningún Gobernador corrupto. Da la sensación que es un pacto no escrito que viene de lejos. Que tiene un hilo conductor bajo la máxima “ahora por mí, mañana por ti”. Foto: Cuartoscuro.

No coincido con quienes ven en la detención de Javier Duarte una jugada electoral. Un juego donde la aprehensión de uno de los “más buscados” se traduzca en votos para su partido.

Vamos, que una foto de alguien esposado pueda hacer la diferencia entre el triunfo y la derrota de la coalición gobernante.

Acaso, pregunto, la detención podría cambiar la intención de voto de decenas o cientos de miles de electores, no será al contrario, que la afirma y es notoriamente desfavorable al partido del Presidente Peña en los próximos comicios del Estado de México, Nayarit y Coahuila.

Y es que si tiene un efecto, será a favor de la oposición partidaria o con todos los asegunes alimentara el abstencionismo que es pasivamente un apoyo al voto duro del PRI.

Este tipo de noticias de ocho columnas en lugar de favorecer un sentido de la justicia donde volvamos a creer que “el que la hace la paga” provoca por el contrario un mayor escepticismo, una duda insondable, un acto de repulsión, y el enojo colectivo.

“En unas semanas van a liberar a Duarte” –esa expresión fatalista la leí profusamente en las redes sociales inmediatamente después de la detención, ninguna de ellas fue de reconocimiento al sistema de justicia- pues, a decir de los cibernautas, es un show mediático para distraer del escándalo de Odebrecht que toca con la corrupción nuevamente la puerta de Los Pinos.

Vamos, hay quienes afirman con base en las detenciones recientes, que la justicia mexicana está allende las fronteras y que para defender nuestra democracia debería regirnos un poder judicial supranacional: Italia, España, Estados Unidos de Norteamérica o en Guatemala que ha vuelto a brillar desde que el juez Miguel Gálvez metió preso al ex Presidente Otto Pérez por actos de corrupción y como remache Thelma Aldama, la fiscal de hierro, ha salido a decir que si no habían detenido a Duarte era porque la PGR no había solicitado la detención y extradición.

Allá está visto que hacen su trabajo, cumplen con el derecho internacional y no valen al menos en este caso las componendas. La interpol va por ellos.

Luego el común de la gente ve el triste espectáculo de las autoridades que se sacuden la modorra buscando componer algo pidiendo se les entreguen para, ahora sí, impartir justicia.

Y es que en México no se detiene a prácticamente a ningún Gobernador corrupto. Da la sensación que es un pacto no escrito que viene de lejos. Que tiene un hilo conductor bajo la máxima “ahora por mí, mañana por ti”.

Es así como hoy se pasean libremente Gobernadores como el sinaloense Mario López Valdez, el coahuilense Humberto Moreira o el mismo César Duarte que debe de estar escondido en alguna de sus propiedades en Chihuahua.

Con las detenciones recientes en Florencia y Guatemala son escasos los incentivos para ellos huir fuera del país. Dirán mejor permanecer y buscar pactar su detención o la libertad. Hacer valer el pacto de impunidad que aceita el sistema político.

Soy de los que creen que los gobernadores más corruptos son los que colaboraron más fielmente con el sistema de corrupción.

Son, por ejemplo, quienes permitieron operar en sus estados a los cárteles a cambio de tajadas importantes del dinero sucio. Son los que apechugan con contratos para realizar grandes negocios al amparo del erario público. Los que financiaron campañas electorales con recursos públicos. Quienes endeudaron sin límite a sus gobernados. En definitiva, los que pensaron que repartiendo parte del pastel estaban enriquecidos y protegidos de por vida.

Quizá, eso explica, el gesto maltrecho de Javier Duarte que desvanece aquella imagen arrogante, prepotente y todopoderosa que lo hizo famoso en medio de la impotencia que provocaron las ofensas, los crímenes y las desapariciones forzadas.

Se sabe lejos de lo que fue en Veracruz. De los reflectores públicos que ahora hurgan en sus miserias. De lo que lo separa del Presidente Peña. De los dirigentes priistas que en otro tiempo lo defendían a capa y espada. De sus amigos que tenía por montones cuándo se sabía que se podían hacer buenos negocios.

Y en esa celda, donde se encuentra ahora, en medio de cavilaciones y donde se agarra a la tenue esperanza que el mismo sistema lo termine por salvar, como antes lo hizo con otros igual o peores, incluso aquellos que están hoy con zozobra viendo las imágenes en la televisión, en un acto que se reivindique el sentido de cuerpo donde se paga la lealtad a toda prueba.

Pero, igual, en esa circunstancia vacilante pasa fácilmente a saberse frágil, impotente, desechable, como un pañal sucio. Su suerte no depende de él, sino de otros, y otros ánimos. Es una pieza de cálculo político. Que incluye perder como un peón en el ajedrez o  caer antes del último out de un partido de béisbol.

Pues quién en su sano juicio querrá salvarlo sin correr el riesgo de batirse en el fango. El pacto incluye el sacrificio personal quizá sea cierto que negoció su entrega a cambio de conservar una parte de sus bienes y la libertad de su esposa. Y esto lo saben algunos hasta que se encuentran tras las rejas, cuando todo el tiempo es suyo, para reflexionar sobre cada uno de los errores cometidos. Sobre lo terrible que es el abandono político.

En definitiva, la detención de Duarte y antes la de Yarrington, está más allá de una jugada estratégica se trata simplemente la falta de control de la situación y la independencia que nos tan mostrando países donde hay mayor apego al derecho internacional, tampoco estamos hablando de estadistas sino de una clase política sin estilo, ni forma, y es que muchos de ellos son unos pobres diablos.